En el día de la retirada de Iker Casillas, volví a rebuscar en mi hemeroteca particular. Aquella de la que hablé hace unos meses para recordar la Semana Santa Blanca en el Teatro de los Sueños con la que disfrutamos hace 20 años. No me costó mucho trabajo encontrar lo que buscaba: el número 120 de la revista Real Madrid, de febrero del 2000, que incluía una entrevista a un jovencísimo guardameta que empezaba a hacer sus pinitos en la portería merengue.

A preguntas de Francisco Navacerrada, sobre lo que implicaba ponerse entre los tres palos del Bernabéu después de llevar “toda la vida” en el club, Iker aseguró: “Es el sueño que se cumple. Yo llevo aquí desde los nueve años y siempre se ve muy lejano eso de jugar en el primer equipo y en Primera División. Ese sueño se ha cumplido ahora con 18 años y yo intento aprovechar esta oportunidad que me han dado”.

Leyendo estas palabras, pensé en la cantidad de personas que, de forma colectiva, han compartido, a lo largo de estas dos últimas décadas, los sueños individuales que, en el invierno de 2000, empezaban a gestarse en la mente de un chaval que todos los días se cogía el metro para ir a entrenar a la Ciudad Deportiva.

Supongo que, en aquellos largos trayectos, desde Móstoles a La Castellana, Iker soñó con convertirse en el portero titular del Madrid ese año y, después, con ganar muchos títulos en su equipo. Quizá, ya entonces, se permitiera el lujo de imaginarse debutando con la Selección absoluta y, ya en plan locura, ganar una Eurocopa o un Mundial con España.

Lo más fascinante de todo es que ese cuento de la lechera que todos nos hubiéramos hecho estando en la piel de Casillas con 18 años se empezó a hacer realidad pocos meses después de aquella entrevista en la revista Real Madrid. El 24 de mayo de aquel 2000, un Iker asentado en la titularidad del equipo levantó su primera Copa de Europa en París.

Esa Champions, a principios de año, parecía una conquista totalmente imposible para cualquier aficionado del Madrid. No lo era, sin embargo, para el entonces imberbe portero: si algo ha demostrado a lo largo de su carrera, es que, para él, no existen ni balones ni sueños inalcanzables. Quizá, por ese motivo, haya ganado tantos trofeos, y nos haya hecho tan felices.

Forman parte ya de la memoria colectiva sus tres paradas en el Hampden Park de Glasgow, saliendo desde el banquillo, para retener la Novena, ese trofeo soñado por el madridismo en su Centenario y que puso en peligro el asedio alemán del Bayer. Lo mismo hizo en otras finales inolvidables, como aquella de Copa contra el Barça de Guardiola, cuando la afición blanca anhelaba superar al máximo rival, que entonces parecía invencible.

Capítulo aparte merecen sus paradas con la Selección española. En 2008 toda España soñaba con superar a Italia en cuartos y aspirar a ganar la Eurocopa. E Iker lo hizo posible con un pie salvador durante el tiempo reglamentario y dos paradas en la tanda de penaltis. Cuatro años después, volvió a ser decisivo en la tanda de semis contra Portugal, la antesala de la mayor paliza que se recuerda a la escuadra azzurra en la final de Kiev.

Entre medias de ambas conquistas está el Mundial de Sudáfrica. En aquel 2010, y después del triunfo europeo de 2008, todo un país veía posible el sueño de ser campeones del mundo. Un sueño que, evidentemente, compartían los jugadores seleccionados por Del Bosque. Todos pensamos que podía hacerse realidad, pero se nos heló la sangre con aquel penalti ante Paraguay en cuartos y, sobre todo, con aquella carrera en solitario de Robben hacia la portería española en la final ante Holanda.

En ambas ocasiones, y a pesar de que lo normal hubiera sido vencerse antes de tiempo, caerse a un lado, Iker se mantuvo en pie, realizando las paradas más importantes de la historia del fútbol español. Como en tantas otras oportunidades, volvió a convertirse en el guardián de nuestros sueños. Y, de paso, hizo realidad todo aquello que imaginó cruzándose medio Madrid para llegar a la Ciudad Deportiva.

Con 34 años, en plena madurez deportiva, hizo las maletas a Oporto con nuevas ilusiones: seguir ganando títulos, pero con menos ruido a su alrededor. Y lo consiguió, tanto antes como después de volver a nacer en mayo del año pasado. Su última imagen como jugador en activo sobre un terreno de juego, de hecho, fue levantando la Copa de Portugal, su último título como futbolista.

La vida, a veces, tiene este tipo de ironías: los dos últimos trofeos de Casillas como profesional —Liga y Copa portuguesas— han sido los únicos, en toda su carrera, que ha ganado sin disputar un solo minuto. En el Madrid, o en la Selección, cuando no fue titular, su equipo no logró levantar ningún trofeo.

El pasado fin de semana, alzando al cielo la Taça lusa con una mano, y sujetando con la otra una mascarilla típica de estos tiempos, Iker inauguró, probablemente, su particular ‘nueva normalidad’: seguir conquistando éxitos, y cumpliendo sueños, pero alejado ya de los tres palos.

Será él quien nos informe de sus siguientes pasos. Yo, de momento, me quedo con esa última imagen de Casillas sobre el césped. Con eso, y con la suerte de disfrutar al completo de la carrera del mejor portero, en mi opinión, de la historia. No he visto, a mis 34 años, a ninguno parar lo que ha parado Iker ni tan decisivo en la conquista de títulos. Ni en la televisión ni en la videoteca.

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