Empieza el torneo de verdad, dice el tópico, obviando todo lo anterior cuando llegan, de la mano de los octavos de final, los partidos a cara o cruz, aquí y ahora. La derrota es irremediable y la victoria permite seguir soñando. Así se presentaban en Ámsterdam tanto Dinamarca como Suiza, con el objetivo ya cumplido y con la posibilidad de lograr un gran resultado en el torneo.

Suiza es una selección disciplinada capaz de hacerle la vida complicada a cualquiera. Dinamarca es una selección modesta cuando se la compara a las grandes de Europa y vive colgada del talento de Eriksen y de aquello que el jugador del Inter pueda producir, junto a la labor de Schmeichel en la portería. Xhaka, el jugador del Arsenal, se dedicó a frustrar a Eriksen durante la primera parte en la que el calor y la cautela hacían transcurrir el tiempo despacio y con poco que destacar.

En la segunda mitad Suiza movió ficha primero, dando entrada al rápido delantero Embolo, y dando un paso más atrás defensivamente para crear espacios de salida a la contra. Dinamarca dominaba en apariencia, sin que Delaney pudiese añadir la creatividad que Eriksen, aun eliminado del partido por Xhaka, no podía aportar. Si algo pueden decir los aficionados del Arsenal sobre Xhaka es su tendencia a cargarse de tarjetas y hoy no podía faltar a su habitual cita. Aunque la falta se sacó sin consecuencias, Xhaka tuvo que relajar la marca y Eriksen entró en juego. Lo que pudieron haber sido malas noticias para Suiza se convirtió en la tentación perfecta: Dinamarca atacaba con más confianza y aparecían los espacios en su defensa. Un balón mal centrado al área cayo en los pies de Rodríguez, el lateral zurdo, que envió en largo y sin mirar hacia la posición de Shaqiri. Por potencia y velocidad dejó atrás a Weiss y puso a Embolo en uno contra uno ante Schmeichel. El 1-0 fue suficiente y el partido no dio más de sí.

Aquel gol no se vio en la sala de prensa de Wembley por una tormenta veraniega que puso en duda la disputa del partido. Como quiera que la tormenta fue intensa pero breve, finalmente pudimos valorar la candidatura de Italia al título final frente a las opciones de Ucrania para dar la sorpresa. Mancini, el seleccionador italiano, dispuso a su equipo en 4-3-3 con la intención de dominar el juego desde el principio con Jorginho, Verratti y el joven Tonali en el centro del campo. Zaniolo, esta vez titular, y Bernardeschi acompañarían en ataque a Immobile. Italia dominaba fácil, con el centro del campo ucranio superado continuamente.

Las primeras ocasiones serían, por tanto, de Italia. La primera, un córner rematado por Bonucci con demasiado giro del cuello. La segunda, una internada de Zaniolo que Immobile remató ligeramente alto. Un nuevo aviso, un disparo lejano de Jorginho, fue despejado con dificultades por Pyatov, dejando el balón en el área a pies de Immobile, que en esta ocasión no fallaría. El 1-0 no cambió el decorado e Italia seguía cómoda, con escasos ataques de sus rivales. El marcador no era insalvable, y un gol podría llegar incluso de manera accidental e inesperada. Un córner sacado por Jorginho fue despejado por la defensa ucrania y el balón quedó entre dos jugadores italianos. Ante su duda, Yarmolenko se anticipó a ambos y corrió hacia la meta. Donnarumma estuvo a punto de hacer penalti en su salida, pero pensó que una tarjeta roja complicaría más las opciones de Italia, y al corregir su movimiento le ofreció a Yarmolenko el ángulo perfecto para empatar.

Mientras Shevchenkho celebraba en su banquillo y pedía tranquilidad a los suyos, Mancini animaba y daba instrucciones gesticulando con los brazos. Si Ucrania contaba con irse al descanso con el empate, Italia tenía otras ideas. Su superioridad en el partido merecía un premio mayor. Jorginho encontró el premio con una falta directa, perfectamente elevada sobre la barrera y sin dar opciones a Pyatov. Shevchenkho necesitaba otro plan para la segunda parte, porque difícilmente Ucrania se encontraría con un gol igual al logrado.

No supimos si había plan B. Italia volvió a apropiarse de la pelota, y cuando no era Verratti era Tonali quien se dedicaba a descolocar a los centrocampistas ucranios. El minuto 62 marcaría el final real del partido, si acaso alguna vez estuvo en duda. Zaniolo recibió en un costado, se deshizo de un defensa con un quiebro y se plantó en la esquina del área. Viendo la colocación de Pyatov, optó por un disparo curvado hacia el palo contrario, tan bien colocado que ni la mejor de las estiradas hubieran evitado el gol. Pyatov no lo intentó.

Mancini dio el partido por terminado y realizó dos cambios. Shevchenkho también lo dio por finalizado y ya no se movió del banquillo. Italia jugaba fácil y cómoda esperando rival, el ganador del Bélgica-Escocia, y aún llego un nuevo gol, obra de Chiesa después de un pase entre líneas de Tonali, con la defensa ucrania ya desconcentrada.

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