Todo el sentido del gol de Iniesta empezó a fraguarse hace cuarenta y tres años, en esa cocina en la que, no recuerdo por qué, estaba cenando solo. Había sacado la mitad de la mesa que se plegaba dentro de la encimera y, en pijama, cenaba frente a una televisión pequeña en blanco y negro. Como solo había dos canales, el criterio de lo que veías era el mismo que con la comida: aceptabas lo que te servían sin quejarte. En ese momento emitían el final del telediario y, para dar la noticia del estreno de una película, ofrecieron unas imágenes que me cambiaron la vida: una pequeña nave blanca apareció huyendo por la esquina superior izquierda de la pantalla mientras lanzaba rayos para defenderse de un destructor del que, como sumergidos bajo una inmensa ballena, se podía ver la parte inferior durante unos segundos interminables hasta que se alejaba propulsado por unos inmensos motores.

Hice todo lo posible para que me llevaran a ver esa película cuanto antes, pero salir en pijama a una hora en la que los cines ya estaban cerrados no fue un plan bien recibido. A partir de ahí, la memoria ya no es precisa sobre el día que fui a ver Star Wars, el cine o la compañía. Todos esos detalles resultaron accesorios frente a una historia que me fui aprendiendo de memoria conforme la veía. La vida ahora es más rica y más intensa, pero pocas cartas hay que te ganen una mano cuando tú dejas caer que viste Star Wars con ocho años. Difícilmente volverás a estar en el sitio justo en el momento justo con esa precisión.

Ahora basta una conexión con Star Wars, por tenue y forzada que sea, para que me detenga un instante como cuando pronuncian tu nombre y tratas de descubrir de dónde viene la voz. Una melodía, un fragmento de un diálogo, la forma de la luna, el deseo de que tu vida cambie, un montón de chatarra, un gruñido. Esta es mi manera de seguir en contacto con ese chaval de ocho años que sigue dentro de la película y que me ayuda a interpretar y sazonar situaciones de mi vida adulta a las que no habría prestado atención.

Ese gol de Iniesta, por ejemplo. Ahora vuelvo a verlo y no es como lo recordaba. En mi memoria, influido por el chaval del pijama, Iniesta, y no Navas, se recorre la mitad del campo, esquiva a varios defensas y, sin la ayuda de Cesc ni de Torres, mete el balón en la portería de un tiro limpio. No voy a decir que el vídeo mienta, aunque ya todo es posible, pero no ayuda a darle todo el significado al gol: coger el atajo de la realidad a veces le quita valor a un hecho.

Así que me quedo con mi recuerdo del gol. Iniesta, como Luke, avanza por el único camino de la Estrella de la Muerte que le puede conducir al punto débil que Del Bosque ha descubierto en unos planos expuestos y marcados en el vestuario. El pasadizo es estrecho y a cada lado hay torres que disparan sus cañones continuamente para acabar con él. La situación es complicada porque no hay tiempo: estamos en el minuto 116 y ya fallan las fuerzas y las ideas. Iniesta corre con el balón, atento a todas las señales que le llegan, descifrando movimientos y calculando lo que le queda hasta quedarse frente al portero. En el instante en el que lo tiene enfrente, lo envuelve el silencio, ve todo a cámara lenta, y dispara.

Tan pronto el balón sale de la bota de Iniesta, la realidad y la memoria vuelven a juntarse. El disparo entra por ese hueco de ventilación y pocos segundos después la Estrella de la Muerte estalla. El sonido de esa explosión fue superado por los gritos de los que estaban en el estadio y de los que seguíamos el partido. Si alguna civilización extraterrestre nos escucha con la atención de los espías en la guerra fría, seguro que en sus registros de ese día aparecerá un pico minúsculo sobre el que seguirán haciéndose preguntas.

Esa Estrella de la Muerte que desaparece era un producto nacional, al que, como país, habíamos estado añadiéndole piezas desde hacía muchos años. Todo servía para hacerla crecer. En su núcleo estaban todos los titulares publicados sobre nuestros fracasos deportivos en grandes competiciones, pero, alrededor, también podían encontrarse desde lejanos lamentos de la generación del 98 a las críticas que nos llevamos lanzando los unos a otros como única estrategia para darle valor a lo local, al terruño, a la uva, al capullo que solo florece en mi valle.

El vacío que dejó provocó, al instante, una perturbación de la fuerza que creo que todos sentimos. Fue un gol que nos quitó de los hombros una carga que nos habíamos echado encima y que nos mostró que la amenaza éramos nosotros mismos. Nos habíamos acostumbrado a vivir con ella y en ese Mundial que ganamos descubrimos que, por fin, nos encontrábamos en ese lado del campo en el que el césped es más verde y los jugadores más rápidos y las botas más precisas.

La ausencia de esa gran estación armada también afectó las subestaciones personales que cada uno tenía gravitando en su cabeza. De un éxito como ése es difícil que no te llegue la pedrea de un pensamiento optimista que se resume en el “si ellos han podido, ¿por qué yo no?”. La cuesta que te esperas al día siguiente sigue ahí, pero su pendiente se ha reducido, que no es poco.

En el tiempo que ha pasado desde ese 11 de julio de 2010 han aparecido tantas Estrellas de la Muerte que da la sensación de que nos separen veinte o treinta años de ese gol. Estrellas con mandíbula tensa, con forma de coronavirus o con el corazón de fibra de algoritmo: Si Camus hubiera escrito su mito de Sísifo ahora habría cambiado la roca por una de ellas. Ninguna alegría es para siempre y, si se mira al cielo ahora, es difícil no venirse abajo.

Por eso nos vendría bien otro gol como el de Iniesta. En lo que llegamos a otra final, y como homenaje a aquel día, este 11 de julio de 2020, a las ocho y media, todas las cadenas y plataformas deberían emitir aquel partido para unir, como un trozo de celo, tanta pieza dispersa. Propondría erigirle una estatua, pero ahora no es el momento. Si por mí fuera, la de George Lucas no seguiría en pie después de lo que hizo con su saga.

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