En época de los Reyes Católicos existía un cuerpo pseudo policial conocido como la Santa Hermandad, cuyos soldados se distinguían por un uniforme en el que sobresalía un chaleco de piel hasta la cintura con mangas de color verde. El carácter rural de estos predecesores de la Guardia Civil hacía que llegaran siempre tarde al lugar del crimen por lo que el pueblo acuñó la expresión popular “¡A buenas horas, mangas verdes!” como chanza de su lentitud.

La expresión acaso resuma lo que ha sido el retorno del Barça a la competición: su mejor versión parece haber llegado tan tarde como aquellos soldados. La victoria blanca en San Mamés no hacía sino agraVAR la situación azulgrana al punto que, con el campeonato prácticamente perdido, Setién se animó por fin a probar algo novedoso: jugar al fútbol. Porque frente a resultados sin adjetiVAR, lo mejor es oponer un juego con el que cautiVAR. El mismo once vetusto habitual pareció rejuvenecido viendo a Sergi Roberto keyteando, a Messi haciendo de Xaviniesta y al desahuciado Hombre Gris imitando a Messi.  Tres cambios de posición para eleVAR al equipo.

Y cuando uno pone todo de su parte para que las cosas salgan bien, hasta la suerte acompaña: gol tempranero a los 3 minutos. La celebración de Antoine no coló: el VAR no lo anuló pero confirmó que Pau Torres marcó en propia puerta. Sin embargo, el intento de taconazo del francés ya hacía indicar que algo había mutado en su interior.

Un tanto que dio alas a un equipo con una movilidad y un juego desconocido desde hacía meses. 38 concretamente. Y todo ello, pese a jugar todo el partido en inferioridad numérica: la presencia constante de Arturo Vidal cada vez tiene más indicios de responder a algún tipo de chantaje. Y el chileno nunca nos quiere priVAR de sus deficientes controles de balón ni de sus definiciones tirando al bulto. Desentona cada día más.

Al Villarreal, que hasta ese momento apenas oponía la clase de Cazorla, le bastó una primera contra para desnudar a la defensa azulgrana y empatar el partido. Siguiendo el patrón de encuentros anteriores, todo indicaba que la gasolina de los veteranos estaba cerca de la reserva y se volvería a la parsimonia habitual. No sucedió así. Era una noche generosa en circulación de balón y Messi recuperó su mejor versión: su pequeña sequía goleadora confundió a los amarillos que le dejaron hacer y deshacer a su antojo. En una de sus arrancadas, atrajo hacia él a cuatro contrarios: encontrar a Luis Suárez fue un juego de niños y el uruguayo, que pareció haberse hecho un lifting (futbolístico) en apenas 4 días, clavó su rosca en la escuadra. La confirmación del gol se demoró. Porque siempre hay alguna polémica que aviVAR.

Volvió el rondo azulgrana, con toque y toque y abrumador dominio, pese al cual las escasas salidas del Villarreal siempre avisaban de lo corto del marcador. El de siempre decidió poner la puntilla al partido. Si en los peores momentos de juego del Barça o de la selección argentina se solía decir que a Messi solo le faltaba hacerse una asistencia a sí mismo, el astro rosarino finalmente lo consiguió. Jugada colectiva que culmina D10S con una asistencia de tacón para que él mismo, disfrazado de Hombre Gris, supere a Asenjo con una vaselina. 

La segunda parte solo sirvió para convalidar las buenas sensaciones de la primera. Un Barça avasallador, con el freno de mano ligeramente echado pero en el que hasta Setién acertaba con los cambios. Se refrescaba al equipo y se seguía confirmando a Asenjo como el mejor jugador de su equipo.

No pudo el portero groguet salVAR el gol de Messi pero sí la tecnología: confirmaron desde la sala técnica la presencia de una cresta sospechosa en fuera de juego en el inicio de la jugada. Ratificaron, también, que para anular los goles de Ansu Fati habrá que cambiar la normativa: su talento era la única parte de su cuerpo  adelantada en el cuarto y definitivo gol que cerraba una goleada balsámica.  

La Liga ya es una ilusión que no hay que cultivar. Pero ante una Champions a cuatro partidos, parece más propicio no llegar en plena depresión. Y porque la maldición de Johan, por la que el Barça solo puede ganar la Champions si gana la liga, solo es posible romperla con el hechizo más cruyffista: jugando al fútbol. Tal vez como hoy sea suficiente.

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