Hace aproximadamente ocho mascarillas desechables, escribí unas líneas sobre mi vida laboral y dejé en barbecho contarles mis peripecias londinenses para mejor ocasión. Voy a hacerlo ya, que uno va teniendo una edad y al final se me olvida.

Acabada la etapa universitaria y el ridículo periodo del servicio militar, el panorama laboral de lo que las madres llamaban trabajos serios era desolador. Mi generación es la del baby-boom y la oferta de universitarios panolis enviando currículos a las empresas era inasumible para la demanda. Hubo un basket-boom también: en las oficinas se compraron papeleras de más para poder tirar la ingente cantidad de papeles llenos de ilusiones y mentiras que recibían. La trituradora de papel es un invento reciente, como la implementación, los abdominales o el empoderamiento.

En este escenario y con el nivel de inglés medio que creía que tenía yo, se me ocurrió la idea de pasar una temporada fuera mejorando el idioma y viviendo nuevas experiencias.

Para lo primero, el destino más conveniente era sin duda Dublín, aunque para lo segundo tampoco había debate posible y en mi cabeza sonaba retadora London Calling de los Clash a todas horas. Tras veinte o treinta segundos ya había tomado la decisión. Ya iría a Irlanda.

No sé dónde he leído a alguien esta gran frase: «Tengo muchísma autoestima, porque nadie más puede tenerla».

Pues con autoestima y confianza por un lado y con casi más inconsciencia y precariedad monetaria por otro, emprendí la aventura un frío noviembre con mi maleta cargada de sueños.

Si me hubiesen preguntado al año siguiente por la misma temperatura, la hubiera definido como “clima canario” y habría hecho un trueque gustoso de un puñado de esos sueños por ruedas en mi Samsonite de primera generación o un par de salchichones ibéricos.

Para asegurarme cama al llegar había reservado un hostal-albergue desde España. Ni qué decir tiene que el taxista me llevó a otro sitio y que cuando arribamos a la dirección correcta le tuve que soltar una semana de manutención.

Mi habitación era barata para ser Londres, igual porque éramos dieciséis personas si incluimos a los franceses. Era un laberinto de literas llenas de ropa tirada, moqueta sucia, música atronadora y un volumen de gritos que ya lo quisiera para sí el Bernabéu. Mientras buscaba mi cama me choque con una chica en bragas que estaba cambiándose tranquilamente en medio del aquelarre. Inglés 0 Experiencias 1.

Tras una semana por allí mejoré bastante mi nivel de privacidad y pasé a compartir habitación “sólo” con cuatro australianos que estaban practicando como yo: working holidays. A juzgar por su aspecto y cómo volvían de pintura casi seguro que no eran brokers en la City.

Tuvo que ser el tercer lugar en el que estuve, al mes de llegar, en el que pude disfrutar de habitación propia. Era para verla, eso sí, de accommodation tenía poco.

Para empezar, era como un green de Augusta: tenía diferentes caídas que con el tiempo supe leer para salvar mis rodillas de la más que segura gangrena. Cerrabas un cajón y nada más darte la vuelta estaba abierto otra vez. Los cristales eran de papel y mi ventana daba directamente a una calle de cuatro carriles.

La calefacción estaba estropeada cuando llegué y, hasta que me pude entender con la compañía, la solución fue la chimenea que tenía al lado de la cama. El ritual de vestirme cada mañana era para subirlo a Youtube, de haber existido. Cada hoja de periódico que quemaba duraba lo mismo que quitarse y ponerse una prenda (de ahí viene el nombre). Si calculabas mal y se apagaba antes de acabar, te cristalizabas como los caminantes blancos de Juego de Tronos.

Ese frío húmedo no se puede explicar con palabras. Un ejemplo para intentarlo al menos: con mi primera paga quincenal tuve que decidir si comprarme comida o abrigo. Pues estuve dos semanas comiendo espaguetis cocidos. Sin tomate, sin sal, sin aceite, sin nada. Y casi sin llorar. No lo hagáis.

