Para Eduardo Santillán, con mucho cariño.

Al doctor Hugo López Gatell (en la imagen) le toca una chamba tristísima, aunque seguramente él ya está acostumbrado: el anuncio de aquellas personas que han muerto en las últimas 24 horas. Como si fuese un parte de guerra —o más bien un parte de Seguridad durante el gobierno de Calderón—, dar el parte médico es sucumbir a la despersonalización que se produce al presentar los números. Es claramente una táctica práctica de defensa, sustituir un conjunto de nombres por un número. Pero al observarlo cada día, en lo que ya llaman la telenovela de las siete, no dejo de preguntarme qué pensará el buen doctor al observar esos números, esos casi cuarenta mil muertos por Covid19. ¿Será consciente de que detrás de ello hay una persona, una familia, una historia que ya no será más? ¿Aquello, finalmente, que era y ya no será? Imagino que sí porque, como decía mi abuela —que conoció a su padre— tiene una cara más buena que el pan.

También me pregunto si, al darse cuenta de que cada número corresponde a una persona, el Dr. López Gatell pensará en el otro lado de la moneda: en el duelo que se instalará en las familias de los fallecidos. Cada persona, cada familia, experimenta el duelo de una forma diferente. Generalmente, en olas o ciclos. Esto significa que en el país habrá períodos de sentimientos dolorosos e intensos. Las personas pueden sentir que están progresando en el duelo cuando sienten menos dolor de forma temporal. Pero después de un tiempo pueden volver a atravesar el duelo. Tales cambios pueden ocurrir en fechas importantes, como fiestas o cumpleaños. A lo largo del tiempo, algunas personas experimentan estos ciclos de duelo con menor frecuencia mientras se adaptan a la pérdida.

Algo de eso habló Emmanuel Carrère  en su libro De vidas ajenas. ¿Qué aprende uno al mirar el dolor de los demás? ¿Existe la empatía? ¿Qué lecciones, en forma de desarrollo humano, nos enseña esto?

Esta la tragedia de la Familia Fusco, en los Estados Unidos, que han perdido a cinco miembros: la matriarca de la familia, de 73 años, su hermana y tres de sus 11 hijos. No hay palabras que puedan expresar esta hecatombe. Siguiendo con esa lógica de saber si López Gatell piensa en las personas detrás de las cifras, con la historia de esta familia (cinco números en el total de los más de 100.000 en los Estados Unidos) no dejo de preguntarme si hablarán algunas veces del dolor. ¿De aquellos días terribles en que los dos creyeron que el otro había muerto y que la vida se había detenido? ¿Los que hemos sobrevivido, todavía, formamos parte de su relato como ellos forman parte del nuestro? ¿Qué recordarán de sus muertos? ¿Sus nombres? ¿Sus caras?

Según lo que declararon al New York Times sí, lo hacen, no evitan hablar sobre la devastadora pérdida colectiva de su familia. Pero lo más increíble de todo es que se han fijado un nuevo objetivo: encontrar un remedio para la enfermedad que mató a su madre, a tres hermanos, a una tía e infectó a otros 19 miembros de la familia. Los que han sobrevivido han hablado con la Universidad John Hopkins para llevar a cabo una investigación que evalúe el ADN de los miembros sobrevivientes y fallecidos, en busca de pistas genéticas que logran aportar pistas para matar al virus. Es decir, salieron del hospital para meterse en un laboratorio. Los doctores pedían paciencia, pero respondieron secamente: “No. Dile que se calme a alguien que no ha perdido a una madre, una hermana y dos hermanos en menos de siete días. Díganme cómo van a salvar a mi hermano y a mi hermana”. Cualquiera lo diría: no es la forma en la que se supone -que el duelo- debe pasar. Pero claro, no podemos decir que no tienen valentía. El duelo, entonces, también provoca rabia y grandes deseos de venganza. “Que el maldito virus se muera, que sepa bien claro y fuerte que han sido mis genes quienes lo han vencido”.

También hay mucha tela en el caso de Lorenzo Sanz, expresidente del Real Madrid, muerto como un perro solitario después de ganar dos copas de Europa al frente del club más rico del mundo. Impresiona su caso: decidió que no iría al hospital porque estorbaría, porque había gente más joven que él, que, suponía, lo necesitaba más. Toda muerte, decía el Bardo inglés, es un drama, pero la escena de Lorenzo alcanza cotas trágicas, como muchas en esta pandemia. ¿Qué significa el hecho de morir solo, sin un rostro conocido, una última sonrisa, un último abrazo, o un último beso? ¿Qué clase de crueldad  es esa, irse sin despedirse? ¿Qué tipo de dolor es este? Tú, que has sobrevivido, ¿cómo te recuperas de no poder despedirte de un ser querido? Su hijo Fernando lo describió perfectamente: «Murió solo, no pudimos despedirnos cuando estaba en su partido más difícil, ni velarlo… ni nada … Le escribíamos mensajes de Whatsapp y algunos respondía y otros no. Uno de los mensajes que le contestó a mi madre es que estaba mejor, pero en otro me dijo a mí que estaba muy mal. El último mensaje se lo mandó a mi madre y fue: ‘Os quiero mucho’. Mi padre de verdad no se merecía morir tan solo».

