El nombre de David Silva ha dado mucho juego en los titulares de la prensa deportiva inglesa, por cuanto silva es la pronunciación, en algunas regiones de Inglaterra, de la palabra silver, plata en castellano. A la prensa le gusta jugar con las palabras en sus titulares y es fácil caer en la tentación de pasar de la plata al oro. Más aun cuando Silva ha dado continuos motivos.

Dentro de 15 o 20 años algún joven aficionado del Manchester City le preguntará a su padre quién era este Silva del que le habla tanto. El joven habrá buscado en la evolución que entonces tengan YouTube y Twitter y el resto de las redes sociales y dirá: “No pudo ser tan bueno. En diez años sólo fue elegido una vez el mejor jugador del mes, nunca gano el Balón de Oro y en todo ese tiempo sólo metió 60 goles en la Premier League”. “Era un jugador especial, no le caía mal a nadie”, podría relatar el padre, “ni siquiera a los rivales». «Mira cómo sería de especial que, habiendo nacido en las Islas Canarias con todo su sol, ha sido feliz en Manchester diez años con toda su lluvia. En este tiempo habrá visto las mismas horas de sol que en un verano en su casa”.

Una de las claves del éxito de Silva ha sido, sin duda, su adaptación al club, beneficiado por una fuerte presencia de hispanohablantes, desde la directiva hasta el cuerpo técnico. Tanta presencia hay que Silva apenas hace declaraciones en inglés, salvo en el momento de su adiós. Un adiós que tendrá que repetir cuando el publico vuelva al estadio. Silva se va de Manchester sin ser el jugador con más presencias en el equipo, ni de lejos, como el más goleador. Pero se va con una etiqueta que nadie le discute, ni Agüero, ni Yaya Touré, ni Kompany: David Silva ha sido el mejor jugador de la historia del club en boca de sus aficionados.

Bien es cierto que la historia del City se reescribe con la llegada del dinero de Abu Dhabi y sin ese dineral Silva habría seguido en España, o fichado por Liverpool, Arsenal, Chelsea o incluso por la mitad roja de Manchester; eso no lo sabremos. La realidad es que fueron los aficionados del City los que tuvieron la suerte de disfrutarle en cada partido y el buen gusto de recibirle con los brazos abiertos y tratarle como un ídolo.

La importancia de Silva transciende su club y su nombre se cita sin rubor y sin dudar entre las grandes importaciones de la Premier: Henry, Cantona, Drogba, Cristiano, Agüero, Bergkamp o Vieira. Junto a ellos, por supuesto, Silva. Sin los goles de Henry, la competitividad de Ronaldo o el liderazgo de Vieira, Silva tiene su sitio entre los grandes por su juego, nada más simple y nada más difícil. Su movimiento inteligente, su visión en el último y también en el penúltimo pase y su técnica exquisita le convierten en lo más parecido a un mago que, si no hace desaparecer el balón del campo, sí es capaz de ocultárselo a las defensas durante las décimas de segundo suficientes para dejar a un compañero en una posición de ventaja.

Él no buscaba los titulares ni el aplauso personal, y por eso lo recibe de todas las aficiones. A él le bastaba con dar un pase a Sterling para que este se la dejase a Agüero para que la empujase y las estadísticas dijesen que el inglés dio una asistencia y el argentino un gol. Las estadísticas de Silva se deberían medir en expresiones de aprecio.

Porque futbol no se explica, se ve. Sin él, la Liga inglesa será algo menos.

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