Era el minuto 116 de una prórroga angustiosa en el Soccer City de Johannesburgo. Puyol se hizo con el balón a la derecha del marco de Casillas, pegado a la línea de fondo. Tocó rápido a Navas, que en banda le ofrecía una línea limpia de pase. Con una finta, el extremo (hoy lateral-carrilero), se deshizo de un holandés y comenzó una larga carrera de treinta metros hasta que chocó con una barrera humana. Reculó. La pelota salió rebotada hacia Iniesta, que conectó con Cesc de tacón. Navas volvió a entrar en la jugada y se apoyó en Torres, casi como extremo izquierdo. Iniesta continuó la jugada rompiendo por el carril central. El Niño vio el desmarque e intentó poner la pelota en el punto de penalti, pero el exmadridista Van der Vaart lo interceptó de forma acrobática. El rechace cayó a los pies de Cesc. El catalán estaba rodeado de cuatro defensores holandeses. Sin embargo, sobrado de clase, tuvo la tranquilidad de filtrar un pase entre ellos en dirección a Iniesta. Cuando el genio controló, la pelota se levantó un poco, quedando perfecta para una volea…

Tras el remate de Iniesta, una parte ya es historía y casi todo lo demás ha pasado al olvido. Sólo queda en el recuerdo la patada de De Jong a Xabi y ese uno contra uno que el tobillo de Iker le sacó a Robben.

Con ese gol, España no solo encadenaba Eurocopa y Mundial, sino que tomaba impulso para ganar de nuevo otra Eurocopa. Los Casillas, Xavi, Villa, Torres, Silva, Xabi, Ramos o Iniesta pasaron a ser, además de la mejor generación de la historia del fútbol español, el equipo más laureado de la historia de las selecciones. Esta hazaña, como el salto de Bob Beamon en México 68, no será fácil de superar. La Alemania de Beckenbauer, y ya ha llovido, estuvo a punto de lograrlo en 1976, pero Panenka y su histórico penalti lo impidieron.

Tres finales ganadas en cuatro años cambiaron el fútbol y a los futbolistas españoles. Como ejemplo dejaré una anécdota: en un Clásico Barça-Madrid, y tras una tangana, Pedro recriminó a Cristiano una acción. El portugués miró al tinerfeño con soberbia y con desprecio  le preguntó «¿Y tú quién eres?». La reacción del canario fue rápida: «Yo un campeón del mundo. ¿Y tú?».

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