“Cuidado, los alemanes no somos sólo simpatía y sonrisa”

El fútbol regresó escalonadamente tras la primera fase del virus, y su ausencia nos había dejado tan ávidos que muchos aficionados se echaron en brazos de la Bundesliga, el campeonato más precoz del retorno. Sin embargo, su carácter de sucedáneo impidió que la mayoría de hinchas consolidasen su elección —ya expliqué detalladamente en su momento los motivos, resumibles en la ardua dificultad para recorrer el kilómetro sentimental— una vez que se produjo el reinicio de la Liga en España. De modo que la competición germana fue abandonada de nuevo casi por unanimidad: quedaron Maldini y cuatro despistados a los que perfectamente se les podía aplicar el refrán ese que habla de los santos y los que no conocen a Dios.

No obstante, el desinterés acerca de las cuitas deportivas domésticas del país de Merkel no debe interpretarse como una chovinista falta de respeto hacia sus equipos. Nada más lejos. Cualquier madridista, a excepción quizá del que solo tenga uso de razón desde el último lustro, considera Alemania como el más terrorífico escenario para una pesadilla. No hace falta remontarse al Del Bosque jugador lamiéndose las heridas y los complejos en Hamburgo en 1980: Effenberg o cierto portero de apellido con ecos de emperador mongol sustituyeron al hombre del saco para los niños merengues de los noventa, e incluso bien entrado ya el siglo XXI. Odio en la mirada y centros al área, receta tradicional de cualquier conjunto teutón, que alcanzaba el paroxismo cuando la efectuaba el Bayern de Múnich, primus inter pares, un club que podría identificarse con una especie de Real Madrid al que se le hubiese arrebatado su brizna artística individualista y su resto de ciclotimia, supliéndolos por un compromiso colectivo despiadado. Algo así como Wagner frente a Falla.

Esta semana, el Atlético y el Barcelona sufrieron en sus carnes el poderío alemán. Pero en esta ocasión con un agravante especialmente doloroso: los contrincantes mostraron gran contundencia, mas no fiereza. Las derrotas de los españoles, merecidas y sin paliativos, fueron privadas hasta del consuelo del rencor. Quién podría odiar a un tipo como Nagelsmann, de 33 años, rostro casi imberbe, discreto, humilde, al que no se le caen los anillos a la hora de reconocer lo decisivo de la suerte en sus logros —y en general en la vida—, que va al trabajo en bicicleta y hasta seguramente sea votante de los Verdes. Su Leipzig apabulló al Atleti desde el orden, con claridad y sin saña, como diciéndole “esto no es nada personal, amigo”. Nada más opuesto al papel de villano, el cual por cierto tampoco encarnó el Bayern de Múnich, a pesar de la tradición dañina recordada unas líneas más arriba. Los bávaros fueron un martillo pilón, pero la única desconsideración que se les puede achacar es la vergüenza ajena que siempre produce señalar tan abiertamente las carencias del otro. En lugar de altanería, el equipo de Flick celebró todos los goles —me atrevo a afirmar que hasta el concedido en propia puerta— con un rictus similar: el de quien se halla satisfecho por el deber cumplido. Más Kant que Heidegger. Mientras tanto, el Barcelona perseguía sombras y se lamentaba, pura generación del noventa y ocho. Con perdón por la última cifra.

Insisten algunos en que este deporte post confinamiento, con un ritmo diferente, con cinco sustituciones, con convocatorias amenazadas por los resultados de los tests previos y sin público que presione en las gradas, no parece fútbol. De la misma manera que estos alemanes sin cara de ogro, sin balonazos violentos y sin sangre en el ojo no cumplen con el estereotipo superficial esperable. Es posible que ambas cosas sean ciertas. Acaso al fin la modernidad líquida de Bauman —polaco, no alemán— haya desterrado aquello tan rancio del hábito haciendo al monje, incluso en un mundo tan tradicional como el del balompié. Si bien la inquietud aún persiste en nuestra mente, y probablemente lo haga para siempre, cuando los alemanes se crucen en nuestro camino. Achtung.

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