Sabido es que el Real Madrid vive obsesionado con la Copa de Europa. Mi infancia, adolescencia y primera juventud se pasaron persiguiendo la elusiva Séptima, que parecía ser tan mito como los unicornios o Excalibur. Hasta que un buen día Pedja Arturo Mijatovic sacó la espada de la roca y llegaron dos torneos más. Y entonces llegó la obsesión por La Décima, que se hizo esperar doce temporadas. 

Una vez conquistada La Décima, la repercusión fue tal que los medios ingleses empezaron a usar la expresión en castellano y no su equivalente en inglés, “The tenth”. Hasta Roland Garros se refirió a «La Décima» para presentar a Rafael Nadal su décima copa de los Mosqueteros. 

Si ganar la Copa de Europa era ya un sueño y una obsesión para algunos clubes, la repercusión en los medios les hizo quererla más si cabe. No olvidemos que detrás de PSG y Manchester City existe una campaña de imagen para Catar y Abu Dhabi. Juventus y Bayern han desmantelado tanto sus ligas que apenas tienen incentivos domésticos y el Barça, naturalmente y como ocurre a la inversa, vive con un ojo (o los dos) puestos en el Madrid. 

En el Barcelona, la obsesión se ha llevado por delante la economía del club sin mejorar la plantilla y sin encontrar relevo a jugadores que lo pedían a gritos, anclados en la idea de que Piqué, Busquets o Suárez son lo mejor en su puesto. El Real Madrid, generosamente, había ofrecido pistas al Barça sobre lo traumático que resultará la salida de Messi cuando se traspasó a Cristiano Ronaldo y sigue dando muestras de plantilla envejecida porque los buenos partidos de Marcelo o Modric se cuentan como excepciones y no como norma. 

La Juventus apostó fuerte por Cristiano desde el aspecto financiero. Su alto traspaso y su desmesurado sueldo no han traído el resultado deseado. Las razones serán variables depende de quién haga el análisis: desde los que exculpan al portugués porque sigue marcando goles a los que creen que Ronaldo condiciona el juego del equipo y sus goles son cada vez más escasos. 

Hasta esta temporada, el PSG había perdido situaciones de ventaja en la Champions, preso de la ansiedad de quien persigue la Copa casi como un amante obsesionado y no correspondido al borde de la locura. Locura que le lleva a romper la ley, por mucho que UEFA no se atreva a aplicar con los parisinos sus normas del Fair Play Financiero. 

Desde el Manchester City se intenta ocultar la obsesión. El mensaje de Pep Guardiola es, año tras año, que no siente la obligación de ganar el torneo. Pero a los actos nos remitimos: las declaraciones de Kevin de Bruyne tras perder con el Lyon (“New year, same stuff”: año nuevo, misma situación) delatan desencanto. El sobreanálisis del partido por parte de Guardiola también demuestra que intenta ganar la competición, tanto que le hace dudar de sí mismo y de un sistema de juego que se ha demostrado efectivo. Sin embargo, buscando dar una vuelta más a la tuerca, o dos, o catorce, acaba aflojando la maquinaria y su equipo invariablemente descarrila. Los márgenes pueden ser escasos —un fuera de juego cazado por el VAR, un fallo a puerta vacía— pero la tendencia era la autodestrucción del equipo antes o después. 

El Bayern, quizá apoyado en el pragmatismo centroeuropeo y alejado del carácter mediterráneo y latino del resto (el City solo es inglés geográficamente), se ha tomado las cosas con más calma, haciendo de su plantilla un Bundesliga All Stars capaz de competir por el cetro europeo. 

Sin embargo, esa plantilla creada a costa de destruir a sus rivales le crea al Bayern, como a la Juve y al PSG, un serio problema. No hay competición nacional real y eso no prepara bien al equipo para los momentos de la verdad en Europa. No es casual que la última Copa de Europa del Bayern la ganase al Dortmund de Klopp, que le había ganado dos ligas y le disputaba los títulos hasta el final. Como tampoco es casual que el resto de los campeones, el Liverpool, el Barça y el Madrid, hayan salido de ligas exigentes. Se necesita al menos un gran rival nacional que mantenga el nivel y la tensión en la competición. 

La obsesión por la Copa de Europa lleva a tomar decisiones erráticas desde banquillos y directivas, lo cual es una locura. Sólo cabe un campeón y la situación más natural es no ganar el torneo. Pero esto es un virus, una obsesión, y ante tales comportamientos no cabe esperar actuaciones razonables.

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