España es una nación de enormes contrastes y de una diversidad singular, no hay ninguna en Europa que presente la riqueza de nuestro patrimonio cultural, histórico y paisajístico. Sin exageraciones innecesarias, me atrevo a decir que es única en el mundo. Basta recorrer nuestra geografía para darse cuenta de lo cierto de mi afirmación.

Vivimos momentos muy difíciles, traumáticos y adversos. Las incertidumbres y un mundo de sombras se abaten sobre nuestro presente y sobre nuestro futuro más inmediato. No hay sector, ni actividad económica que no esté afrontando situaciones de estrés, de crisis y de regresión. Lamentablemente muchos negocios se han visto obligados a echar el cierre de manera definitiva. Es doloroso y trágico.

Uno de esos sectores, antaño potente, dinámico, generador de empleo y de riqueza es el del turismo. Su valor económico representa el 12% del PIB (Producto Interior Bruto), y genera, de manera directa o indirecta, millones de puestos de trabajo. Después de nuestra vecina Francia, somos la segunda potencia mundial en el escalafón, muy por delante de ingleses, alemanes e italianos. La vitalidad y fortaleza de su crecimiento era permanente, en constante expansión. Hoy, la contundencia del panorama que estamos sufriendo ha cambiado dramáticamente el panorama nacional.

Mi reflexión quiere centrarse, no ya en lo que fuimos, si no en lo que podemos y debemos ser. Los retos son muchos, las complicaciones y dificultades también, pero debemos aprovechar nuestras fortalezas turísticas, que son muchas. Hay que apostar por nuestro turismo nacional, por nuestras ciudades y su rico patrimonio; por nuestras playas y costas; por nuestro medio rural y sus pueblos. Tenemos mucho que ofrecer y, más aún, mucho por descubrir. Cada comunidad autónoma, desde su particularidad, es una oportunidad para disfrutar de nuestro tiempo de descanso, de nuestras merecidas vacaciones, de nuestras escapadas y de nuestros momentos de ocio, saludables siempre.

Hay que apostar por nuestro turismo nacional, por nuestras ciudades y su rico patrimonio; por nuestras playas y costas; por nuestro medio rural y sus pueblos.

He terminado mis vacaciones recientemente y, con las lógicas medidas de seguridad, decidí disfrutar de la montaña y de la costa. Lo he hecho con clara intención, con el propósito de contribuir, a nivel individual, con el apoyo al sector. No me equivoqué. Pasé unas fantásticas jornadas en un destino de la España vaciada, rural y demasiadas veces olvidada. La montaña palentina fue el destino escogido, un auténtico lujo para los que huimos de las aglomeraciones, del confinamiento entre cuatro paredes y del calor estival. Dormir con manta, escuchar el rumor de la corriente del río Pisuerga, oír el trino de los pájaros y el mugir de las vascas, despertarme con el canto del gallo y ver una naturaleza esplendorosa me devolvió un tono vital perdido. Los paseos y las visitas a pueblos de arquitectura pétrea, tan distinta a la habitualmente vivida, conocer el románico y degustar exquisiteces gastronómicas de huerta y campo, han sido todo un lujo. Rebanal de las Llantas, Triollo, Arbejal, San Salvador de Cantamuda, Cardaño de Arriba, Cervera de Pisuerga, Ruesga y otros tantos me permitieron entender una calidad de vida envidiable.

Gentes amables y atentas reciben al visitante, agradecen el apoyo a esa España despoblada que se debate en su propia supervivencia. De verdad recomiendo ir a nuestros pueblos. Su cercanía, sus posibilidades y su acceso, no siempre fácil, es merecedor de nuestro acercamiento.

Como decía anteriormente, también he querido ir a la costa. Confieso que, pese a ser de tierra adentro, la mar me atrae y provoca un encanto difícil de describir. El aroma de puerto, el romper de las olas en la orilla de la playa, el romper del oleaje en los espigones, contemplar los veleros en su ir y venir, el sabor del producto marino y tantas otras sensaciones son realmente espectaculares. No puedo dejar de citar el baño, siempre relajante y reconfortante, en las frescas aguas del Atlántico. El lugar elegido fue Galicia, concretamente sus Rías Bajas. Tampoco me equivoqué. Los cinco sentidos han percibido aromas de encanto, sabores exquisitos, vistas espectaculares, sonidos gratificantes y texturas diversas. ¡Qué gastronomía! ¡Qué playas! ¡Qué posibilidades de visitas a nuestro pétreo patrimonio! Todo, absolutamente todo, ha sido magnífico. Por si fuera poco, los lugareños, siempre dados a una abierta y espontánea conversación, han animado cualquier momento de paseo, de comida reconfortante y de terraza para el reposo. Un servicio impecable, atento y dispuesto a agradar al cliente acompañan siempre.

Sangenjo, como punto de partida, La Guardia, Baiona, Cambados, Combarro, Pontevedra, la isla de Ons o Marín han sido algunos de los lugares escogidos. Pasear por sus calles, conocer sus monumentos y disfrutar de una buena mesa es una auténtica delicia. Vieiras, berberechos o mejillones al vapor, sardinas, zamburiñas, navajas, empanadas de variados tipos, el riquísimo pote gallego, pescados variados, marisco y pulpo, son exquisiteces para el paladar. ¡Qué rico! El albariño y el riveiro no pueden faltar en mi enumeración. Un clima amable y estimulante  siempre favorece un mejor descanso y una mejor digestión.

Decía que España ofrece todo, y es bien cierto. Hoy más que nunca debemos apostar por el turismo nacional, sea cual sea el destino y la modalidad escogida. No se trata simplemente de una opción vacacional, es el compromiso con nuestras gentes, con el bien común y con el crecimiento personal. Viajar es un placer inigualable, pero se puede hacer, en las mejores condiciones, dentro de nuestras propias fronteras. No es necesario ir a paraísos lejanos cuando tenemos paraísos tan cercanos. He viajado por el mundo, he conocido culturas diversas y países distintos, pero, sin sombra de exageración alguna, España puede ofrecer de todo muy cerca de nosotros. Variedad, riqueza, calidad y cantidad, servicio, infraestructuras y precios para todos los bolsillos. Esto no ocurre en todos los lugares que he podido conocer.

Mi invitación pues, tiene una doble intencionalidad. De un lado, desde una conciencia social responsable y comprometida con lo propio, quiero apoyar a este sector que tanto ha producido en beneficio de  todos y, de otra parte, incentivar y estimular el gusto por acercarnos a nuestro patrimonio humano y cultural, tan amplio y enriquecedor. No es necesario pernoctar, seguro que tenemos siempre cerca hermosos espacios naturales, rurales y urbanos que visitar. El turismo y las actividades de ocio son necesarias para la supervivencia de nuestros pueblos, para evitar el despoblamiento de la España interior y  para el impulso de nuestra España costera.

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