No les voy a hablar de política, que ya estamos hastiados de tanto encontronazo en el coso de la arena de la vida pública española. Tampoco me referiré al dontancredismo como actitud imperturbable de quien, haciendo la estatua, no parece darse cuenta de la inminente amenaza de un grave peligro. Hay muchos que le dan contrarias interpretaciones a este peculiar modo de proceder ante  la seriedad de los acontecimientos. De un lado están los que critican la irresponsable actitud de eludir los problemas sin hacer absolutamente nada, cruzándose de brazos y viendo pasar el trance; por el contrario, los hay que hacen una lectura positiva, que es la de mantener la calma adoptando una posición tranquila y estoica ante los difíciles retos que se plantean. Nada de todo esto es lo que quiero comentar.

Me voy a centrar en un personaje único, irrepetible y genuino de la historia del toreo. Tancredo López Martín es su nombre. Nacido en el humilde barrio del Grao, Valencia, el 29 de junio de 1862, dio vida al fenómeno conocido como tancredismo, un lance taurino que despertó admiración y tremendismo en el mundo de los toros. La escena era verdaderamente espectacular. Vestido de blanco —algunos dicen que por su oficio de albañil en años mozos—, maquilladas las extremidades y el rostro, tocado con un peculiar gorro y subido a un taburete, se situaba frente a la puerta de los toriles, a la salida de chiqueros. Con los brazos cruzados, sin ningún movimiento y aguantando firme la respiración, recibía imperturbable al astado que salía a la plaza con trapío. El público, entre estupefacto y atónito, contemplaba la cita con expresión estremecida. El morlaco, llegado ante la figura inmóvil, olisqueaba y, las más de las veces, pasaba de largo en busca de una nueva acometida. Varias cornadas sufrió a lo largo de su carrera taurina. Concretamente dos empitonamientos e innumerables y dolorosos revolcones. No podía ser de otra forma.

La biografía de este hombre, singular a todas luces, es digna de ser versionada para la pantalla. Zapatero, albañil, fabricante de gorras, tabernero, torero cómico y novillero frustrado fueron algunas de sus ocupaciones. En los carteles se anunciaba como “El Rey del valor y sugestionador de toros”. Según sus propias palabras: “Fascinador e ilusionista de los toros bravos”. Toda una declaración de intenciones en su forma de entender la fiesta. Cuando murió tempranamente, a la edad de 61 años, un humorista de la época llegó a decir de él que había sido el primer albañil que había ganado dinero estando parado.

Torero del escalafón de plata, novillero sin mucha suerte, decidió marcharse de España a hacer las Américas y es allí cuando surgió su creación. Según parece, fue en La Habana, en Cuba, donde vio a Antonio González, El Orizabeño ejecutar por primera vez una escena parecida a la que luego trasladaría a las plazas de toros españolas y francesas.

No es por tanto sino una reinterpretación de una fiesta de origen mexicano. En aquellas lejanas tierras, desde tiempos inmemoriales, un indio se enfrentaba a su enemigo sin engaños ni objetos de distracción o burla con el toro, manteniendo extrema quietud, pero con frecuentes desenlaces sangrientos. El diestro azteca, José María Vázquez, a modo de escuela taurina enseñaba a banderilleros la técnica que aprendería, entre otros, El Orizabeño, por ser la ciudad de Orizaba el lugar donde se instruía a los valientes y aguerridos pretendientes a torear. Muchos no dudan en citarle como el auténtico creador de esta variante.

Vuelto a España, perfeccionó y varió con un estilo personal la actuación. Cambiaría “la suerte del cajón”, de esencia mexicana, por “la suerte del pedestal”, su versión españolizada. Debutaría en su ciudad natal el 19 de noviembre de 1899. Se estima que durante su vida profesional frente a los morlacos ganó unas mil pesetas de la época, cantidad nada despreciable por aquellos tiempos. Sus comparecencias fueron frecuentes por todo el territorio nacional, interviniendo también en suelo francés. Más de cien tardes fueron las faenadas y mucho el éxito y fama cosechada. Por ejemplo, actuó en la capital charra, Salamanca, el 30 de marzo de 1902. En Madrid, el 30 de diciembre de 1900, se presentó por primera vez, tal fue el reconocimiento a su valor que repetiría el día 1 y el 13 del mes siguiente. La temporada de 1901 fue la más exitosa de todas.

En aquella primera tarde capitalina, su oponente fue Espantavivos, de la ganadería de Tres Palacios. En el cartel le acompañaron tres novilleros: Gordito, Gallardo y Garrufo. En la segunda corrida el manso fue de la afamada ganadería de los Miura. Su verdadera tragedia la vivió en Sevilla, pues allí una gravísima cornada le dejó una pierna inservible para su proyección artística. El dramatismo y la crudeza de sus actuaciones provocaron que, temporalmente, el entonces  ministro de la Gobernación, Juan de la Cierva y Peñafiel,  prohibiera en 1901 este tipo de espectáculos. En 1950, años después de su muerte, se suprimieron de manera definitiva y permanente. No es de extrañar, pues el riesgo de tragedia y la crueldad del desenlace fatal eran manifiestos.

Muchos imitadores tuvo: El cojo Bonifa, Manuel Álvarez el Arrogantito, o Fideista. El más estrambótico fue tío Carrasquiña, que aguardaba al toro tumbado en el centro de la plaza. El astado se acercaba, olisqueaba el follaje con el que estaba completamente cubierto el fulano y, cuando se disponía a comer, era sorprendido por la precipitada huida del artista en busca de la seguridad de la barrera. Madre mía qué cuadro. El manso, atónito, se asustaba ante la repentina sorpresa. Tampoco faltaron imitadoras: Olga Muñoz, la francesa Mercedes Barta y María Alcázar Doña Tancreda, esposa de su homónimo masculino, quien también sería cogida en una de sus actuaciones. Muchos de los que siguieron la estela de Tancredo huían de la miseria y la pobreza arriesgando su vida a capricho de un público ávido  de sangre y tragedia. Lamentable y terrible acontecer para quienes tenían mucho que ganar y nada que perder.

Tancredo, decía, era genuino y único, no cabe la menor duda. También desarrolló otro tipo de suertes, aunque sin éxito entre los aficionados, como por ejemplo, el rejoneo en bicicleta, o el toreo sobre zancos. Estos números  se parecían más a un espectáculo cómico-taurino que a una verdadera fiesta de toros.

La fama pasó con los primeros años del siglo XX y los fracasos en los negocios, ajenos a la tauromaquia, arruinaron y dejaron en la más absoluta miseria a nuestro protagonista. En las hemerotecas y documentales de la época queda la memoria de este hombre que quiso ser distinto, que no pretendió divertir, sino conmover con su particular dramatismo. A fe que lo consiguió. Será único en su género en los anales de la fiesta de los toros para siempre.

El 3 de octubre de 1923, en la práctica indigencia y olvidado, falleció en su ciudad natal, Valencia, en el hospital. El blanco y el negro de las imágenes, hoy coloreadas, añade tenebrismo y misterio a la vida de Tancredo López Martín, precursor del dontancredismo, inmortalizado por el fenómeno político del mismo nombre. Su creación se perpetuará hasta el fin de los tiempos con connotaciones ajenas a lo puramente taurino.

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