Uno de los mejores recuerdos académicos que tengo de la universidad fue la exposición que hicimos para un trabajo de Publicidad. La práctica consistía en elegir un producto (real, modificado o inventado) y presentar una campaña. En el grupo éramos seis personas, todos chicos. Queríamos algo rompedor y elegimos la cerveza de los Simpsons, Duff, la cual decidimos que sería únicamente para hombres, debido a que unos dos tercios de los consumidores totales de cerveza en España eran varones, según un estudio de la época. Debía de ser 2008 o así.

Y al ritmo de Satisfaction, de los Rolling Stones, salimos con nuestras camisetas rojas con el logo de Duff y con gafas de sol. Repartimos entre nuestros compañeros chicos una muestra de esta nueva cerveza ante la incredulidad de las chicas de la clase. Comenzamos nuestro argumentario perfectamente sólido, mientras algunas compañeras se iban levantando y amenazaban con marcharse en señal de protesta, pues se sentían discriminadas. Pero es que era una cerveza sólo para hombres, nosotros aspirábamos a hacernos con el 66% del mercado total, no era poca ambición.

Ante los ataques, un compañero, argentino y por tanto demasiado conversador, se pasó de diplomático y acabó por suavizar el mensaje del grupo. Finalmente, el profesor nos dijo que se lo había pasado muy bien y que nos privó del diez esa marcha atrás a última hora.

El VAR es ese compañero argentino.

En su intento por corregir los excesos y complacer a todo el mundo, acaba por restar pasión al espectáculo. Da demasiadas explicaciones para quedarse en una tierra de nadie, en el reino de las imágenes a cámara lenta y los puntos de fuga a mano alzada.

Se entiende la edad primitiva del VAR, al que habrá que darle tiempo para que madure, porque su intención elemental es buena: corregir los fallos flagrantes. Impartir una justicia más perfecta y conservadora a costa de eliminar las leyendas, como la mano de Dios, y burocratizar el fútbol. Aceptamos no marcar el gol de Maradona a cambio de que no nos lo marquen a nosotros.

El problema viene por la sobreactuación y la pérdida de espontaneidad. Se quiere un arbitraje tan idílico que termina por emborronar la actuación de todos los colegiados, los del silbato y los de la escuadra y el cartabón, porque nos exigen un acto de fe en cuestiones como, por ejemplo, fueras de juego milimétricos. Si el espíritu es corregir los posibles fallos de los árbitros de campo, que tienen que bifurcar la mirada al balón y al jugador que lo iba a recibir, no es justo para ellos que se congele el tiempo y se mida el número de pie del atacante y el defensor.

Así se está corriendo el riesgo de cambiar directamente de deporte por el mal uso de una herramienta fabulosa. El VAR debería ser el radar y no el legislador. Porque se empieza arbitrando a cámara lenta y se acaba presentando una cerveza sólo para mujeres.

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