Es fácil recordar dónde estaba cuando el Madrid ganó cada una de sus últimas Copas de Europa. No tiene mérito. Lo que, como madridista, le añade estrellas a tu camiseta es ser capaz de detallar qué hacías durante este partido en el que el equipo fue apeado de la Copa de Europa. Lo de apeado es algo rebuscado, pero decir eliminado duele.

En la temporada 2019/2020, por ejemplo. La del coronavirus, los estadios vacíos, la indiferencia de Bale, las mascarillas, los rebrotes y la recuperación en V, en W, en U o en L. El Madrid pierde en la ida por 1-2 en casa porque la vida sin un toque de wasabi no es nada y en el partido de vuelta tiene que salir a jugar como si las lágrimas no las provocara el recuerdo de ese picante, sino la emoción de escuchar el himno de la Champions, siempre conmovedor, aunque no saliera de las manos de Morricone.

A las nueve en punto estamos en la terraza de una pizzería cerca de Tarifa. Hemos terminado aquí porque en el chiringuito de moda todas las mesas estaban reservadas y en el local de al lado hay lista de espera. Pero el Dios de la Champions escribe recto con renglones torcidos porque en el salón interior de la pizzería tienen una televisión donde emiten el partido. Una pantalla grande, con un césped verde y brillante en el que las vacas harían milagros si las dejaran pastar en el descanso: un biberón con esta leche y el bebé podría subir al Alpe d’Huez pedaleando hacia atrás en su triciclo.

Así que el Plan B, ver el partido en el móvil, se convierte en el Plan C, porque si estiro un poco el cuello puedo ver el encuentro a tamaño normal. Esto me relaja, pero me cuesta dónde poner el móvil porque la superficie de la mesa la forman varios tableros que no están unidos entre sí: parece el trabajo de un diseñador que no pasó el examen de acceso a IKEA. No ayuda que el camarero extienda unos cuantos manteles de papel encima. Si no aciertas con el vaso, este se cae. Mira cómo se cae. Dejo el móvil junto a mí y no suelto la copa de vino.

El tamaño importa. Es complicado tomarse en serio un partido que ves en la pantalla de un móvil y sin sonido. Tampoco ayuda que el Madrid hoy salga con el color de los envases de leche desnatada. De vez en cuando echo un vistazo para tratar de saber cómo va el partido, lo que es como leer Guerra y paz adelantando el marcapáginas cien páginas entre lectura y lectura. Mi análisis del partido se reduce a lo básico: si los de rosa llevan el balón, la cosa va bien. Qué hagan con él es algo a lo que no puedo prestar atención porque en esta mesa todo se viene abajo si te descuidas.

 Al rato escucho un grito de celebración. No sé si alegrarme o no. Quizás en el salón haya un grupo de antimadridistas celebrando los goles en contra, como es su deber. Quizás haya seguidores que se alegren con los goles del Madrid. No lo sé porque la emisión en el móvil va con bastantes segundos de retraso. Tal vez la antena a la que me he enganchado esté en Johannesburgo. Son unos momentos de angustia, pero de angustia menor, porque ahí está el mar, ahí está la gente cenando de buen humor, ahí está la brisa, ahí está la copa de vino y las pizzas. Y el balón lo tocan los de rosa, y el balón le llega a Rodrygo, que lo envía al área donde, claro, Benzema remata a gol.

Benzema, claro. Esta mañana, en la playa, un padre caminaba hacia la orilla con un pequeño cubo en la mano derecha que su corpulencia convertía en minúsculo. Un padre inmenso, de piernas fuertes y una espalda que podría sustituir a una barrera de cinco tipos normales. Iba tranquilamente hacia el mar a repetir ese gesto que todos hemos hecho tantas veces: agacharnos para llenar el cubo de agua y volver a la arena para llenar el foso de un castillo, un pozo en el que chapotear o una piscina en la que meter los pies. Ese tipo de gesto en el que nadie repara y que logra equilibrar el peso de todos los hijos de puta que se amontonan en el otro lado de la balanza. El hombre, cómo no, llevaba una camiseta con el 9 de Benzema en la espalda.

Mi primer impulso es celebrar el gol, pero luego temo que sea una trampa de los tarifeños para identificar a los madrileños y someternos, aquí mismo, a un PCR inmediato. Dejo de reprimirme cuando recuerdo que acabo de hacerme un PCR que ha salido negativo y me permito gritar un poco, tampoco mucho, porque no sé de qué lote ha salido ese PCR y tal vez lo mío sea un falso negativo. Así que suelto un comedido “vamos, cabrones”.

En el momento en el que me vuelvo a fijar en el móvil, los del City ya han metido sus dos goles. En mi cabeza, la eliminatoria estaba 2-2 porque nadie en la sala ha celebrado los goles del City. Supongo que esto pasa porque este año todo el turismo es nacional. Los ingleses estarán en sus pubs pidiendo “una cerveza” para recordar esos veranos en España en los que podían, con la piel roja, dejar pasar la tarde en una réplica exacta de sus pubs acumulando pintas con los partidos de la Premier de fondo.

Esta no es la noche de Varane, pero es que Sergio Ramos no debería aparecer vestido como si le fueran a sacar en la portada del Esquire. Su puesto estaba en el campo, aunque fuera de rosa, para darle forma a una defensa con menos consistencia que una gominola.

Así que ahí estoy cuando eliminan al Madrid. Si resultó difícil aceptar que la Liga con la que nos encontramos tras el confinamiento era la misma que dejamos, en el caso de la Champions ese ejercicio es imposible. Esto no es la Champions, es otra cosa. Dirán que es una forma de rebajar la decepción del que pierde, pero estoy seguro de que también limita la alegría del ganador.

Cuando pregunto si tienen café, el camarero, con acento italiano, me dice que solo espresso. Hasta ahora en ningún restaurante nos han servido café por culpa, dicen, del coronavirus. Solo espresso, insiste. Debe ser de la Juve y no está de humor para hacer experimentos.

Pues que sean dos espressos. Dos espressos magníficos, por cierto.

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