Imaginen la película: el Barcelona sale completamente enchufado y en el minuto 15 ya gana por 3-0 a Osasuna, la víctima fácil que llega sin jugarse nada al Camp Nou. En ese momento y con el empate del Villarreal en Valdebebas aún hay Liga. Los blancos sienten levemente la presión… y se van con 0-0 al descanso. Cambien de canal y vean el mundo real donde  pocos, por no decir ningún culé confía en la machada. El primero en tirar la toalla es el propio Setién. Al Pasiego se le recordará como uno de los mayores vendehúmos que ha pasado por el club. De sus soñadas proclamas cruyffistas a su real juego magureguista. De su teórica querencia por la cantera a sus prácticos onces titulares geriátricos. Y de asegurar ayer que “aún quedaba Liga” a presentar un equipo prácticamente suplente: hasta seis cambios en el partido que debía ser el último aliento en la Liga. Y eso, después de apenas haber rotado en diez jornadas y despreciar los cinco cambios  de manera sistemática.

Que los jugadores tampoco creen se comprueba en la “intensidad” con la que saltan al campo.  No es solo que en la primera parte se contabilicen más llegadas rojillas, incluido el gol de Arnaiz. O que Estupiñán ridiculice una y otra vez a Semedo y a Piqué, a quien no le hubiera venido mal su mega bicicleta. Es que en ese mismo tiempo los locales solo tiran a puerta en una falta de Messi al larguero. Y ni siquiera son capaces de cometer una triste falta. Un empujón. Una protesta. Una carga tardía. Nada a lo que agarrarse, ni a una camiseta del rival para mostrar algo de ambición.

Al descanso, el encefalograma del equipo y, por qué no decirlo, del club es completamente plano. En ese momento, el Ministerio de Sanidad actualiza datos y hay un nuevo ingresado en la UCI: es el Barça. No se recuerda una impotencia y apatía así desde la última temporada del tardofrankismo, la de la despedida de Rikjaard. 

Parece imposible que las cosas vayan a peor en la segunda parte. Pues van. Apenas el pundonor de Messi parece poder rescatar al equipo del naufragio absoluto con un nuevo gol de falta. El mayor dominio sigue siendo estéril, por supuesto. Apenas hace cosquillas a un equipo que hace un año estaba en Segunda. La expulsión de Enric Gallego parece allanar el último intento de no regalarle, aún mas, la Liga a los blancos. De algo con lo que poder sustentar la tesis de un VAR merengón. ¿Y si llega un gol más de Messi? ¿Y acaso un Cazorlazo en Valdebebas…? Siguen soñando algunos. Pero no. Despierten del sueño y afronten la pesadilla. Este Titanic azulgrana está ya tan partido como la última jugada del partido ilustra nítidamente. De la (nueva) pérdida de balón de alguien que se parece físicamente a un ex jugador que se llamaba Sergio Busquets (los más veteranos sin duda lo recordarán), surge un contraataque donde quien parecía jugar con uno más es un Osasuna que llega al área de Ter Stegen con superioridad numérica.

Si hace ocho años un gol de Torres (Fernando) ponía fin a la etapa más gloriosa de la centenaria historia del Fútbol Club Barcelona, hoy otro Torres (Roberto) ha puesto el último clavo del ataúd futbolístico de toda una generación. Será la primera temporada en doce años sin títulos (hasta el Tata ganó la Supercopa) después de perder hasta nueve puntos en solo 10 jornadas. Y eso no hay VAR que lo aguante.

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