Indudablemente nuestro país ha sido, es (y será) muy relevante en la cultura occidental. Desde Velázquez a Juan Gris, desde el románico soriano a las creaciones de Bofill, en multitud de ocasiones la oscura y atrasada España ha sido un referente en creatividad. También en el deporte (“soy español, a qué quieres que te gane”), y qué decir de nuestros B&B (Banderas y Bardem), enseñoreándose por Hollywood. Pero la creatividad ibérica no solo se circunscribe a pinceles, raquetas o platós, sino que en la maquinaria de las tripas del entretenimiento también somos referente. Por ejemplo, en los VFX.

¿En los VF qué?

Vale, lo explico. Venga, pongámonos un capítulo de Juego de Tronos. Mola ¿eh? Esos dragones, aquellas batallas, el Muro… vaya efectos especiales…. pues eso son los VFX, o efectos visuales en Román Paladino. Y en esa industria, España, como poco, a semifinales del Mundial. Siempre.

Porque desde que Juan de la Cierva ganó el primer Oscar técnico en 1969 por la invención de un estabilizador óptico denominado Dynalens, pasando por la creación del Real Flow (un efecto para la simulación de líquidos) a cargo de Vargas y González en 1998 y con el que ganaron el Oscar al Mérito Técnico en 2008, hasta los muy recientes y afamados efectos especiales desarrollados por la empresa El Ranchito de la citada Juego de Tronos, España ha estado en la vanguardia de este sector audiovisual. Y ojo que no es tontería.

Y es que al margen del factor artístico —no podemos olvidar nuestro ilustre componente quijotesco— en este caso se aúna también la importancia industrial y económica del asunto. Porque actualmente el cine, sin efectos especiales, casi ni es cine ni es ná. Así, actualmente, los grandes estudios de Hollywood pueden llegar a destinar más de la mitad de su presupuesto de una superproducción en el desarrollo de sus efectos visuales, será por dinero. Porque las grandes factorías de entretenimiento tienen claro que durante las últimas décadas la gran mayoría de películas con mayor recaudación han basado parte de su éxito en los recurrentes VFX (por ejemplo, tres de las cuatro películas más taquilleras de la historia tienen en los efectos especiales su ADN).

Pero no se vayan que aún hay más. Los VFX crean empleo, pero del bueno, del estable y de calidad. Y joven, claro. Y encima es un sector con una clara vocación internacional, al que la península se le ha quedado pequeña. Exportamos talento e importamos dinero, nuestras empresas son punteras y nuestros profesionales están presentes en los mejores estudios y en las más importantes superproducciones. Porque Picasso estuvo muy bien, y en el XVI fuimos Capitanes Generales en el Barco del Siglo de Oro, pero había que renovarse, y lo hemos hecho como los mejores, absorbiendo lo mejor de nuestra tradición artística e incorporando la productividad y visión empresarial de los malvados países protestantes donde siempre llueve. Y además, a diferencia de otros ámbitos de la industria cultural, el mundo de los VFX no es un sector que necesite que tiren de él, sino que con darle una mínima cantidad de combustible por parte de los poderes públicos podría ser una de las locomotoras de nuestra industria del entretenimiento sin que signifique un desembolso para las arcas públicas, circunstancia esencial dado el horizonte económico que se nos presenta.

Y parafraseando a la famosa campaña turística de la España más cañí, “el arte de España en megapíxeles”. Porque hemos evolucionado, porque nos hemos comido el Barroco y porque hemos parido los efectos especiales. Bienvenidos a la nueva España.

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