Tengo que reconocerlo: yo iba con Iván. Me gustaba su discurso de superación personal, su rebeldía inicial ante los jueces y su fuerte carácter, siempre compatible con una buena dosis de compañerismo y de liderazgo en las pruebas de exteriores. Enfrente, además, estaba Andy, ese arrogante abogado que se quería a sí mismo por encima de cualquier otra cosa. Incluso, de sus exquisitos platos.

Para mí, el letrado que quería colgar la toga para montar un restaurante “de élite”, al que acudiera Tamara Falcó y más gente de la jet-set, era el gran favorito en la prueba final. Durante el concurso, además de discursos sobre lo bueno que era, dejó grandes platos de cocina. Por todo eso, mi apoyo era para Iván: su victoria sería una sorpresa y, encima, callaría la boca de un ególatra y un sobrao. Algo que a mí siempre me ha gustado que pase.

Mi error, como creo que le pasó a mucha gente, fue no reparar en Ana. La madrileña, siempre con una sonrisa y sin la necesidad de dar explicaciones a la cámara sobre sus méritos culinarios, se había ganado un puesto en la final ya en el programa anterior. Muchos pensamos que era la convidada de piedra en el gran duelo que tanto MasterChef, como Iván y Andy, llevaban construyendo desde que comenzó el concurso. Pero nos equivocamos.

Los dos grandes rivales adoptaron desde el principio el papel de enemigos irreconciliables y ambos se aprovecharon de esa disputa para alimentarse mutuamente. No solo en los fogones, donde ambos mejoraron programa a programa, sino también desde el punto de vista del espectáculo televisivo: convenía que los dos fueran superando etapas. Y eso es lo que pasó a lo largo del concurso.

Su relación, en ocasiones, me recordó a la que mantienen Messi y Cristiano en el fútbol. Andy parece tener un talento innato para la cocina, mientras que Iván, a través de un gran gen competitivo, ha logrado igualar o incluso superar, en muchas ocasiones, al abogado. A ambos, sin embargo, se les quedó en la final la misma cara que a los astros argentino y portugués en enero del año pasado, cuando les informaron que el Balón de Oro de 2018 era para Luka Modric.

La ganadora de MasterChef, Ana, también tiene algún paralelismo con el croata. Su talento es indiscutible, pero como no le gusta presumir, ni reivindicar un esfuerzo que en el fondo todos han tenido que adquirir, su triunfo no estaba en las quinielas. Los jueces, sin embargo, supieron valorar su arte silencioso.

De la final me quedo, sobre todo, con las palabras que el chef Pepe Rodríguez dedicó a la futura ganadora al presentar su último plato: “Hay muchas maneras de llegar al éxito. Puede ser con fuerza y con garra, como Iván. Puede ser como Andy, teniendo mucha confianza en él. Y también se puede llegar al éxito de una forma más pausada, más sencilla, más humilde”. La que representó Ana.

Poco más que añadir. Solo dos cosas. En primer lugar, pedir perdón a la ganadora, por no apreciar, distraído por el duelo de gallos protagonizado por Andy e Iván, todo su talento. Y, sobre todo, darle las gracias: que por una vez gane el que menos ruido hace, el que apuesta por darlo todo sin querer llamar la atención y sin darse importancia es una gran alegría. Y también, por qué no decirlo, un motivo de esperanza para los que afrontamos de esa forma nuestro día a día.

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