El anorak que me salvó la vida lo adquirí en un mercadillo de mi barrio, Whitechapel, el mismo de Jack El Destripador. Era tan malo que iba soltando plumas todo el rato, hasta el punto que me llamaban Spanish chicken en el hotel donde trabajaba.

Esa Navidad vino a visitarme mi amigo Pepe. Mi cara en el momento de abrir la maleta y ver que estaba llena de ibéricos, quesos y DYC fue la felicidad absoluta. Se me caían los lagrimones y automáticamente pasó de amigo a hermano.

Su cara, al ver dónde vivía, tampoco se me ha olvidado. Me dio la vida que apareciera por allí unos días cuando peor lo estaba pasando.

Los ingleses se creían superiores al resto en los entornos laborales donde nos movíamos los llegados de fuera. A los españoles, italianos, portugueses y griegos nos llamaban PIGS, y os aseguro que no es una leyenda urbana. Luego te los encuentras en España con calcetines y sandalias, tirándose a la piscina desde el balcón y pagando 100 € por una paella. Litlle angels…

La rueda del día a día, trabajando como un animal para sobrevivir, te pasaba por encima. Había que aprovechar todo lo que salía, primero en agencias laborales que te esquilmaban a impuestos y después en el hotel donde me contrataron. No sabía si la semana siguiente habría opciones, por eso establecí un récord semanal de ciento seis horas facturadas. De camarero, montando salas, cargando cajas, haciendo tostadas, sirviendo cenas, copas, etc. Todo físicamente muy exigente.

Aprendí a manejar las pinzas para servir la comida media hora antes de un banquete, en el que estaban Brian May y el Príncipe Carlos. Ese era el nivel de profesionalidad exigido. Mis primeras judías verdes acabaron en la espalda de una señora que, menos mal, llevaba un rato bueno entregada al vodka con tónica y se partió de risa. Con una sopa hirviendo no se lo habría tomado igual de bien.

También puedo decir que le puse un Jack Daniels a mi admirado Tim Roth. Y luego otro, y otro y otro… En vez de manos, este tipo tendría que poner la marca de su hígado en el Paseo de la Fama de Hollywood.

Realmente se puede decir que en aquella época pasé las de Abel (no sé porque se dice las de Caín si el estacazo se lo llevó el otro), pero en el momento no te daba tiempo a pararte a pensar.

Nos alimentábamos de las sobras de las comidas que servíamos. En el camino de vuelta hasta la cocina y en los puntos muertos de los pasillos metíamos la mano en las bandejas y tragábamos casi sin masticar. Cuando teníamos que recoger un buffet y podíamos cerrar la puerta con llave era como si nos tocara la lotería. Nos llenábamos como las boas constrictor para que nos durara la gasolina varios días, hasta la siguiente oportunidad.

En los siete primeros meses perdí dieciocho kilos y tuve que ir haciendo agujeros, hasta nueve, a mi único cinturón para que no se me cayeran los pantalones.

Llegaban a ofrecernos las habitaciones de los clientes para dormir entre los cócteles y los desayunos, porque casi no nos daba tiempo a volver a casa. Una noche tuve que compartir cama con un nigeriano de dos metros que sólo se podía dormir con la tele a todo volumen. Si la apagaba, se despertaba al instante. Un gran tipo, Kennedy. En esos tiempos salía con una española que le tenía exprimidito. Me preguntaba si todas las chicas de mi país eran tan fogosas como su Rosita.

El cambio de año me pilló en el metro. El conductor paró entre Green Park y Picadilly para gritar por los altavoces; ¡Happy New Year! El año feliz empezaba para mí cinco horas después preparando el desayuno especial.

