Resulta interesante releer lo que uno escribe, no por un acto de egocentrismo, sino de coherencia. Hoy, la mayoría de los artículos y comentarios alaban el trabajo de Zidane, la capacidad de su equipo para transformarse, para adaptarse, para ser camaleónico. Se habla de un equipo dúctil que podía jugar igual con un 4-3-3 que con un 4-4-2, adaptarse a un 4-2-3-1 o un 4-5-1. Pocos mencionan si jugaba bien o mal, porque eso ya no es importante, ganó y con la victoria se reescribe la historia.

Pocos eran los que comentaban el impecable tacto de Zidane para mover la plantilla, o el inteligente uso de los jugadores o su grandísimo trabajo táctico cuando al inicio de la Liga el Madrid empataba con Valladolid y Villarreal, o cuando Levante y Granada estaban a punto de remontarle en el Bernabéu partidos que ganaba 3-0; o cuando un PSG cargado de suplentes —sin Cavani, Neymar y Mbappé en el once— le dio un serio correctivo en París con un 3-0, o cuando el Brujas se puso 0-2 en Chamartín…

Pero el tren de la victoria tiene muchos vagones y muchas estaciones, así que permite irse subiendo a él cuando el viento sopla a favor. Ahora son pocos los que recuerdan que los blancos viajaron a Turquía con la obligatoriedad de ganar, amenazados de quedar eliminados en la fase de grupos de la Champions, en un grupo con Galatasaray y Brujas, dos auténticas cenicientas. O cómo al PSG le bastaron diez minutos de inspiración en Chamartín para sacar a la luz todos los defectos defensivos del equipo, empatando 2-2 un partido que perdía 2-0 y en el que los blancos terminaron pidiendo la hora. Y hablamos de finales de noviembre. Alguno debería releer lo que escribió.

Con la Liga ganada, ese tren viaja lleno de ventajistas, los adoradores del resultado como gran argumento, esos que hoy narran una historia y lo hacen como Winston Churchill, olvidando lo que no interesa recordar. “La historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intención de escribirla yo”.

El Madrid saldó con tres empates los partidos ante Valencia, Barcelona y Atlethic, 3 de 9 puntos posibles, un gol a favor y uno en contra en tres partidos, tres dibujos diferentes, tres alineaciones distintas, fútbol serio pero sin brillo. Recordemos los 37 balones colgados al área ante los bilbaínos. Era el mes de diciembre y nadie era capaz de saber si la botella estaba medio llena o medio vacía.

Un enero con victorias por la mínima y un aterrador partido de Copa ante Unionistas nos llevó a febrero, al mes del derrumbe, ese del que hoy nadie habla, ese que ha sido borrado de la memoria. Eliminados de la Copa y derrotados en el Bernabéu ante la Real, con Zidane planteando una alineación imposible, colocando en el once inicial a Areola, Nacho, James, Brahim o Militao. Con derrota en casa ante el City, en un partido flojísimo de los blancos. Con empate ante el Celta y derrotas ante Levante y Betis, cediendo el liderato y cinco puntos de ventaja…

En ese momento no se hablaba de equipo supertrabajado en defensa, ni del acierto en alineaciones y cambios tácticos. Ramos, Casemiro, Carvajal y Benzema lo jugaban todo. Rodrygo había sido desterrado a la 2ª B. De Bale y James, titulares al inicio de temporada, no había ni noticias. Jovic y Militao, más de 100 millones en traspasos, apenas sí contaban en minutos de basura. Mariano y Brahim no iban ni citados, no era momento de halagos, se hablaba de dudas tácticas y técnicas, del físico de los jugadores, del rendimiento de muchos de ellos, de fracaso en algunos fichajes, pero llegó el Covid y el parón.

Y como la historia la escriben los vencedores, 11 partidos jugados en un escenario surrealista han dado un nuevo giro al relato. Lo que sucedió se pinta de otro color y de nuevo se pone en marcha el tren de los resultadistas; si se gana el error no existe, ya lo dijo Edison “No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla”.

Yo, por coherencia, he vuelto a releer lo que escribí.

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