En un universo paralelo, ese que los clásicos llamarían, “el fútbol de antes”, no se habría repetido el penalti parado por Ter Stegen. Tampoco se habría pitado el penalti a Semedo. Menos aún el de Ferreira Carrasco. ¿Qué Ter Stegen se adelanta? Probablemente. Dos centímetros, siendo generosos. ¿Qué Felipe toca al lateral azulgrana? Ligerísimamente. No para caer así desmayado, desde luego. ¿Qué el portugués desestabiliza tenuemente al belga? “Pff, po’sí, po’fale”, diría Makinavaja, el mítico personaje de Ivá que también resaltaría que el primer gol del partido lo marcó Diego Costa en propia puerta “con el siruelo”. Y es que todas esas jugadas, de haberse dado en un partido sin árbitros, habrían terminado en un “sigan, sigan” de manual. Y nadie se habría quejado.

Aclarada (o no) la polémica, el Barça comenzó un partido donde apuraba sus últimas opciones en la liga con su vetusto once tipo: nuevamente siete jugadores sobrepasando la treintena. Frente al poderío físico rojiblanco, las opciones pasaban por la inventiva de un Messi muy lejos de su mejor forma. O quizá ya en pleno viejazo. Elijan su propia aventura. Solo Riqui Puig, luciendo manga larga casi ya en julio (“pecho frío” sería, si fuera argento), daba algo de fluidez a un ataque azulgrana más propio de su sección de balonmano. ENP (El Niño Prodigio) demostraba, además, que para recuperar balones no hace falta tener la masa muscular de Lou Ferrigno sino la inteligencia que, en su día, mostraba Busquets partido tras partido. Todo, sin embargo, eran mínimas cosquillas para el Atlético. Cómodo como siempre defendiendo en su área, Saúl, Thomas, Correa y Carrasco dieron un recital de faltas sibilinas para cortar el juego que, a buen seguro, habrá hecho las delicias de Casemiro si vio el partido en su casa.

Pero el plan de Simeone pudo hacer aguas cuando Diego Costa decidió hacer oposiciones a su futuro fichaje por el Barça. Cumplirá 32 años en octubre. Lleva un peinado esperpéntico. Viene del Atlético de Madrid. Y ahora, hasta mete goles en el Camp Nou. Y a un porterazo como Oblak, ojo. Por menos que eso se fichó al Hombre Gris. El hispano-brasileño, tras su gol en propia puerta y con mucho afán de protagonismo, hizo lucirse a Ter Stegen en su lanzamiento de penal. Lástima que no le dejasen lanzar ni la repetición ni la siguiente pena máxima en la segunda parte: vista su capacidad para encadenar fatalidades en su campo maldito, parecía que lo de Palermo fallando tres penaltis hace 20 años en Paraguay iba a quedarse corto. Por suerte para su equipo, Saúl tomó la responsabilidad y marcó el empate que garantizaba que no saldrían derrotados: el de Elche tiene un hechizo mágico según el cual si él marca su equipo no pierde. Ya saben, el fútbol y los mantras. 

La segunda parte, casi un calco de la primera, comenzó con dos nuevos goles a balón parado en los primeros quince minutos. El primero, con mucha carga simbólica: era el número 700 del Chitalu de Rosario. Un gol que se estaba haciendo esperar y que, dado que iba a ser desde los once metros, tenía que tener glamour. Hacía pocos días que se habían cumplido 44 años del gol de penalti más famoso de la historia y Leo, obviamente, homenajeó a Antonin Panenka. El nuevo empate de Saúl, con suspense incluido, dio paso a una última media hora que fue el perfecto compendio de lo que es el Barça ahora mismo.

Cierto es que en esta Liga el Barça lleva más penaltis, expulsiones y tarjetas amarillas y rojas en contra que a favor. Cierto. Pero es difícil apoyarse en la polémica arbitral cuando uno observa a tanto veterano desfondado en el minuto 60 y el ¿entrenador? apenas utiliza uno de sus cambios sobrepasado el minuto 85. Cuando las intervenciones de Arturo Vidal generan más chanza que fútbol porque en dos de cada tres intervenciones suyas nadie sabe hacia dónde va a ir el balón. O cuando en pleno descuento el ¿equipo? sigue abusando de los pases horizontales, como quien firma el empate.

Mención aparte merece el vergonzoso, abyecto, ignominioso, indecente, indigno, inmoral, indecoroso, vil, bochornoso y despreciable partido de Luís Suárez. Sí, hay que echar mano del diccionario de sinónimos, porque la ocasión lo merece. No se recordaban 94 minutos de semejante infamia futbolística de un 9 azulgrana desde los tiempos en los que Dugarry jugó sus (pocos) partidos con la elástica del Barça. Que en los cinco minutos que el Pasiego le concedió a Ansu Fati, el hispano-guineano se moviese el doble (o el triple) que el uruguayo no es culpa del VAR. Ni tampoco que en los pocos minutos que tuvo El Hombre Gris diese más sensación de reforzar a su ex equipo que al actual.

Fueron 94 minutos consentidos por un entrenador sobrepasado por el cargo. Cuando en diciembre de 2008 Bernard Madoff era detenido por el FBI, su fraude de 64.800 millones de dólares, se convirtió en el mayor desfalco llevado a cabo por una sola persona. Si existiese un FBI futbolístico, debería haber detenido ya a este Madoff cántabro por una estafa futbolística de proporciones similares. Si hasta al Tata costó más verle las costuras y, aún así, llegó a la última jornada con opciones de ganar el campeonato.

Y ahora, solo queda una opción para que el Barça gane la liga: el equipo femenino. 

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