Hay películas que cuando apagas el televisor te hacen sentir como al despertar de un sueño. Todos hemos sentido alguna vez esa especie de levitación espiritual, si se puede llamar así, al terminar una buena novela o una gran película. Los primeros segundos estás como atolondrado, mirando al frente, pero mirando a la nada. Después te levantas del sofá y vas a la cama, con las imágenes aún en la cabeza. Te acuestas, deseando soñar lo que has visto. Miras a tu alrededor, ves la mesilla de noche, una pila de libros desordenados, una ventana con vistas poco atractivas… y te das cuenta de que por mucho que quieras no hay marcha atrás. Estás en el mundo real.

En estos días en que las obras de arte se miran con la lupa del ojo censor, no está de más reivindicar aquello que nos hace humanos. Las cosas que nos diferencian de los animales son infinitas. Si hablas con un científico te dirá que es nuestra capacidad de razonar, si lo haces con un politólogo te dirá que es nuestra capacidad de organizarnos como especie, un teólogo dirá que el reino de los cielos es solo para nosotros y un artista que es el arte lo que nos hace humanos. Sin duda no es la única cosa, pero el arte es algo que nos hace especiales.

Me opongo a la concepción del arte que tienen algunos pensadores socialistas como Saint Simon, que afirman que el arte debe estar al servicio del “progreso social”. ¿Qué es el progreso social? ¿Quién lo determina? No digo que el arte no pueda ayudarnos a avanzar como sociedad o a promover valores éticos. Pero no es la lectura que más comparta.

Durante mucho tiempo pensé, como dice José Luis Garci, que “el cine es una vida de repuesto”. Pero lo hice en el sentido de que el cine o la literatura son refugios, lugares donde lo bueno permanece y puedes volver una y otra vez, ajeno al absurdo que nos envuelve en el día a día. Es otra posible lectura, pero hoy pienso diferente.

En Pequeño tratado de los grandes vicios, el filósofo José Antonio Marina habla del concepto griego de la anábasis, que se refiere a la voluntad del ser humano de trascender, de ascender por encima de sí mismo, de querer ser algo más y de que el mundo también lo sea. Otra cosa que nos diferencia del resto de animales. El ser humano no se conforma con lo real, busca trascender, llegar más allá, encontrar un sentido, un Dios, un mundo de las ideas, encontrar su mejor yo, ser virtuoso… Lo terrenal se queda corto.

El filósofo francés Sartre cuenta que fue al cine y quedó emocionado con lo que allí vio, el idealismo, la belleza, la valentía, los valores… Cuando salió a la calle se dio cuenta de que los sueños cine son, como me gusta decir, y que la realidad no era ni tan ideal, ni tan bella. Un estado de cosas al que llamó facticidad.

Pero Sartre, tal y como apunta Marina en su libro, “reconocía que a veces hay experiencias que parecen romper la costra de la finitud y a través de una grieta acceder a una luz ajena. En eso consiste, a su juicio, la experiencia estética”. De hecho, Roquentin, el protagonista del libro de Sartre La Náusea, está a punto de suicidarse por el hastío de vivir hasta que escucha una canción, y eso le salva.

“La música, el arte, la poesía despiertan una nostalgia sin fundamento, un ansia a regresar a donde nunca se ha estado previamente, la vuelta al paraíso original”, dice Marina. No se puede describir de forma más bella. El cine, los libros, la música, o la pintura son nuestro vehículo para trascender, para llegar a ese paraíso que todos ansiamos dentro.

El arte es una necesidad para el humano, hasta el punto de que en las condiciones más indecorosas y salvajes busca salir a la luz. Como aquel pianista en un gulag de la Unión Soviética que tocaba en un piano sin teclas. O aquel manco que empezó a escribir el Quijote en una cárcel de mala muerte en Sevilla, y al que hoy pintarrajean y llaman facha.

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