Dicen que el fichaje de Griezmann fue una petición expresa de Valverde. Parece ser que el técnico cesado hace meses era su principal valedor, que ya lo quiso a toda costa hace dos veranos tras la marcha de Neymar al PSG. Pero entonces fue imposible sacarlo del Atlético. Recuerden aquel sorprendente documental producido por Piqué que fue el inicio de todo. Hay principios que complican las cosas. A Valverde se le vino abajo su plan sin Griezmann y esa herida dejó una profunda cicatriz en el seno del equipo y los aficionados.

La idea del Txingurri era formar algo así como un 4-3-2-1 con Suárez en punta y Griezmann y Messi en la mediapunta, cambiando alturas cerca de la frontal del área y aprovechando el dominio posicional que les podían otorgar interiores como Busquets, Arthur y De Jong.

Valverde veía en Griezmann una herramienta mucho más útil que la de un simple goleador. Veía a un jugador muy inteligente, que gracias al trabajo que el Cholo había hecho con él se había convertido en un crack al servicio del colectivo. Un futbolista que no solo llegaba al gol, sino que ayudaba en la presión, unía líneas y creaba ventajas, porque el francés es muy activo sin balón. Un jugador que se suponía era capaz de entender y aprovechar la velocidad a la que juega Messi.

Griezmann había demostrado en el Atleti ser un fútbolista de una gran capacidad de asociación y podía ser un gran aliado de Messi en la corona del área. Esa es la zona donde Leo quiere y necesita un socio, más aún tras el socavón provocado por la marcha de Iniesta. La capacidad de Griezmann para dominar el espacio reducido y el desmarque de ruptura corto lo convertían en el complemento perfecto.

El problema es que tras el Mundial de Rusia en 2018, Griezmann dejó de ser una cosa para convertirse en otra. Dejó de ser un gran jugador para convertirse en una estrella, dio ese paso que dispara o arruina carreras. Sin ningún pudor se subió al nivel de Messi y Cristiano, los dos extraterrestres que han dinamitado el fútbol de la última década y se sintió como ellos. “Ya como en la misma mesa que Messi y Cristiano” proclamó. Olvidaba (o desconocía) por completo el refranero español: “Cuando alguien canta sus propias alabanzas, siempre tiene el tono demasiado alto”.

En Barcelona, presionados por un Madrid que encadenaba año tras año una Champions, no se olvidaron del francés y volvieron a la carga la siguiente temporada. De un plumazo se olvidó la charlotada del documental y los 120 millones de euros que costaba su fichaje hasta el 30 de junio de 2019 se vendieron como una «oportunidad de mercado» inmejorable. Menos hincapié se hizo en una ficha que iba aumentando progresivamente (18, 18, 21, 23 y 25 M€ netos) en sus cinco temporadas como jugador del Barcelona. Económicamente, a una media de 21 M€ netos anuales, Antoine sí podía, al menos, reservar mesa en el restaurante de Messi y Cristiano.

A todas luches, fichar a Griezmann pareció un gran acierto. Es verdad que su incorporación oscurecía a Dembelé (105 millones+40 en variables) y cerraba la puerta de un posible regreso de Coutinho (120 millones+40 en variables). Esas cantidades habría que recuperarlas en el futuro, ingeniería financiera, ya saben. Pero lo importante en ese momento era que Messi tenía un nuevo socio con el que, ahora sí, dar un tremendo salto de calidad al fútbol de los culés.

Al inicio el acople táctico no funcionó bien. Messi comenzó la temporada con un perfil más organizador, más de cerebro, siendo más Xavi, lo que parecía podía beneficiar al francés. Sin embargo Suárez y Griezmann no se entienden sobre el campo. El sistema obligaba a uno de los dos a abrirse mucho, algo con lo que ninguno se encontraba cómodo, solapándose por dentro en muchas jugadas. Además, Griezmann, un futbolista moderno, polivalente y agresivo, al que no le gusta jugar de 9, estaba acostumbrado a bajar a la media punta para hacerse invisible. Y esos son los terrenos de Messi. Todo se agravó con la aparición de Ansu Fati, futbolista eléctrico, que daba amplitud y verticalidad al juego y mezclaba bien con todos. En pleno trabajo para ordenar piezas Valverde fue cesado.

El problema, además de futbolístico, pareció también de empatía con el grupo dominante. Los franceses Umtiti, Dembelé o Lenglet le acogieron bien, pero Suárez, no se sabe si preocupado por una posible suplencia, ya le advirtió en el Mundial de Rusia de lo que le esperaba: “Por más que diga que es medio uruguayo, es francés y no sabe lo que es el sentimiento uruguayo. Él no sabe la entrega que tenemos para triunfar en el fútbol con los pocos que somos. Tendrá sus costumbres (tomar mate) y su forma de hablar uruguayo, pero nosotros sentimos de otra manera». Es decir, no te hagas líos, yo soy uruguayo y tú no.

Así que el francés, nada más aterrizar en Barcelona, tuvo que pedir perdón por el documental y quiso templar gaitas con las vacas sagradas del vestuario: «¿Messi y Suárez dolidos por lo del año pasado? Puede ser, y lo veré cuando esté con ellos, pero creo que con asistencias podemos arreglarlo todo». La realidad fue otra. Valverde, su máximo defensor y el hombre que más peleó por su llegada a Can Barça, fue destituido. Setién se sentó en el banquillo cargado de hipotecas: tenía que recuperar el juego Made in Barça, despertar a Dembelé y De Jong, manejar un once con siete jugadores de más de 31 años. Todo ello en mitad de la carrera por los tres títulos en juego y sin molestar a Messi. Demasiados indios para tan pocas balas.

Lo que se ha visto ahora que la temporada está concluyendo es que Suárez y Messi, por las razones que sea, no mezclan con él en el campo. Todo el trabajo técnico-táctico que hizo a las ordenes del Cholo carecen de sentido en el engranaje de juego culé. Dos promesas como Ansu Fati y hasta Riqui Puig tienen más peso y agitan más el juego culé que el propio Antoine.

Griezmann, el hombre que en el Atleti pensaba que comía en la misma mesa que Messi, ha descubierto en sus carnes lo que Suárez, Neymar, Bale o Benzema descubrieron hace tiempo: si juegas al lado de Messi o Cristiano, no solo comes en la misma mesa, también del mismo plato, y solo los “sumisos” lo pueden hacer. De su capacidad para asumir un rol secundario en todos los sentidos dependerá su futuro a corto plazo en el equipo blaugrana. De momento, ante el Atleti, jugó dos minutos…

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