Haciendo honor a su patrocinador y mecenas, la energía del Leipzig es contagiosa. Intenso y peleón. Adolescente y descarado. Al campo saltó desacomplejado, con ganas de intimidar a un equipo bragado en mil batallas. Lo hizo a base de presión y palos. La presión alta es la ya marca registrada de este nuevo fútbol: quien más adelanta las líneas, más condiciona el juego del rival. No iba a estar tan loco Bielsa, del que Nagelsman, como tantos otros, también tomó apuntes. Y así provocando fallos en el rival llegaron los primeros saques de esquina para los alemanes y sobre todo esa volea de Halstenberg que heló la sangre a los colchoneros.

El partido salió de izquierdas en la primera mitad. Porque ese era el carril más utilizado por ambos conjuntos en los primeros 45 minutos. A partir de la asociación entre Lodi y Carrasco llegó la primera gran ocasión rojiblanca. Un latigazo del belga que Gulacsi espantó a córner. En el juego aéreo comenzamos a ver una de las debilidades de este Leipzig, a pesar de los centimetros de Upamecano, Halstenberg y Klostermann. Giménez les ganó a los tres y si su remate no acabó en gol fue por lo solo que se vio allí arriba. Justo a continuación, Gulacsi dio un punterón torpe a Saúl, que el colegiado Szymon Marciniak no quiso saber nada. El VAR, tampoco.

Pero el balón era alemán. El equipo de Nagelsmann tiene un abanico de recursos que le permiten atacar a campo abierto y también los espacios reducidos. El equipo lleva a gala el eslogan de la marca para dar vuelo a sus laterales. Ahí el español Angeliño fue un constante dolor de cabeza para Trippier. Por dentro la constante era buscar al otro español, a Dani Olmo, indetectable para los de Simeone. El 25 aparecía mediapunteando para asociarse con Poulsen y Nkunku, agitando por dentro y buscando la pared definitiva. Pero ahí cada vez que el Leipzig pisaba el área se acordaban de Timo Werner. La mayor dosis de taurina de este equipo había embarcado con destino a Londres hace semanas.

El empuje alemán venía acompañado de la desconexión de Marcos Llorente, prácticamente desapercibido en estos primeros 45′, lo que dejaba a Diego Costa como un Robinson Crusoe en alguna isla de las Azores. Upamecano arriesgaba en cada salida del balón pero el Atleti no terminaba de tenderle la trampa definitiva para robarle el balón. Todo lo contrario. Al filo del descanso el Leipzig dio un nuevo aviso con un cabezazo inocente de Upamecano, que entre las cosas que tiene a mejorar está el juego aéreo.

Tras el paso por los vestuarios, el equipo de Nagelsmann volvió a mostrar su rostro más camaleónico. Capaz de salir rápido y picar a la contra. Tampoco le tiembla el pulso para martillear pausadamente hasta encontrar la rendija en una de las mejores retaguardias de Europa. Así lo demostraron en el 1-0. Un gol que fue una sinfonía coral para que el mejor solista de los alemanes apareciera por sorpresa en el escenario. El centro envenenado de Sabitzer pedía a gritos un cabezazo orientado como el de Dani Olmo. El delantero español no desafinaba en su gran noche.

La respuesta de Simeone fue Joao Félix. Y lo que siguió fue una exhibición. Un rosario de controles orientados, de arrancadas verticales, de pánico sembrado en las entrañas del rival. El luso se echó a la espalda al Atleti y no paró hasta que empató el partido. Ni siquiera le tembló el pulso para tirar el penalti que él mismo provocó. El talento como la valentía no se compra en ninguna tienda. Y Joao Félix va sobrado de ambos.

Pero la Champions, esa competición de instantes, no permite un parpadeo. Fue lo que hizo el Atleti cuando creyó que tenía la situación controlada. Bastó el aleteo de una mariposa en el centro del campo, un estratosférico pase con el exterior de Sabitzer, para provocar el caos en la defensa colchonera. El arrastre de los dos puntas del Leipzig fue el señuelo alemán, mientras en el balcón del área apareció solo Adams y entonces la fortuna le pegó un trago al Red Bull. El rebote fue una cornada en el costado. Al Atleti no le dio tiempo a llevar al partido a la enfermería. No había puntos de sutura que cerrara ya esa hemorragia. Definitivamente Lisboa es territorio non grato.

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