Mi dominio del idioma mejoró mucho en los siguientes meses. Y no sólo el español, también el italiano…  Estuve entre 1997 y 1998, pues bien, en ese momento vivían en Londres dos millones de italianos y casi uno de españoles. Era prácticamente imposible practicar el inglés en mis entornos laborales. A cambio aprendí algo de danés, portugués, catalán, ruso y nepalí.

Inglés 0; Resto del mundo 1

Me imagino que los chicos y chicas que ahora se embarcan en aventuras de este tipo lo tienen un poco más fácil, gracias a internet y a los móviles. Nosotros buscábamos casa y sustento a través de las publicaciones gratuitas que se repartían en el metro. Y que luego acababan en la chimenea. Y nos comunicábamos con la familia desde las famosas cabinas rojas y a través de una promoción de Telefónica, España Directo, que permitía el cobro revertido.

Cuando ya estuve más o menos establecido y con ingresos más o menos seguros, me ofrecieron sitio en una casa donde vivían dos de mis managers del hotel y otros dos compañeros. Todos italianos.

La verdad es que seguí con el aprendizaje del idioma a paso de tortuga, pero me lo pasé como Las Grecas en una fiesta de El Cigala. Era la casa de Grande Fratello pero sin cámaras. Todos los días había alguna excusa para montar jarana. El alcohol lo sacábamos “prestado” del hotel, como pago en especie por la explotación. Era la única casa en la que se montaban fiestas con algo más que cerveza y vino y venía gente que ni conocíamos.

El hecho de que uno de los compañeros del piso se dedicara al narcotráfico, quieras que no, también ayudaba a que se creara un estado de euforia sostenido. Llevaba tres años en Inglaterra, era el único con coche, séquito de chicas constante alrededor que hasta le planchaban la ropa y ¡no hablaba una palabra de inglés! Un grande, el amigo romano Franco.

Raro era el día en que llegaba a casa y Stéfano no estaba bailando en calzoncillos encima de la mesita del salón. Otra leyenda cierta como la vida misma: comíamos todos los días pasta. TODOS. Para mí esto suponía dos novedades; lo de la pasta, pero sobre todo lo de comer todos los días.

Para acabar de redondear esta estupenda etapa nuestra casa estaba en la calle de Hommer. Insuperable.

El mejor recuerdo de aquellos meses fue mi cumpleaños. Estuvimos sacando botellas del hotel durante semanas para el evento. De las trescientas personas que debieron pasar por casa el día de la fiesta yo conocía a siete u ocho. Vino un DJ profesional contratado por el camello y al que no quise preguntar cómo cobraba.

Me cruzaba por el salón con chinos, suecos, italianas, escoceses, mi primo Diego, que tenía locas a dos amigas danesas, americanos, culés, filipinas… (las últimas).

Había fiestas temáticas en cada habitación. La mía era Arde Jamaica, la de al lado Jim Bean rocks y la del fondo era el Escobar Corner. Y en el salón, el de la música, sin pasar control antidoping y dándolo todo para lograr la extinción de nuestro contrato de alquiler.

A las seis de la mañana la policía se presentó también. A felicitarme y a decirme que había varias llamadas denunciando un terremoto en la zona, porque temblaban las paredes. Por lo visto un 8,3 en la escala Festa Berlusconi. Si no llegan a venir los bobbys todavía seguimos allí.

Algunas semanas después de aquello decidí volver a España, porque el siguiente paso natural en aquella espiral era acabar comiendo todos los días, pero en una celda.

Cuando decía a mis compañeros en los distintos trabajos que en España tenía una carrera y que iba a ser abogado, se partían de risa. Al irme les dije que en breve volvería de ejecutivo y que me alojaría y comería en los hoteles donde tanto sufrí de empleado.

No tarde ni un mes en presentarme para hacer un estudio de mercado.

Las caras que pusieron al verme con el traje las tengo grabadas. Y automáticamente, las penurias padecidas se convirtieron en lo que son ahora, anécdotas divertidas.

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