«Un palomo no hace verano». Eso hubiera sentenciado el gran Johan Cruyff tras el buen partido del Barça en Villarreal y la vuelta a las andadas de esta noche ante el Espanyol. Y es que basta recordar que incluso durante la infausta temporada 2000-2001, que terminó con el Barça ganando un nadaplete y en cuarta posición en la Liga, se llegó a jugar un extraordinario partido en Liverpool. UNO.

Porque ante la perspectiva de meter presión al Real Madrid y certificar el descenso del eterno rival local, alguno esperaba una alineación con Piqué de delantero centro, dada la excesiva tendencia del central a subir al ataque cuando enfrente ve una camiseta blanquiazul. Pero El Pasiego apostó por repetir prácticamente la alineación de hace tres días (Rakitic por Vidal, treintañero por treintañero). El resultado fue muy diferente, tal vez, acaso, puede ser, quizá, es una posibilidad, porque jugar con un once tan avejentado hace imposible que jugadores cerca de su retirada respondan a tanta exigencia física en tan poco tiempo. No debería sorprender que el ritmo de juego volviera al famoso “solteros contra casados”, con la sensación de que si sortearan entre los aficionados un puesto en el once titular, el agraciado no hubiera tenido problema alguno en aguantar esos primeros 45 minutos.

Tampoco ayudó el planteamiento del Espanyol, con un claro homenaje al austriaco Karl Rappan, inventor del sistema Riegel en el Servette Football Club. Esa táctica, que puso los cimientos del posteriormente conocidísimo Catenaccio —renombrado en España con la expresión “Poner el Autobús”— le funcionó perfectamente a los pericos, que incluso dispusieron de dos claras ocasiones al contraataque.

Fue la entrada de Ansu Fati tras el descanso lo que cambió el partido. Pero no su entrada en el terreno de juego, sino su entrada a destiempo a Calero. Su ímpetu fue mayor que su talento y, VAR mediante, el imberbe delantero sufrió la primera expulsión de su carrera. La superioridad numérica invitaba al Espanyol a, por fin, salir de la cueva ya que sus opciones matemáticas pasaban sólo por una victoria. No lo entendió así Pol Lozano, que imitó la temeridad del guineano y volvió a igualar el partido. La doble expulsión perjudicó al autobús espanyolista que pareció perder una rueda: aparecieron los espacios y apenas tres minutos después una buena combinación del tridente de ataque era culminada por un Luis Suárez, torpón y fallón toda la noche, pero que acertó a marcar en el único balón que tocó con buen criterio.

Apostaron los locales y su entrenador por conservar el resultado. Con unos cambios que habría firmado el mismísimo Maguregui, el mini-Tamudazo rondó el Camp Nou hasta los últimos minutos, revisión del VAR incluida y cabezazo en el último minuto de Bernardo. A los pericos el empate no les hubiera salvado pero sus aficionados hubieran endulzado el descenso confirmando por anticipado que los azulgrana no van a ganar la Liga. Porque este Barça de Setién no es lo que parecía. Es lo que está demostrando ser.

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