No fue un gran partido, aunque vayan ahora y cuéntenselo a un amigo muniqués o a los 390.000 simpatizantes del Bayern en todo el mundo, casi todos tipos de presión alta, hijos o sobrinos de algún Müller, torpedo o garza. Lo que durante 58 minutos fue un empate prometedor, equilibrado hasta el milímetro, se transformó de pronto en un partido sentenciado, sin apenas emociones, sin el menor atisbo del placer de los neutrales, la prórroga.

Habrá que consolarse y decir que con el Bayern ganó la vieja Europa, el fútbol de rancio abolengo, ese al que pertenecemos. No es mala cosa que el PSG tenga que seguir esperando. Si a los nueve años de comprarse el club (y a Platini) el jeque catarí hubiera ganado la Champions habría igualado la espera de Abramovich y su Chelsea, y entonces podríamos afirmar que para ganar la Copa de Europa sólo hacen falta nueve años y 900 millones de euros. Por fortuna, es algo más complicado.

El partido nos hizo un retrato robot del fútbol del presente y del futuro más próximo. Dos equipos presionantes hasta la obsesión, concentrados en el robo de la pelota y en el picotazo rápido. Siempre igual, con mínimos descansos para tomar aire, convertido el juego en una competición atlética que gana quien más tarde se cansa.

Hay que hacer justicia al PSG y recordar que su partido fue notable durante muchos minutos, en tanto en cuanto neutralizó el fútbol arrollador del Bayern y respondió a su presión matona con otra similar. Neuer fue en este caso el obstáculo hacia la gloria, otro tipo con un cuerpo futurista. Antes los porteros tan altos se descolgaban con rieles (ver Zubizarreta), pero él se desarma en las salidas para no dejar huecos y se vuelve a montar ipso facto sin que se le mueva el flequillo. Tecnología alemana a su alcance.

El mérito de Neuer fue también el demérito de Mbappé y Neymar, que las tuvieron y no las metieron por diferentes motivos que se resumen en un cuento de Larra: Vuelva usted mañana. O dicho de otra manera: si no lo deseas lo suficiente no lo consigues, y falta pasión en ese par de jugadores, aunque les sobre el talento, y los espejos, y las lágrimas.

Es curioso que en ese fútbol sin respiro el gol naciera de una acción en la que Kimmich, el menos atlético de los jugadores sobre el campo, se detuvo a pensar. Desde el pico del área meditó cómo colgar la pelota y lo hizo en dirección al segundo palo por la sencilla razón de que los segundos palos son alemanes por pura definición, y si no hubiera aparecido por allí Coman lo hubieran hecho Janker o Hoeness, o algunos de los 390.000 sobrinos de Müller. Que Coman sea francés y debutara como profesional en el PSG es algo que forma parte del sadismo que tanto practican los dioses fútbol. Con ellos no hay venganza que se quede por cumplir.

La pena es que el gol nos dejó sin partido cuando faltaba media hora, y uno no se reserva una noche de verano para que la escamoteen 30 minutos de espectáculo, por no hablar de esa prórroga de medias caídas en la que nos hubiera dado tiempo a enamorarnos de alguien, a sufrir y a gozar, no como ahora, que pasó un avión e hizo el mismo ruido que la Champions.

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