Cada vez se ven menos sombreros de copa. Pocos complementos han definido mejor la clase (social) y la categoría de la cuenta corriente de quiénes lo llevaban. Pero en el fútbol que nos iguala a todos por los pies, esa pieza distintiva se ha usado para reflejar la calidad exquisita de unos cuantos privilegiados. Aquellos que jugaban con botines enguantados, tratando a la pelota como si de un objeto de lujo se tratara. Siempre jugó con sombrero de copa Santi Cazorla, al que ni las cicatrices ni las mudanzas le menguaron su talento. Solo que con él, los que nos quitábamos el sombrero siempre éramos el resto. Ayer lo hicimos por última vez.

Ahora esas dosis de magia nos llegarán en pequeñas píldoras procedentes del lejano oriente. Dicen que se va Catar, retiro dorado con el que llenar la hucha de las próximas generaciones. Dicen que le ha convencido su buen amigo Xavi para exprimir sus últimas gotas de talento en el Al-Sadd. Dicen que los cataríes están obsesionados con aplicar el estilo de la Selección campeona de todo de cara al próximo Mundial. No van desencaminados en cualquier caso si juntan a Xavi y Cazorla, ilustres integrantes de aquella selección donde más de uno jugaba con sombrero. A sus 35 años, Santi ha vuelto a ser el timonel de un Villarreal que vuelve a Europa tras acabar quinto en Liga. Los 11 goles y 10 asistencias del asturiano demuestran también que sus trucos no se agotan y quizá por ello su marcha nos sepa prematura.

Cazorla se marcha en paz consigo mismo después de sentirse responsable (35 partidos/ 4 goles y 10 asistencias) de la decepcionante temporada que el Submarino Amarillo hizo el año pasado. Los groguets regresaban a Europa con él como estandarte y de la ilusión por recuperar aquellas noches de sueños europeos se pasó a un peligroso flirteo con el descenso. Pese a la convulsa temporada que se vivió en el Estadio de la Cerámica, con idas y vueltas de entrenadores, las pesadillas no se repitieron. Una vez superado el susto Cazorla se prometió que el epílogo vestido de amarillo sería feliz. No han faltado sobresaltos tampoco esta temporada, aunque el rendimiento deportivo del Villarreal ha sido mucho más regular. El parón por la pandemia pilló a los amarillos en tierra de nadie, octavos a cuatro puntos del séptimo puesto. Pero un esprint final en el que han ganado siete de los once encuentros que faltaban por disputarse les han catapultado al quinto puesto. Cazorla que se marcha del club junto con otra leyenda amarilla, Bruno Soriano, ha cumplido su palabra: dejar al Villarreal donde lo cogió, en Europa.

Ya no quedan piedras en la mochila, porque las deudas contraídas con el club y la ciudad han atormentado durante algún tiempo la sonrisa pícara del asturiano. No obstante allí volvió a sonreír y a sentirse futbolista después de un calvario de lesiones y operaciones que le tuvieron dos años en el dique seco y más cerca de la retirada que del césped. “El médico me dijo que si volvía a caminar por el jardín con mi hijo, me diera por satisfecho”, confesó en el diario Marca cuando le descubrieron recuperándose en Salamanca. Villarreal fue más tarde el asidero en el que siete años después de su marcha volvió a cautivar al mundo del fútbol con su calidad. De paso nos dio una lección a todos, convirtiéndose también en un ejemplo de pundonor, sacrificio y resiliencia. Características que no siempre relacionamos con los futbolistas que juegan con frac.

Cazorla también saboreó lo que era volver a marcar con España. Lo hizo frente a Malta en el Ramón de Carranza el pasado mes de noviembre. CORDONPRESS.

Pese a todo él nunca se sintió “un ejemplo a seguir” por más que su gran rendimiento le abriera de nuevo las puertas de la Selección Española. Fue hace poco más de un año, cuatro habían pasado desde su última vez, cuando el asturiano volvía a enfundarse la camiseta roja del combinado nacional. Fue en una victoria fácil frente a las Islas Feroe (1-4) en la que Santi jugó los 90 minutos, para confirmar que su resurrección en la élite era completa. Desde entonces se convirtió en un habitual de las convocatorias de la Selección y quizá solo esta realidad distópica que nos ha tocado vivir en 2020 le ha privado a Santi de poner el colofón a su renacimiento con un Eurocopa que ya le pillará muy lejos el año que viene.

Su despedida del fútbol español es otra palada de tierra más al recuerdo de la mejor generación de centrocampistas que ha tenido este país. Esos de corte bajo pero de miras altas, capaces de mecer a sus equipos a su antojo con la pelota en los pies. Esa estirpe que atravesó nuestro fútbol desde Xavi a Iniesta, pasando por Silva, Cesc o el propio Cazorla. Su legado puede observarse hoy en jugadores como Isco, Koke o Ceballos herederos de un fútbol donde la cabeza siempre corre más que las piernas. Santi ayudó también a cambiar nuestra mirada, para ver el fútbol con otros ojos, pero también los problemas que florecen alrededor de él.

En El arte de ser feliz Arthur Schopenhauer explica que “La vida es deseo siempre insatisfecho; la vida oscila como un péndulo entre el aburrimiento y el dolor, transitando de un lado a otro a través de breves momentos de alegría pasajera”. En estos últimos siempre aparecía Santi Cazorla. Así son los magos.

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