Todos recordamos dónde estábamos y con quién vimos la final del Mundial 2010. Yo, por aquel entonces, había dejado de ser becario para convertirme unos días antes en redactor de La Sexta. Durante el Mundial, los días que jugaba España, apenas había un pequeño bloque de deportes de dos minutos, pera lo que sólo se quedaba una persona de guardia, aparte del presentador y los compañeros con los que se conectaba desde la Plaza de Colón. El resto, tarde libre. Digamos que no era un programa de mucho estrés para el editor.

El día de la final del Mundial el editor de turno nos comunicó que por la tarde quería a todo el mundo allí, y que ya veríamos si nos dejaba irnos antes para ver la final donde quisiera cada uno. A las 6 de la tarde empezó una especie de Operación Triunfo: de repente decía un nombre y a continuación podías cruzar la pasarela para ver la final con los tuyos.

Yo llegué hasta la ronda final, cuando quince minutos antes del pitido inicial dijo que quien quisiera podía marcharse. En ese momento ya era imposible ir al pueblo con mis amigos, como en la Eurocopa 2008. Mis opciones se reducían a dos: permanecer en la redacción y verlo en una tele pequeña con algunos compañeros a los que no les daba tiempo de ir donde querían o salir pitando a casa de la que entonces era mi novia para verlo con su familia. El entonces de la frase anterior ya desvela que elegí mal.

Mis recuerdos de uno de los días futbolísticos más especiales están ligados a cuatro personas que desaparecieron de mi vida dos años después. El amor ganó aquel día, pero también se vino abajo, como la Selección tras el verano de 2012.

Al menos, tuve un momento de lucidez y recurrí al parentesco sanguíneo: mi abuelo siempre será mi abuelo. Lo llamé y lloré de emoción al recordar los muchos partidos que vimos juntos cuando era pequeño y pensábamos que España nunca levantaría la Copa del Mundo. «Yayo, que somos campeones», es mi titular de portada, cuyo fondo aparece difuminado.

El Mundial del 2010 me enseñó que no hay que mezclar fútbol y amor hasta que una relación no está consolidada con, al menos, una hipoteca o un hijo de por medio. Por si acaso.

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