El dolor de la muerte se agudiza más cuando ni siquiera es posible organizar un entierro. De nueva cuenta, Fernando lo narra secamente: «Hay que esperarse, que lo incineran no sé dónde y te lo mandan a casa, como si fuese un paquete… así, tal cual … yo me pongo en la piel de las miles de familias que han perdido a sus seres queridos… y que esté siendo de esta forma tan cruel, dramática, desagradable e inhumana… se me abren las carnes”. Esto destroza por dentro… el luto debe ser eso, preguntarse  dónde quedan los abrazos y los besos que no dimos.

Estos dos casos tienen mucho que ver con el de Eduardo Santillán, diputado local de la Ciudad de México, que en menos de ocho días vio irse a su hermano, a su padre y a su madre. Es una historia menos dramática que la de los Fucso, pero es más impresionante por lo cercana que es. Implica también una reflexión más profunda que la del caso de Lorenzo Sanz. ¿Qué habrá pasado la primera noche? La noche que sigue al día en que su hermano ha muerto. Esa mañana estaba vivo, se había despertado, había hablado con él, se reían juntos … la familia estaba al completo, era lo más hermoso y lo más cálido que existe en el mundo, y ahora ya no está más. He escuchado decir que, muchas veces, la muerte es como un desgarro en el pecho, a traición. A los tres días, el diputado experimentaría la perdida del padre. ¿Qué pensaría? ¿Que a su padre, quien lo  mimó y lo arropó cuando era niño, ya no lo podría mimar ni arropar nunca más? ¿Que ya nunca más se sentaría en la cama para leerle un cuento antes de dormir? ¿Que nunca volvería a ver con él un partido de fútbol, a disfrutar de una barbacoa estilo Michoacán? Hasta el final de su vida le partirán el corazón los partidos en Ciudad Universitaria, los restaurantes de carnitas, aquellas paseos en bicicleta. Más allá, ¿con quién comparte ese dolor? ¿Quién puede entender ahora lo que ese señor, al que ya no podrá ver, significaba? Ya no hay hermano para ayudarle a recordar ni tampoco para poder llorar. La pérdida de la madre vino al día siguiente. ¿Cómo te despides después de ese torbellino emocional? ¿Cómo lo afrontas? ¿Qué ves? Al sentir el contacto, yacía inmóvil, con la cabeza hacia atrás, se volvió ligeramente hacia el techo. Los pulmones ya casi no le funcionaban y el acto de respirar, que se había vuelto horriblemente difícil, absorbía toda la energía que le quedaba. Ya no tenía pelo y su cara estaba demacrada y cerosa. Octavio Paz escribió: … “Mi madre, niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí, abnegada, feroz, obtusa, providente, jilguera, perra, hormiga, jabalina, carta de amor con faltas de lenguaje, mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día”. No hay mucho más que decir. Es una pena por triplicado. Darse cuenta de que uno ahora es lo que Paul McCartney canta en Eleanor Rigby: gente solitaria.

Yo había visto muchos muertos de golpe, en el temblor del 85 y luego en el del 17, pero nunca había visto lo agobiante e hiriente de una pandemia. Ahora lo veo claramente. La lucha contra el COVID19 está llena de historias que marcarán el duelo de una generación y, en muchos sentidos, del planeta. No hay forma de resumirlos a todos, pero de todas las historias que hay detrás de los números que día con día nos presentan, hay algo nuevo, una especie de observatorio sobre estos tiempos: el retrato de la fragilidad de la vida y la crueldad de la muerte. No podemos, en parte porque no se sabe el número real, retratarlas todas. Tampoco, creo, habría quien lo pudiese soportar. Lo que sí es verdad es que todos esos números reflejan una historia, como ha dicho Robert McLiam. Y no deberían ser relatos breves. Sí, no deberían ser relatos breves. Cada una debería de haber sido una novela, una novela profunda, preciosa, de cuatrocientas páginas o más. Y nosotros, que estamos lejos y de momento seguimos aquí, que somos de alguna manera felices por estar sanos, y bien conscientes de lo frágil que es aquello que nos quedará, quisiéramos curar lo poquísimo que se puede curar. Pero no se puede y no nos queda más que acompañar, en silencio, mientras la lluvia amenaza con estallar.


[1]      Las cursivas de este texto están basadas en la célebre novela de Emmanuel Carrère, De Vidas Ajenas.

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