Un hombre bajo, con unos pantalones azules de grandes bolsillos en los muslos, limpia con agua a presión la zona que rodea la piscina. Del lugar al que apunta sale un agua oscura que dirige hacia el vaso de la piscina. Me lo imagino haciendo lo mismo por los pliegues de mi cerebro, sacando la mierda de esos rincones a los que no hay forma de llegar. Si los dibujos de la infancia te enseñan que no hay nada raro en que los glóbulos rojos y los blancos puedan charlar tranquilamente, de adulto te encuentras dando este salto de lo real a lo ficticio sin esfuerzo.  

Hace unas semanas se votó que la piscina no se abría. Hace unos días, viendo que las normas habían cambiado, se votó que la piscina se abría. En cuestiones legales, lo relacionado con la pandemia debería haber sido una autovía de varios carriles, pero se ha convertido en esa comarcal que cada pocos metros gira en una imposible curva. Como consecuencia de ese cambio de voto, en los ascensores están expuestas, en dos hojas A3 horizontales pegadas con cinta aislante, las reglas que van a organizar el baño. A la mitad de la primera hoja ya me he perdido. Sería bueno que algún becario de Garrigues hiciera sus prácticas en nuestro ascensor y nos resumiera los puntos principales. Así podría escucharlo mientras le doy vueltas al por qué de esos trozos de cinta aislante.

Tengo que reconocer que yo fui de los que en la primera reunión votaron que no se abriera la piscina este año. Me dejé arrastrar por el puro egoísmo, que degusté como un trozo de chocolate negro, de un verano tranquilo, sin gritos y por el deseo de que no acabáramos atrapados en esta red normativa. Mal están las cosas si para darte un baño en nuestra charca comunitaria tienes que sortear las reglas como quien evita las toallas.

Afortunadamente, el bando contrario salió victorioso tras el cambio de criterio del Gobierno y el 1 de julio, en una ceremonia familiar a la que solo acudió el que quitó la lona, la piscina quedó al descubierto y dio comienzo mi verano particular. La imagen fue terapéutica: en tiempos en los que hay que ponerse mascarilla para todo, quitársela a la piscina fue una sensación liberadora.

Ahora en el ascensor, se pueden leer cosas así: 

“Si el aforo de la playa no está ocupado al 100% se podrá hacer uso de las zonas libres por parte de los usuarios, aunque hayan consumido su hora turno o ese día no tengan derecho de uso, si llega un usuario que no ha consumido su tiempo diario, el usuario que más tiempo lleve tendrá que ceder su espacio al nuevo usuario”

Los socorristas que hemos tenido hasta ahora no se han enfrentado a ninguna emergencia: uno de ellos pasó unos días en casa de una vecina cuando terminó su contrato, tal vez poniendo en práctica unas habilidades de reanimación que no pudo demostrar porque nuestro historial de ahogos se mantiene a cero. Se especializan en abrir con precisión las sombrillas y en dejarse caer en sus sillas con un falso abandono con el que parecen frenar el ritmo con el que el sol avanza. Las socorristas acaban amigas de todas las niñas, a las que, exhibiendo una paciencia envidiable, permiten que al acabar el día les hagan un nuevo peinado entre todas.

Este año, viendo lo escrito en el ascensor, tendremos que elegir entre salvar a la gente de morir ahogada o cumplir las normas. No creo que exista un perfil que sea capaz de unir esos dos aspectos: o el botiquín encima de la mesa o el código civil. Como no tengo fe en la raza humana, básicamente porque yo pertenezco a ella, sé que no va a ser fácil cumplir con las pautas. Desde las ventanas ya me imagino a algún vecino llevando el control de los bañistas y señalando desde el balcón, a los que se salten las indicaciones. Todavía no sé si tendremos un socorrista habitual o si el becario de Garrigues acabara poniéndose un bañador y, después de aplicarse varias capas de crema protectora para defender su blanca piel de esforzado estudiante, controlará todo con la profesionalidad del feriante de Denia que sabe, sin mirar el reloj, cuándo termina tu tiempo de saltos en las colchonetas.

En cualquier caso, va a ser un verano triste porque habrá que bañarse cuando puedas, no cuando quieras.

El hombre de los pantalones azules termina su trabajo y regresa el cálido silencio. En este verano de partidos de fútbol con sonido simulado de público, yo pediría el de algunas cigarras para acompañar la modorra de las seis de la tarde.

Por la noche, disfruto asomado a la ventana con el agua de la piscina y el frescor que sube de ella. Este placer ya no es posible al día siguiente: por la mañana la piscina parece dividida en varias zonas, como si fuera una extensión del aparcamiento con plazas para un Fiat 500. Desde ese momento ya es imposible fijarse en el agua sin pensar en Wuhan, las mascarillas en el codo, la moto del Sr Simón, las UCI, “keep your distance”, tose en el codo, las curvas aplanadas, el olor del hidrogel en las manos, las fotos que no vimos, las pruebas con falsos negativos, el zoom, el paño con lejía para pasárselo a los briks de leche, la homilía de las tres, los aplausos de las ocho, las cacerolas de las nueve.

No creo que pueda pasarme un verano con esa imagen en la piscina. Así que se me ocurre empezar en este mismo momento a hacer campaña por otra opción: prohibir el baño pero dejar la piscina abierta con su socorrista desafiando al sol con sus gafas de sol. Nada de normas en los ascensores. Nada de marcas en el suelo. Una representación de la piscina tal y como estaba el año pasado, cuando la única preocupación era no haber dejado antes los torreznos sabiendo que llegaría el momento de ponerse el bañador.

Sé que por la noche habrá algún desgraciado, que, como ya he hecho yo varias veces, saltará la valla de la piscina para darse un baño por el placer de refrescarse y, sobre todo, de saltarse algunas normas. Para estos egoístas está pensada la solución definitiva: este año la piscina no estará llena de agua, sino de hidrogel. Es posible que los ojos acaben un poco dañados, pero el riesgo de contagio tras estas pequeñas travesuras nocturnas será inexistente. El becario de Garrigues no lo ve muy claro, pero ya acabaré convenciéndolo.

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