Qué mala suerte tienen los pobres, dicho en sentido general y sin demasiadas excepciones. Y cuando digo «pobres» exagero, pero no tanto. Los 310 millones de euros de presupuesto del Olympique de Lyon palidecen en comparación con los 570 del Bayern de Múnich. Visto desde otra perspectiva igual de apabullante: el valor de mercado de la plantilla del Bayern asciende a 928 millones, casi 600 más que la del Lyon.

Con esta diferencia de recursos, que el Olympique tuviera contra las cuerdas al Bayern durante 18 minutos resultó un maravilloso milagro. El equipo francés dispuso de hasta tres ocasiones claras de gol —quizá fueran cuatro—, incluido un tiro al palo del camerunés Toko (Tosko) Ekambi. En esos largos minutos, el Lyon fue mejor y más guapo, y hasta conseguimos sobreponernos a la terrible visión de una final francesa.

Es imposible calcular cuánto habría cambiado el partido de haberse adelantado el Olympique. Es más que probable que el Bayern hubiera reaccionado con furia y puesto las cosas en su sitio, pero los jugadores de Rudy García, y nosotros mismos, merecíamos ese rato de emoción.

Lo siguiente es hablar de Serge Gnabry, el bigote de moda. De padre costamarfileño y madre alemana, el chico (25 años) es un caso de maduración lenta. El Arsenal lo fichó cuando tenía 16 años y debutó en la Premier con 17 primaveras y 98 días (cinco días más joven que Cesc en su estreno). Pero la cosa no funcionó como se esperaba. Acabó en el equipo reserva del Arsenal y de allí se marchó cedido al West Bromwich Albion, donde pasó inadvertido. De vuelta a Alemania, su rendimiento en el Werder Bremen llamó la atención del Bayern, que lo cedió al Hoffenheim. Si les cuento todo esto es para que tengan paciencia en sus respectivas vidas y, de paso, conmigo. En cualquier momento, quién sabe, podemos marcar nueve goles en una Champions.

El gol que ejecutó al Lyon fue de primera categoría por el control, la conducción y el golpeo final. La defensa del Lyon debió confundir a Gnabry con un trompetista del Cotton Club porque le acompañó en la carrera sin sentirse amenazada. Hasta que el zurdazo les refrescó la memoria.

Aquí terminó el cuento de Cenicienta y nos adentramos en la literatura de no ficción: el príncipe se casó con una rica heredera y la chica se hizo vieja zurciendo calcetines y hablando con ratones, paso previo a ser internada en una residencia de la Comunidad de Madrid.

El segundo gol de Gnabry fue la demostración de que Lewandowski andaba poseído por algún espíritu maléfico, quizá el de Julio Salinas. El polaco no se repuso hasta el minuto 88 cuando marcó de cabeza (los polacos siempre se reponen). Antes, su enésimo error propició un remate a placer del protagonista de la noche, Gnabry, otro nombre que se hará sitio en nuestra maltrecha memoria a costa del nombre de algún sobrino.

El Lyon, que tuvo oportunidades para el 2-1, fue perdiendo encanto según pasaron los minutos y todo lo dominó el Bayern con esa convicción tan prusiana. Sus jugadores celebraron el pase con escaso entusiasmo, concentrados en la que podría (debería) ser su sexta Copa de Europa (cinco finales perdidas).

La final del domingo se nos aparece esplendorosa si atendemos al juego pétreo del Bayern y a la joyería del PSG. Alemania contra Francia. La eterna historia.

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