Siempre que el dolor habla por boca de un hombre hay que escucharlo. Pero no solo es la compasión la que sostuvo mi atención durante la hora y media de duración del fabuloso documental sobre la carrera deportiva de Nicolas Anelka. Fue el genuino interés en conocer la verdad sobre un hombre al que yo también juzgué ligeramente. Los productores lo saben, no por otro motivo han llamado a la pieza Anelka, el incomprendido. Del dolor hablan sus ojos, a medio camino entre la belleza, la agresividad felina y la mirada anciana del que ha transitado la infelicidad teniéndolo todo. También su verbo, que homenajea a la honestidad: hay tanto reconocimiento sobre sus propios errores como explicación de los procesos que los causaron. Dicen que si se analiza cada pecado en profundidad, se acaba entendiendo y perdonando al que lo cometió. Si es así, ojalá lo fuera, este documental hace un buen trabajo con la figura del ex futbolista francés.

Yo también odié a Nico Anelka. No era difícil. Y no es porque yo haya aborrecido sistemáticamente a casi todos los delanteros del Madrid por sus fechorías o por su personalidad. Es porque el chico llamaba a ello. Parecía un bicho arrogante y raro. El día de su presentación aparecía en Barajas con una pernera del pantalón subida y otra bajada, con un aire displicente y la actitud de “vengo pero podía haberme quedado en casa”. En el documental se nos explica que estaba más asustado que otra cosa. Claro, tenía diecinueve años, pero eso no solemos pensarlo cuando vemos a una estrella del fútbol. Piense el lector si había más de dos o tres neuronas en su cerebro que fueran funcionales o estuvieran desarrolladas y maduras antes de los veinte años. El resto del trabajo en la forja de una imagen pública poco agraciada lo hicieron sus propios compañeros y la prensa. De sus compañeros se sospecha que no se lo pusieron fácil a un chaval negro que venía como fichaje estrella atenazado por sus miedos, sus carencias, un particular sentido de lo correcto y del honor propio y una actitud nacida de las carencias estructurales de la banlieue, la periferia de las grandes ciudades francesas, en este caso parisina. Es muy posible que las únicas buenas personas de esa plantilla fueran Iker Casillas y Steve McManaman. Ahí puede que asomen mis prejuicios barcelonistas, pero recuerden, el entrenador que inició la temporada, John Benjamin Toshack, reconoció abiertamente en una rueda de prensa que el siguiente domingo (estaba siendo una mala temporada) jugarían los mismos once cabrones. La prensa no le dio tregua: se llegó a llevar a la portada del Marca que había marcado su primer gol jugando con una Play Station con la que le invitaron a echar una partida en la redacción del periódico. Muy retorcido.

El futbolista es un ser humano muy particular. Puedo hablar con cierta propiedad sobre ello porque, más allá de haber jugado unos 20 años al fútbol en la regional madrileña, trabajé durante 8 años en la cantera de un gran club. Conocí por dentro las dinámicas de la alta competición, las características físicas y psicológicas de muchos jugadores que han acabado siendo profesionales de Primera División, algunos internacionales. A medida que se van cumpliendo años y superando etapas formativas se tiende a aislarlos por parte de sus formadores y allegados de todo lo que no sea el interés en la propia carrera futbolística o el cuidado de su cuerpo como si fuera oro, y se fomenta la suspicacia respecto a cualquiera que no sea de su círculo íntimo. Razones tienen para hacerlo así, no lo niego, puesto que siendo imberbes se les somete a presiones inaguantables para la mayoría de nosotros, cuánto más cuando son profesionales. Pero todo ello hace que sean máquinas competitivas con poco interés por el mundo ajeno a su desempeño deportivo. También se fomenta en el vestuario y en el entorno una actitud ligera, poco intelectual o reflexiva, y sobre todo cierto materialismo consumista relacionado con las relaciones, las mujeres y las posesiones. No suele darse interés por actividades culturales o por el desarrollo educativo.

Si lo tienen todo, ¿para qué van a estudiar? A un amigo futbolista de primer nivel le he dicho en alguna ocasión que no lo parece, solo porque es buena persona, tiene una conversación interesante y lee libros con frecuencia. Creo que en realidad ellos quieren fomentar esa imagen prejuiciosa que reconozco poseer para protegerse. Vuelvo a señalar que los entiendo. Lo que la sociedad les hace a estos chicos desde pequeños, poniéndoles las orejeras y usando el látigo de la necesidad o la zanahoria del posible éxito, es algo cercano al maltrato. Son como caballos de carreras, como gladiadores que se matan para nuestra diversión. Claro, en su cesta caen millones, bellas mujeres y un reconocimiento social del que nadie goza, menos las estrellas de Hollywood. ¿Quién podría negarse a intentarlo? ¿Qué es de la vida de los que se quedan por el camino? ¿Mastican su envidia los canteranos compañeros del que llegó al primer equipo? ¿Pueden seguir siendo amigos?

Así, Anelka, en su burbuja protectora, entró en un vestuario de estrellas, cada una con su propia burbuja, su interés y su propio ego. Solo que él era demasiado especial y nadie lo entendió. Tenía un carácter frío y parecía distante. Su seguridad en sí mismo y en sus valores le hacían parecer arrogante. ¿Qué es un genio, sino alguien que sobre todo cree en sí mismo? Hoy afirma con serenidad que no fue aceptado en el equipo, en parte por su carácter cerrado, se intuye que mayormente por lo complicado de ese vestuario que Nicolas no critica, por cierto.

