Al despertar, desaparece cualquier rastro de mis sueños, pero de esa noche recuerdo dos:

El primero es muy corto. Estoy en el andén de una estación de metro, completamente a oscuras. No sé cómo he llegado ahí. Escucho los ladridos de un perro que corre hacia mí. Me busca. Sé que cuenta con la ventaja de su olfato, que le va indicando los pasillos que debe tomar sin error. Cuando va a bajar las últimas escaleras que nos separan deja de ladrar y me llegan sus rápidos pasos, como si teclearan en una máquina de escribir todo lo que va a suceder a continuación. Ahí me despierto.

Me marcho al salón y me tumbo en el sofá, de espaldas a la luz roja del router. Apenas me duermo, me veo en el local en el que el jueves pasé la revisión para la renovación del carné de conducir. Me recibe una mujer alta con bata blanca. Debajo de la educación con la que me trata percibo un reproche. Sabe que no conozco el motivo y eso le da cierto poder sobre mí.

Pasamos a una sala al fondo. Me dice que ya ha rellenado por mí unos cuantos impresos. En ese momento sé que estoy ahí para renovar el abono del Madrid. A partir de cierta edad hay que pasar unas pruebas para seguir accediendo al estadio. La ITV del madridismo, que cada año se vuelve más exigente.

Me pide que me siente en una silla y que mire al fondo, donde, como si estuviéramos en el oculista, hay una pantalla con números. Reconozco al instante la tipografía de las camisetas del Madrid.

—Elija un número.

Hay muchos sietes repetidos. Sé que ese siete, aunque ya no esté en el equipo, hace referencia a Ronaldo. No sé si tiene sentido o no, pero para superar la prueba de este año tengo que elegir ese número. Pero lo sorprendente de los sueños es que nos comportamos en ellos igual que en la vida real. Lo menos onírico somos nosotros mismos. Así que me decido por el nueve.

—¿Karim?

La mujer parece decepcionada. Veo ahora que encima del bolsillo de la chaqueta lleva bordado, en blanco, el escudo del Madrid. Hace años habría elegido a Ronaldo sin dudarlo, pero con el paso del tiempo uno se aficiona a un jugador por unos defectos en los que te reconoces, no por sus virtudes. Quieres ver cómo se enfrenta a ellos.

 —¿Seguro que Karim?

Asiento. Me gusta Benzema porque es el hijo que jamás cumplirá las expectativas del padre y ese es un tema con el que es difícil no sentirse identificado. Sin este argumento, la literatura sería una mesa coja. Los aficionados del futuro analizarán su carrera y dirán “Ah, sí, Benzema, pero…”. Y ese pero, triste como el punto en el que se detienen las vías del ferrocarril en el campo, es el que me atrae. A veces esa presión no llega solo del padre, sino de tu propia mirada en una fotografía en la que tenías doce años y te veías capaz de todo. 

—Voy a tener que quedarme con su abono.

Quizás esa mujer vea este gesto como un castigo, pero a mí me parece una expiación. En cierto modo, como el ladrón que quiere ser descubierto para dejar de huir, este instante me relaja. Sabía que, antes o después, tendría que responder por mi falta de compromiso con todo el equipo: aunque ganemos, si no marca Benzema, el resultado no me sabe a victoria. Y la derrota duele menos si ha conseguido meter un gol.

Esta forma de vincularme con el equipo me convierte en un aficionado atípico, al que culpar merecidamente de esos largos silencios que convierten el Bernabéu en un campo difícil para sus propios seguidores: a veces, camino del estadio, lo único que te anuncia que hay un partido en juego son las luces encendidas del exterior.

—¿Y cómo puedo recuperarlo?

—Puede pasar un tiempo en la grada joven.

  Y, ante mi mirada de sorpresa:

—Como quiera. El abono sigue siendo suyo, pero se lo gestionamos nosotros. Queremos que en el nuevo estadio haya más ambiente. La reforma no es solo externa, sino interna.

El sueño termina ahí. Quizás mi afición al relato corto haya influido en que mis sueños sean historias de un par de páginas. Abro los ojos y me paso el resto de la noche desvelado. Al principio estoy molesto conmigo mismo por no haber plantado cara a esa mujer para recuperar el abono. Me reprocho mi condición de manso. Pero después se me ocurre que quizás lo que me esté contando es mi deseo de deshacerme del abono. Es más fácil que te lo retiren a que lo entregues voluntariamente.

Así que acepto el sueño, pero me hubiera gustado que, en vez de esa mujer, supongo que vagamente inspirada en Jennifer Melfi, la psiquiatra que atendía a Tony Soprano, me hubiera recibido el Dr. Paul Weston, que interpretaba Gabriel Byrne en En terapia. Con ese personaje habría sido más fácil empatizar y elogiar los errores. ¿Quién no va a reconocerse en esa tendencia de Marcelo a divertirse en el ataque y olvidar la ingrata tarea de defender? ¿O en las carreras sin objetivo definido de Vinicius por el mero placer de dejar atrás metros, rivales, opciones de pase y oportunidades de gol? ¿O en los arabescos de un Isco con los que parece ensayar su firma en un pergamino con una pluma de ganso?

Tal vez Paul Weston me habría entregado el abono sin pensarlo.

—Cada estadio tiene su estilo. Si quieren animación, que se vayan a Inglaterra.

Después Gabriel Byrne podría convertirse en Quirke y pasar el resto de la sesión hablando de Benjamin Black y de sus libros. Seguro que él sabría qué hacer cuando, en una estación de metro a oscuras, un perro grande y negro está bajando rápidamente las escaleras para alcanzarte.

—Claro que lo sé.

 —¿Sí?

 —Tu autopsia, hombre, que por algo soy forense.

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