Comentábamos el partido entre el Red Bull Leipzig y el Atlético de Madrid en el habitual grupo de WhatsApp cuando descubrí a los contertulios que el equipo alemán es el segundo más odiado de su país, quizá el primero. La explicación, idéntica para el Hoffenheim, parte de la alteración del modelo de propiedad de los clubes alemanes, en el que los aficionados mantienen el 50%+1 de las acciones y un comprador externo nunca puede superar ese límite. 

La normativa ofrece excepciones cuando el club surge orgánicamente de una empresa, como el Bayer Leverkusen o el Wolfsburgo, clubes creados por los trabajadores de las fábricas. El crecimiento de Hoffenheim y Red Bull es rechazado por los aficionados de otros clubes, por la falta de tradición y el dopaje financiero. El propietario del Hoffenheim, Dietmar Hopp, es insultado en todos los estadios. En el suyo propio fue increpado por los aficionados del Bayern, provocando la protesta de los directivos muniqueses, con Rummenigge a la cabeza. Los equipos dejaron de jugar la última media hora, pasándose el balón los unos a los otros, ya con 0-6 en el marcador, deferencia que a buen seguro hubiera aceptado el Barça en Lisboa aunque a su presidente (¿Piqué o Bartomeu?) no hay quien le defienda. 

El Red Bull es un caso aún más complejo, pues es una organización tipo Manchester City. Pudieron reflotar el histórico Lokomotiv de Leipzig pero prefirieron su propio equipo. La relación con el Red Bull Salzburgo es difusa y a punto han estado de tener que dejar a uno u otro fuera de Europa. Como la UEFA es el mejor saboteador de sus propias reglas, ambos equipos acabaron en el mismo grupo de la Europa League. 

De momento, ni Hoffenheim ni Red Bull han ganado título alguno y no parece fácil que los primeros lo logren.

PSG y City

La situación financiera de PSG y Manchester City es de sobra conocida por todos, menos por la UEFA. Y si Catar y los Emiratos tienen su club capricho-propaganda, Arabia Saudí no se iba a quedar atrás y por eso intentó comprar el Newcastle. Lo único que pudo acabar con la operación fue el pirateo de los derechos de la Premier en la península árabe. 

Cuando la operación de compra se fue al traste, el indeciso gobierno de Boris Johnson empezó a criticar a la Premier, que no dijo ni sí ni no sino todo lo contrario a la idoneidad de los nuevos propietarios. Por una vez, la táctica del avestruz dio frutos y el balón cambió de tejado. Ahora ha caído en el de la un gobierno que ha ofendido (por vía de la Premier) a un importante socio comercial en una industria tan fantástica como la armamentista. 

En el recomendable podcast Football Weekly de The Guardian entrevistaron a la hermana de una activista saudí que lleva en prisión varios meses (en los primeros ocho meses sin que se le acusara de nada). Su rebeldía consiste en querer sacarse el carnet de conducir. 

La pregunta es qué puede ver un régimen que no permite conducir a sus mujeres en un club de fútbol en una ciudad conocida por sus noches festivas y sede de un programa de televisión (Geordie Shore) donde sus jóvenes protagonistas consumen alcohol sin parar y se muestran promiscuos sin problema alguno. Es fácil imaginar a los representantes saudís tragando bilis en un estadio al que las mujeres acuden libremente. Todo sea por la imagen, por la vanidad, por tener un juguete como los de Catar y Abu Dhabi. 

Muchos aficionados del Newcastle habían declarado su rechazo al nuevo régimen y se habían comprometido a darle la espalda al club. Ya no tendrán que hacerlo. Afortunadamente para el Newcastle, el equipo no juega en la Bundesliga, porque entonces sentiría el rechazo general. Tal vez sea la razón por la que, de momento, no hay jeques que quieran comprar el Dortmund o el Werder Bremen. 

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