Segundos antes de que Ángel Carmona grite “Las ochoooooooooooooooo” en su programa de Radio 3, las empleadas de la limpieza abren con cuidado las puertas de los chalés en los que trabajan. Minutos después, algunas sacan de paseo a los perros que viven en esas casas mientras sus dueños se quedan en ellas eligiendo, qué sé yo, de qué zona del mundo se van a tomar el café.

No envidio a la gente que es capaz de encontrar una tarea más importante que la de sacar a pasear a tu perro a primera hora en una mañana de julio como ésta. Cuando el tiempo te ofrece sesenta segundos por minuto sabiendo que pronto empezará a manipular la balanza para sisártelos en el momento en el que más los necesites. Cuando te ves capaz de callejear para dejar detrás a la parte de ti que menos te gusta. Cuando, en fin, el día todavía logra engañarte prometiéndote cosas que no va a cumplir. ¿Qué mejor manera de fijar todo eso que paseando con tu perro?

Yo tengo el mío junto a mí. Aquí, a mi lado. Es un galgo. Los galgos me gustan porque son silenciosos. Nunca he escuchado ladrar a un galgo. Si por alguna razón tuviera que entrar en alguno de estos chalés a robarle unas cuantas joyas a la Castafiore y el plan exigiera un perro, ése sería un galgo. Mi galgo y yo nos llevamos razonablemente bien y si todavía no le he puesto nombre es porque nadie más puede verlo.

En casa, los partidarios de los perros somos el 50%. El porcentaje no se ha movido desde que se habló del asunto hace varios años. Con un 50% ajustado puedes montar un Brexit, pero traer un perro al piso es un tema serio. A veces, aprovechando que un amigo de mi hijo viene a casa, lo añado al libro de familia a lápiz para montar rápidamente una votación. A pesar de obtener mayoría, el bando antiperro siempre se las apaña para encontrar alguna argucia legal para anular el resultado. De aquellos episodios de The good wife, estos lodos.

Con lo que heme aquí, andando con mi perro. Por fin. Siempre tuve envidia de los niños que tenían amigos imaginarios. Los míos no me duraban nada: me salían más aburridos que los personajes de Edward Hopper, así que desistí pronto. Lo lamentaba porque tener un amigo así desde pequeño te asegura que siempre estarás acompañado. En esos puestos en los que la responsabilidad te deja solo en la cumbre no te faltará quien te ofrecerá buenos consejos, aunque sean imaginarios. Sobre el Brexit, por ejemplo.

Ahora que el galgo se ha adelantado un poco, diré que me cae bien, pero que yo quería otro perro. De hecho, uno que tenía nombre y todo: Jock, un mestizo mezcla de alsaciano, ridgeback de Rhodesia y de alguna otra raza. El problema es que, con esos ingredientes de la receta, en mi cabeza no salía nada. “Alguna otra raza”. ¿No podrías haber sido un poco más específica Lessing? ¿Qué porcentaje de alguna otra raza? ¿Por qué no dejarlo solo en alsaciano?

También podía haber sido Bill, el otro perro que aparece junto con Jock en Historia de dos perros, uno de los mejores cuentos que he leído —en “Relatos africanos”, de Doris Lessing— y en el que se narra mucho más que la historia de dos perros. Pero Bill, se ve ya desde el principio, está un poco desequilibrado, y lo que uno busca en los paseos a estas horas de la mañana es tranquilidad. Y temía que sus aullidos y sus carreras acabaran provocando alguna interferencia en la realidad doméstica que hiciera sospechar al bando de las antiperro.

Si lees Historia de dos perros y no sientes que te estás perdiendo algo importante sin un perro al lado es que igual el amigo imaginario eres tú. Por eso esta solución intermedia del galgo que, si alguna vez ladra, sólo lo hará en mi cabeza. Es algo frío, pero compensa: no tengo que llevarlo con correa, ni limpiar lo que caga, ni esperar a que se relacione con otros perros. Camina a mi lado con esa mirada triste que tienen los galgos de ciudad, como si supieran que aquí nunca van a encontrar el rastro que buscan.

Las empleadas pasean a los perros sin prisa. Quizás esta imagen dentro de unos años desaparezca, cuando ya existan mascotas en nuestra realidad virtual. En vez de coger una correa, nos pondremos unas gafas y con ellas veremos una reproducción exacta a nuestro lado. Será un perro aséptico, sí, pero un perro que no envejecerá, que no sufrirá enfermedades. Un perro al que podremos acariciar gracias a unos guantes que reproducirán su tacto en nuestros dedos.

Es probable que entonces ya pueda saber qué pinta tiene Jock. La inteligencia artificial es muy espabilada y, con un par de redes neuronales, sabrá leer las indicaciones de Lessing. El problema es que es posible que ya esté tipificada la posesión de un animal virtual en el entorno doméstico y que también necesitemos la mayoría de votos en casa. Que no lo veas no quiere decir que no exista: tu pareja podría elegir, en vez de la de una mascota, la compañía de un eternamente joven Paul Newman contra el que poco podrías hacer.

Ahora no me lo planteo. Vuelvo hacia casa. Un hombre con traje pasea a un pequeño terrier blanco. El dueño mantiene la correa tan firme que parece que estuviera pasando una mopa por la acera. Ya lo he visto otras mañanas. Tiene pinta de haberse tomado un té antes de bajar y de haber dejado claro que su agenda del día solo se pondrá en marcha cuando el terrier se haya cansado de caminar. Como casi todos los que salen con su perro, él tampoco lleva un móvil en la mano.

A veces no los veo. Hoy sí. Esa chica que, cerca ya de casa, sale a dar una vuelta con su cerdo. Es un cerdo real. Un cerdo grande con una correa de diseño que le sujeta parte del cuerpo. El cerdo tiene espuma blanca en la boca. Supongo que lo compraría cuando era un lechón y su tamaño actual no es razón para dejar de quererlo.

Por pudor, mantengo la distancia con el cerdo. Mi galgo, sin embargo, no puede evitar la curiosidad y se acerca. Después me mira por primera vez para decirme: “Yo también sé que estas ahí”. Aprende rápido, el condenado.          

—Venga, Jock, vamos para casa.

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