Los que sí lo entendieron, desde el principio, fueron sus compañeros en la cantera de la Federación Francesa de Fútbol en Clairefontaine, entre los que sobresale otra estrella mundial, Thierry Henry. No sólo él, también Vieira, Petit, Gallas, Drogba, Evra, Pogba… hablan de un hombre íntegro, honesto, fiable, políticamente incorrecto, nunca una oveja en el rebaño. Reconocen que es un tipo de persona que amas u odias, lo apodan “Che”, se deduce que por su carácter guerrillero, revolucionario y su compromiso moral con las causas en las que cree. No son cualidades fáciles de encontrar en el mundo del fútbol ni en el mundo en general. Todos ellos lo admiran y lo aman. Y él también se ama, porque en su peculiar manera, ha sido coherente, ha hecho lo que le pedía el corazón. Incluso si este te lleva a jugar a la India o rechazar un último gran contrato. También por eso mismo se odia y se duele.

Se aprecia un hombre sentimental, incapaz de disfrutar del juego si no lo practicaba bien, tendente a cambiar de aires si los encontraba enrarecidos, también tendente a la nostalgia por no haber podido continuar donde fue feliz. Le dolían los hechos sin explicación, la falta de fe en él del entrenador de turno, los porque sí y los porque no que cierran cualquier debate y cancelan toda confianza.

Los hechos más dolorosos de su carrera están relacionados con la selección de Francia, quizá por el nivel de exposición, porque no le seleccionaron sin explicación para el Mundial celebrado en su país donde fueron campeones, en 1998. Quizá porque, como hijo de inmigrantes de Martinica, como habitante de la mencionada banlieue, quería demostrar algo que los demás no necesitaban o comprendían.

El hombre no era un santo, su impulsividad le jugaba malas pasadas, pero fue cruel que se pusieran en su boca palabras insultantes sobre su entrenador, el nunca bien ponderado Domenech (que reconocía hacer convocatorias basándose en el horóscopo de los jugadores), en el descanso de un partido del Mundial 2010, en Sudáfrica. En medio de una crisis social y económica monstruosa, el presidente Sarkozy aprovechó para hablar del tema en una conferencia de prensa, como cortina de humo ante su incompetencia. Se llevó el asunto a la Asamblea Nacional Francesa. Anelka fue expulsado del equipo. Sus compañeros, que conocían lo que pasó, decidieron no entrenarse al día siguiente. Domenech, que en su informe a la Federación Francesa de fútbol había mentido, tardó ocho años en reconocer que el futbolista no había dicho lo que publicó L’Equipe en portada, que le había llamado hijo de puta y mandado a tomar por culo. Tan solo había protestado, de mala manera, cierto, por un comentario técnico sobre su posición en el campo. Pero todo se desmadró. L’Equipe nunca rectificó. Los compañeros afirman que la manera de ser y el origen de Anelka le hicieron ser el chivo expiatorio perfecto.

En el documental aparece, volviendo al Real Madrid, la melancolía inmensa que le produce no haber saboreado su máximo triunfo, la Champions del 2000 con el equipo blanco, de la que fue protagonista marcando dos golazos en semifinales contra el Bayern de Múnich. La felicidad temprana no disfrutada, dada como natural consecuencia del talento o la suerte, deja heridas que no curan. Solo la madurez trae la consciencia de lo que cuestan las cosas, pero ¿quién sabe eso con diecinueve años?

Hay un reconocimiento bañado en dolor profundo sobre algunas equivocaciones, como su rebeldía reactiva en el Real Madrid, que aumentaba la brecha con sus compañeros, y sobre errores en el terreno de juego, en especial el del penalti fallado que le privó de ganar la Champions con el Chelsea contra el Manchester United en 2008. Hay aceptación de la soberbia que se necesita para triunfar y de que esa misma soberbia le ha hecho también fracasar a través de sus errores. Este es un mundo loco, donde los valores que posee este hombre de voz dulce y suave no son muy comunes. La honestidad, el mantenimiento coherente de su posición aunque conlleve consecuencias negativas, el enfrentamiento a la autoridad. En el mundo del fútbol, tan especial, una hipérbole del mundo real para lo bueno y para lo malo, una persona como él tenía mal encaje. Anelka fue un potro sin domesticar en el circo romano que es el fútbol moderno.

Ahora, viviendo en Dubái, convertido a la fe del Islam, atesorando una calma que da la madurez y el aprendizaje a través de los grandes impostores que son el triunfo y el fracaso, afirma que nadie le puede comprender, porque nadie es él. Sus ojos medio cerrados hablan algo de rendición y mucho de aceptación. Afirma haber odiado ser una estrella, desear solo tranquilidad y lo creemos, porque lo demuestra. Parece seguir siendo el mismo tipo honesto y crudo que salió de los suburbios parisinos, y al mismo tiempo, parece otra persona, muy mejorada, con respecto a su pasado. Nicolas Anelka ha dado la vuelta al mundo jugando en decenas de equipos, cuando seguramente hubiera deseado permanecer y triunfar solo en uno o dos, reconoce y se reprocha sus propios errores, borraría títulos de su palmarés porque no se siente partícipe o piensa que no aportó mucho, habla con sencillez de sus afectos, reconoce sus carencias expresivas y sus malas reacciones. Hijo de la calle, ha mandado a varios de sus jefes muy lejos cuando no le han respetado, pero espera que sus hijos sepan ser mejores que él y digan te quiero, cuando él no ha podido hacerlo. Le gusta la discreción y el silencio. No le importa lo que piensen de él. Cree en la recompensa divina al correcto comportamiento moral. Le gustaba jugar, pero no el mundo que rodea al fútbol. En unas pocas cosas lo es, pero en muchas más, y ahí está su contradicción y su atractivo, se diría que no parece un futbolista.

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