Antes de salir a pasear, me recomiendan que cambie el palo que he cogido para defenderme de los perros por un paraguas blanco, a estrenar. Miro el móvil para ver la predicción del tiempo, pero, imitando el gesto del que me habla, acabo levantando la vista, que es lo que hacen en el pueblo, para fijarme en una nube negra que parece esperarme para descargar unas gotas que ya llevan escrito mi nombre. Ayer, cocidas por el sol, podías pelar las piedras y hoy es posible que caiga granizo.

A pesar de la amenaza de lluvia, decido seguir con mis planes de caminar. Durante el confinamiento, estoy seguro de que las paredes de casa han ido acercándose poco a poco y ahora necesito encontrarme en espacios abiertos para eliminar esa sensación de agobio. En La Mancha el cielo queda más alto y el horizonte a una distancia de varios días a pie. Con eso me vale.

La nube gris sigue arriba cuando enfilo la carretera que une los dos pueblos. Tan pronto soy consciente del ridículo de llevar un paraguas blanco nuevo, como un Gene Kelly cruzando los Monegros, rezo en voz baja para que la nube crezca, cubra todo el cielo y caiga una lluvia que haga que lamente que no me pusieran Noe al nacer. Pero lo de la nube no es vocacional, es simple postureo: se mantiene el tiempo justo para ofrecer unas imágenes para Instagram con los primeros rayos del sol y luego se aleja. La muy cabrona. Mis plegarias se han dispersado en el aire como la pólvora de una pistola de fogueo.

Me echo el paraguas al hombro. De cayado bíblico, que me habría permitido sacar agua de las rocas, a simple palo al que solo le falta el hatillo al final. Veo muchos conejos a los que mi cambio de Moisés a Carpanta no les importa. Algunos atraviesan la carretera, como haciendo prácticas de supervivencia ahora que no pasan coches. Otros saltan por los terrenos en los que ya se ha cosechado el trigo. No me prestan atención porque un tipo con un paraguas blanco, además de ridículo, tiene que ser inofensivo. Me alegra que no me consideren una amenaza. Me molesta que ni los conejos me consideren una amenaza.

Aunque es domingo, me cruzo con algunos tractores con remolque. Oculto el paraguas en mi espalda porque es posible que si lo vieran no hicieran el mismo esfuerzo por apartarse a un lado. Supongo que llevarán granos de trigo. En una nave con las puertas abiertas veo a una excavadora agrupando todo el grano en una inmensa montaña de la que espero que aparezca el Tío Gilito para volver a meterse en ella de un salto. Trigo, aceitunas, girasol, uvas. Esto sí que es producto interior, en bruto, y no los cuadros de ese contable al que se le enfría el café en una taza de Mr. Wonderful (“Los hoyos del camino fortalecen los amortiguadores de tu carácter”) mientras intenta cuadrar un cierre.

Los restos de la cosecha están distribuidos por los campos de trigo como olas estáticas. Este mar de secano también es sedante. Ahora el sol empieza a sentirse en la piel. En las parcelas en las que el trigo todavía no se ha cosechado, el sol se detiene en cada una de las espigas, creando una combinación de matices dorados que se vuelven hipnóticos cuando se mecen por el viento. Dan ganas de estar enamorado o sufrir un trastorno similar para salir corriendo por ese campo con los brazos abiertos y los ojos cerrados y dar gracias por estar vivo y cantar algo a varias voces. Pero el recuerdo del paraguas blanco corta cualquier lirismo y me devuelve a la realidad.

No debo perder de vista la carretera porque abundan los baches. También son criaturas vivas: cuando dos de ellas alcanzan el tamaño justo (el que hace que el conductor, al pasar por ellos, exclame “suputamadre”) empiezan a aparecer pequeños baches alrededor, consecuencia lógica del calor que el asfalto almacena durante el día y que por la noche alimenta la pasión. También hay pequeños escarabajos a los que persiguen las hormigas que se salen de la columna que transporta objetos al hormiguero. Hay hormigas que no transportan nada. Otras que acarrean palos en los que podría tallarse la Piedad. Esto permite identificar a las hormigas en prácticas de las que tienen plaza de aparcamiento en el hormiguero.

Conforme avanza la mañana, aparecen ciclistas. El primero lleva un mono azul y monta una bicicleta dos tallas por debajo de sus medidas. Parece que hubiera salido de una obra con urgencia hace unos días para encontrar un material y no hubiera dado con él. Después aparecen dos cincuentones con el equipamiento completo. Uno le dice al otro que con la obra que va a hacer va a ganar metros cuadrados. Al rato, se cruza una pareja mayor en unas bicicletas que ya tenían cuando eran novios y uno pedaleaba por el placer de pedalear, no por salvar el planeta. El hombre no me dice nada. La mujer hace un gesto con el que además de saludarme parece disculparse por el silencio de su marido.

Me salgo del camino para meterme en las viñas. Hay que ver si la producción de vino está garantizada. Lo primero es lo primero. Hay vides en espaldera y en vaso. Las primeras reciben más sol durante el día y quedan mejor en las fotos. Veo muchos racimos, abundantes, con uvas todavía pequeñas y duras como guisantes. La nueva generación de tempranillo ya está en camino, aunque es posible que, con todo el vino que no se ha podido vender de la cosecha pasada por el cierre de bares y restaurantes, muchas bodegas tiren parte de la producción para que el precio no baje más. Veo la tierra, roja y seca, y la madera retorcida de la vid y me sigue sorprendiendo que con estas condiciones crezca la uva.

Cuando llego al final del camino, decido regresar andando en vez de pedir que vengan a por mí. Han aparecido algunas nubes y quiero darles tiempo para que se agrupen y así mi paraguas blanco quede redimido. Tengo la boca seca, los pies me molestan y no queda rastro de la mirada bucólica. Los girasoles que veía a la ida se han convertido ahora en los cardos marianos secos que me van haciendo el pasillo de vuelta: si Van Gogh hubiera nacido en Cuenca, se habría especializado en ellos. Es posible que acabe como los cardos si sigo a este ritmo y el sol me sigue dando con fuerza.

Cerca del punto de partida veo a un pastor con su rebaño. El perro que lo acompaña me observa. Temo que se acerque, pero no porque pueda atacarme. Al contrario: mi voluntad, licuada ya, debe ser tan legible en mis ojos que él podría tomarme por una oveja de dos patas y empujarme a su rebaño. Yo, en este punto, me dejaría llevar. Ya que no he sido capaz de dirigirme con cordura al optar por volver andando, mejor poner mi voluntad en manos de un profesional como un pastor y que él decida.

El perro ya camina hacia mí cuando cuatro gotas que caen sobre mi brazo rompen el hechizo. Miro arriba y levanto el paraguas. A las cuatro gotas no les sigue ninguna más porque mi gesto amedrenta a un cielo en el que solo hay una pequeña nube en retirada. El perro también se amedrenta. Las que no se amedrentan son tres mujeres mayores que caminan hacia mí con las mascarillas puestas. Bajo el paraguas y me pongo la mía para evitar que me caiga, ahora sí, una auténtica lluvia de collejas para recordarme que, si el bicho ha viajado desde Wuhan, no sería extraño que estuviera de visita en este pequeño pueblo de Cuenca. 

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