Poco antes del Mundial de Sudáfrica tuve la suerte de asistir como público a La Venganza será terrible, programa referente desde hace décadas en la radio argentina, que tiene lugar en uno de los teatros de la legendaria calle Corrientes de Buenos Aires. El humor, el teatro, la música y la reflexión se hacen presentes en un espacio conducido por el mítico Alejandro Dolina, escritor, músico, presentador de radio y televisión, filósofo, actor y, por supuesto, gran aficionado al fútbol y reconocido hincha de Boca. 

Sentado en las butacas de aquel teatro, escuchaba al gran Dolina hacer gala de su ingenio con un verborrágico razonamiento sobre el maniqueísmo. Acaso por la cercanía de un nuevo padecimiento patrio en la Copa del Mundo, mi mente adaptaba de manera inconsciente sus palabras a un estado mental que compartía con varias generaciones de españoles. Esos que llevábamos sufriendo y frustrándonos con la Selección durante 40 años: antes, durante y después de cada Mundial.

Según Dolina, el maniqueísmo planteaba que el mundo se movía por la interacción de dos fuerzas opuestas, una eterna pelea entre dos principios opuestos e irreductibles. Traducido por mis neuronas a términos futbolísticos, eso significaba España contra el fútbol… o, más bien, contra ser campeón del mundo de fútbol. Sí, porque iba a terminar este Mundial de Sudáfrica, que yo ya sabía que España NO iba a ganar nuevamente, y después empezaría el siguiente. Y después el otro. Y el otro. Y así sucesivamente, sin que España lo ganase. Algo así como dos ejércitos que luchaban continuamente en una batalla que nunca servía para ganar definitivamente la guerra.

Porque cuando era pequeño y veía los Mundiales creía que algún día iban a declarar a alguien campeón del mundo para siempre, que un día se iba a decidir todo. Es más, pensaba que la Selección española ganaría ese último campeonato consagratorio y que todos íbamos a vivir felices para siempre. Yo creía que estaba en el lado bueno. Me decía a mí mismo “qué guay es ser español”. Me daba pena la gente que no nacía en España. Que nacía en países pequeños como Bélgica, que hasta era difícil situarla en un mapa. Si hasta tenían los sellos mal escritos, porque no ponían Bélgica: ponían Belgique. Y yo decía: «¿Qué seriedad puede tener un país donde los funcionarios de correos no saben ni escribir bien el nombre de su país?».

Pero un día mi abuelo, que se murió el pobre sin ver a España ganar un Mundial, me dio la clave: no sólo no iba a haber una batalla definitiva sino que España no la iba a ganar nunca. ¡Me habían engañado durante mi niñez! Pero en el fondo me alegraba de que esas batallas no fueran definitivas porque finalmente me había dado cuenta que estaba en el lado perdedor. El Mundial del 86 fue mi primer desengaño. Me di cuenta de que, en realidad, los guays vivían en Bélgica y los que escribíamos mal Bélgica éramos nosotros. Y que seguiríamos moviendo el mundo del fútbol de manera maniquea durante décadas acumulando toneladas de frustración.

Hasta el instante en el que Andrés Iniesta golpeó ese balón y se paró el mundo del fútbol: porque se detuvo esa fuerza que lo movía, como aseguraba el sabio persa Mani.

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