Yo tendría unos siete años cuando le pedí a los reyes su camiseta. Soñaba con lucir el dorsal número ocho de Fernando Carvallo en los partidos del colegio, sin árbitros, sin relojes y sin tácticas. Carvallo era chileno, liviano, lúcido. Un futbolista extraordinario, el líder de un equipo formidable (Baena, Eloy, Ibáñez, Mané, Villalba…) que terminaría consiguiendo el ascenso a Primera un par de años después. En su cabeza se dibujaban quiebros, cambios de orientación y, sobre todo, libres directos, que luego su pie derecho materializaba en el césped con la precisión de un topógrafo. El mejor lanzador de faltas de la historia no existe, pero si existiera, no me extrañaría que fuera él.

El caso es que los reyes, confundidos, me trajeron una zamarra amarilla, sí, pero con un número nueve en su espalda. El nueve, en aquel Cádiz, pertenecía a Farias. Farias era un ariete torpón y desmañado (o así lo recuerdo yo, tal vez con mi memoria contaminada por la decepción del seis de enero) que solo compartía con Carvallo su chilenidad.

Y allá que me fui, de amarillo y de nueve, a jugar con mis compañeros. Nunca llegué a nada en el fútbol (pero a nada de nada) y, secretamente, me consolaba achacándolo a una suerte de maldición de mi primera camiseta, que venía con el dorsal y el nombre del jugador equivocado.

Fernando, mientras tanto, siguió impartiendo lecciones magistrales en el Carranza cada domingo, hasta que las lesiones y los desencuentros con la directiva le impidieron mostrar su calidad en la Primera División española. Las pequeñas historias de los jugadores modestos raramente tienen finales felices.

Rota su relación con el Cádiz, Carvallo volvió a Chile donde aún jugó unos años más. Después desarrolló una estupenda carrera como entrenador en su país natal hasta que de nuevo un rifirrafe con un dirigente provocó su dimisión cuando era técnico de la selección sub-20.

Imagino que a sus 61 años el antiguo número ocho del Cádiz ya se tomará el fútbol más como un hobby que como una profesión. La Wikipedia me dice que es el director deportivo del Magallanes, y yo me lo imagino paseando por el césped, golpeando algún balón perdido hasta la escuadra de la portería más cercana.

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