En la continua pugna entre pesimistas y optimistas, suele decirse que “un pesimista es tan sólo un optimista bien informado”. Por eso, si había aficionados azulgrana que firmábamos un honroso y digno 3-1 al final del partido no era simplemente debido a la tara mental que nos dejó el culerismo ochentero en el que el Barça tenía las mismas Champions que el Atleti y tan solo dos ligas más: simplemente, estábamos bien informados.

Sabíamos de primera mano que este hatajo de veteranos ya había hecho esta misma temporada el ridículo contra el Levante, contra el Granada, contra el Valencia o contra un Madrid de entreguerras liderado por Ficticius. Recordábamos que estos mismos jugadores ya se habían mostrado incapaces de marcar un gol al Espanyol, al Slavia de Praga… Y si volvíamos a informarnos, evocábamos que en los ridículos europeos precedentes el once inicial era un 90% similar al de hoy. “Han aprendido la lección de París”, puntualizaban algunos papanatas en el viaje a Turín. “Con Arturo Vidal no hubiera pasado lo de Roma”, proclamaban algunos necios antes de ir a Liverpool. “En estos partidos cuenta mucho la experiencia”, rebuznaban los más cretinos a la llegada del equipo a Lisboa. Mientras, el once inicial seguía acumulando años y kilos.

No había el más mínimo indicio para ser optimista. Menos aún teniendo enfrente a un Bayern que llegaba con una inmaculada racha de 26 partidos ganados de su últimos 27 y una media de 3 goles por partido. Al culé informado solo le quedaba la fe en D10S. Pero como dijo el alemán Hegel, y popularizó otro teutón como Nietsche, “D10S ha muerto”. Sus compatriotas oficiaron el entierro. Si en 2013, el Bayern le marcó 7 goles al Barça en 180 minutos, esta vez le bastaron 83. El cambio de la gerontocracia de los Robben, Ribery, Schweinsteiger y Lahm por la sangre fresca de Davies, Kimmich, Gnabry y Goretzka se hizo notar: portaviones del siglo XXI contra barcas de remos.

Xavi debe hacer hueco urgentemente en Qatar a su amigo Busquets, a quien la chavalería tudesca no tardó ni tres minutos en satirizar. Tras su pérdida de balón, Müller combinaba con Lewandoski para hacernos un deja vú: él también fue quien abrió la goleada en aquel 1-7 de Brasil a Alemania. El propio Bayern jugó con los sentimientos de los optimistas marcándose el empate. Pero era solo un espejismo: acto seguido, el innegociable doble lateral derecho que tantos estragos había hecho en el Olímpico de Roma y en Anfield volvió a exhibirse con otra pérdida estúpida antes del 1-2. Señalar que Gnabry lleve un look de actor porno ochentero solo sirve para hacer un chiste fácil sobre lo que le hizo a la defensa azulgrana en el 1-3. Aún quedaba una hora para el final del partido y ya era evidente que no iba a ser una derrota honrosa. Con el descanso llegaba la primera buena noticia de la noche: el Bayern había metido cinco goles y sin embargo sólo ganaba por 3.

El Pasiego, revolucionario él, siguió apostando por “la experiencia”, pese a que había conseguido que su equipo pareciese un conjunto de alevines. Dio entrada a Antoine Grima, el Hombre Gris que no ha decidido ni un solo partido importante en todo el año. Si alguien se sorprendió de que el francés no jugase de inicio, pudo comprobar en toda la segunda parte que hizo el mismo partido en el banquillo que fuera de él.

Una segunda parte que recordó a cuando en una pelea callejera, un veinteañero musculado que acaba de apalizar a un cuarentón venido a menos, se da la vuelta y se aleja para no hacer más sangre, momento que aprovecha el cuarentón para darle un puñetazo de ahogado en la espalda. El que debería ser el último gol de Luis Suárez vestido de azulgrana tuvo ese efecto: “¿No has tenido suficiente? Pues toma un poco más.” exclamó enfurecido el matón alemán. Más ocasiones de gol (hasta 28 en el partido) y un quinto gol que fue una alegoría para ambos equipos. Mientras el Barça aún retiene a veteranos que deberían estar jugando en Qatar, el Bayern pesca en la MLS a Davies, un canadiense acaso hijo no reconocido de Ben Johnson: el lateral izquierdo humilla a Semedo y en el área pequeña asiste al lateral derecho para la manita. El sexto de Lewandoski solo hizo sentir en carne propia a los aficionados culés lo que sintieron los del eterno rival hace 11 años.

Como remate a la más humillante derrota europea de la institución, el fichaje más caro de la historia del club, el que se ha ido cedido a un equipo con el que has de luchar por el trono europeo, te mete el séptimo y el octavo. Perfecto resumen de la nefasta gestión del último lustro azulgrana. Con el final del partido llegó la segunda buena noticia: que no hay partido de vuelta.

El 2-8 será una mancha indeleble en la historia del club, pero visto que ni la bofetada de Roma ni la de Liverpool habían sido lo suficientemente estruendosas y nada había cambiado, tal vez un ridículo mundial de este calibre en prime time sea lo necesario para volver a ser un grande de nuevo. Sí, Setién debe salir, pero debería ser el último en cerrar la puerta: delante de él y en fila de a uno los Semedo, Piqué, Alba, Busquets, Rakitic, Vidal, Luis Suárez… Y dedicado para todos ellos el primer mosaico del vacío Camp Nou para el comienzo de la temporada con esa expresión catalana para despedir a alguien totalmente prescindible: “Bon vent y barca nova”:

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