Los personajes secundarios lo son porque viven a la sombra de gigantes, y si en el fútbol español hemos tenido alguna sombra alargada e infinita (como la de un chopo) esa era la de Iríbar.

El eterno portero del Athletic Club cerró el paso a varios aspirantes (Deusto, Zamora, Zaldúa…) pero posiblemente el más persistente fue Marro, que encarnó a la perfección la imagen del suplente abnegado (chándal, rictus serio, botellita de agua). Y es que en aquella época los cancerberos titulares saltaban al césped hasta con un cólico nefrítico.

Fue en agosto de 1973 cuando Marro encontró uno de sus breves momentos de gloria (o eso parecía). Disputaban los vascos la final del Trofeo Carranza contra el Español y, mediada la segunda parte, Iríbar se lesionó.

No era habitual ver camillas ni cambios en aquellos años (ni siquiera en los choques veraniegos) y ese lance llamó la atención del niño que yo era. Tras un breve calentamiento, Marro saltó al campo frente al público del estadio abarrotado, frente a las cámaras de televisión, frente a mí.

Secretamente, yo deseaba que triunfara siquiera durante un ratito. Tenía el cromo de Marro pegado en mi álbum (al final de la página de su equipo, en el espacio de los no habituales, relegado hasta en el papel) y no sé si sería por su inusual apellido o por la dosis de novedad que aportaba frente a la rutina del archiconocido titular, pero le cogí cierta simpatía compasiva.

El caso es que Marro se ajustó los guantes y se colocó bajo los palos. Olvidé decir que la lesión de Iríbar se produjo justo antes del saque de una falta lateral, con lo que el recién salido se enfrentaba, nada más llegar, a una situación comprometida.

José María, el fino interior de los pericos, golpeó el esférico con precisión (también me llamaba la atención la temprana calvicie de este jugador, pero esa es otra historia por la que prefiero pasar de puntillas…). El guardameta se quedó a media salida y el españolista De Diego cabeceó a la red. La primera vez que Marro tocó el balón fue para sacarlo de su portería y puede que, mientras se agachaba, maldijera entre dientes su negra estrella.

Aquello no afectó en demasía a la carrera del eterno suplente, que no fue espectacular pero sí sólida. Tras un paso fugaz por el Valencia se asentó en Osasuna, equipo en el que se retiró tras ascender a Primera División.

Yo, por mi parte, creo que no volví a escuchar su nombre, aunque no podía evitar una conexión mental automática cuando algún comentarista —siempre tras un disparo fallido— utilizaba el verbo marrar (término hoy tan en desuso como borceguí o trencilla).

A fin de cuentas, Marro marró y por eso lo recuerdo.

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