Confieso que soy seguidor de los Boston Celtics, el mejor equipo de la historia de la NBA desde que se creó allá por 1947. Los datos lo avalan: 17 anillos, el primero de 1957 y el último de 2008; 21 títulos de la Conferencia Este y 22 de la División Atlántica. Todo ello amén de los títulos individuales cosechados por legendarios jugadores. Por tanto, según los datos, el mejor club de baloncesto a nivel mundial. También es cierto que ahora está en una fase de crecimiento tras una década de sequía.

En 1988, Boston vino a jugar, entre los días 21 y 24 de octubre, la segunda edición del Torneo NBA-FIBA Open Mc Donald´s, tras la celebrada el año anterior en Milwaukee (Estados Unidos). Era la primera ocasión en la que este torneo se celebraba en Europa. Madrid se convirtió en aquellas fechas en la capital del mejor baloncesto mundial que se podía disfrutar. Los equipos participantes configuraron un cartel de lujo, a tenor de los jugadores que intervinieron. Por la antigua Yugoslavia: Divac, Radja, Paspalj, Vrankovic, Kukoc y Cveticanin. Una plantilla digna de un gran equipo de nivel NBA. Representando a los norteamericanos del Boston, el mejor combinado que la franquicia haya tenido en su dilatada historia: Dennis Johnson, Danny Ainge, Kevin Mc Hale, el Jefe Robert Parish, Larry Bird; Brian Shaw, Jimmy Paxon, Reggie Lewis, Brad Lohaus, Mark Acres, Gerald Paddio, Ennis Watley, y un Ramón Rivas que después llegaría a la ACB. Sencillamente una plantilla mítica, espectacular, mágica, legendaria y todopoderosa.

Europa estaba representada por dos equipos muy importantes: el Scavolini de Pésaro, con grandes figuras  como Magnífico, Ario Costa, Larry Drew y Andrea Gracis y, como anfitrión, el Real Madrid. El equipo blanco tenía un conjunto de primerísimo nivel: Drazen Pétrovic, el mejor jugador europeo en aquellos momentos y objeto de deseo para los ojeadores americanos, Biriukov, Fernando y Antonio Martín, Romay, Llorente, Cargol y Villalobos. Juzguen la calidad de los jugadores señalados. Sencillamente deslumbrante.

Lolo Sainz dirigió con maestría la escuadra madrileña, sabiendo plantar cara a los Celtics en la final, después de haber superado a los italianos en la fase previa. Aquel 24 de octubre, con un Palacio de los Deportes a rebosar, con 12.000 espectadores y millones de televidentes, el Madrid sucumbió con un marcador final de 96 a 111. Un partido para la historia, para no olvidar y volver a ver una y mil veces. El entrenador de Boston, Jimmy Rodgers, que sustituyó a KC Jones, elogió al conjunto español por su descaro y su buen baloncesto. Fue cierto: los blancos tutearon todo el encuentro a los gigantes americanos y fueron derrotados con dignidad.

Cinco jornadas de ensueño para los amantes de este deporte. Los precios de las entradas para la final, en la reventa, alcanzaron las vente mil pesetas, ciento veinte euros de ahora, todo un dineral. El MVP fue el Pájaro Larry Bird, que en la final anotó 29 puntos, frente a los 22 de Petrovic. No puedo olvidar citar los magníficos comentarios de Ramón Trecet, exultante y feliz por poder retransmitir el histórico acontecimiento.

Hablar de Bird es hablar del mejor alero blanco del baloncesto mundial. El número 33 a su espalda fue retirado por su club como homenaje merecido. Trece temporadas en la NBA (1979/1992, todas en Boston), disputando 897 partidos y anotando 21.791 puntos; tres anillos conquistados (1981, 84 y 86); incluido como integrante del mejor equipo de la historia de la competición americana; miembro del Hall of Fame; medalla en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y una larguísima lista logros y distinciones personales avalan mi opinión. Su retirada temprana, a consecuencia de fuertes dolores de espalda, le impidieron conseguir mejores registros individuales y colectivos.

Su carácter bonachón, su muñeca prodigiosa, su peculiar mecánica de lanzamiento, sin apenas levantar los pies del parqué, sus eternas zapatillas Converse y sus legendarios enfrentamientos con Los Angeles Lakers completan una sencilla pincelada de su vida deportiva en activo. Con qué precisión anotaba, de manera limpia, impecable y terriblemente eficaz. No puedo dejar de enumerar otras habilidades muy interesantes y menos reconocidas: su capacidad de rebote y de asistencia. Verle por televisión, a altas horas de la madrugada, cuando se iniciaron las retransmisiones desde Estados Unidos, era un auténtico placer. Muy pronto me enamoré del equipo verde y desde entonces lo he seguido con enorme afición. Lo que nunca pude imaginar es lo que les referiré a continuación. Uno de los mejores recuerdos que atesoro en mi memoria. El día en que, sin pretenderlo, pude estrechar la mano de mi ídolo. Parece infantil, quizá lo sea, pero es una anécdota imposible de olvidar. Se la he contado a mis hijos, a mis amigos, espero que a mis nietos y, ahora, la comparto con todos ustedes.

Era un jueves 20 de octubre, ya de noche, alrededor de las 21:30. Yo salía de trabajar, bastante cansado, dicho sea de paso. Me dirigía a coger el autobús de la línea 27, en pleno Paseo de la Castellana. En la plaza de Gregorio Marañón se produjo el encuentro. No hacía frío, pero no había gente por la calle, algo de tráfico sí. Iba ensimismado, absorto en la jornada de trabajo vivida.

A lo lejos, bajando por General Sanjurjo, hoy José Abascal, vi dos imponentes figuras. Dos gigantes que, a medida que se acercaban, pude apreciar que eran unos hombres blancos. Tenían que ser jugadores de baloncesto. Cuando llegué a su altura me quedé estupefacto, alucinado. Eran Larry Byrd y Brad Lohaus. Sus 2,08 y 2,11 metros respectivamente no podían pasar desapercibidos. Tranquilamente paseaban de camino, según pude hablar brevemente con ellos, a House of Ming, restaurante mítico en Madrid de cocina oriental. Pude saber que se alojaban en un hotel próximo, el Intercontinental Castellana, antiguo Castellana Hilton. Fue un encuentro breve, pero profundamente amable y entrañable, muy emocionante para mí. Una conversación con mi inglés poco académico, pero gestualmente muy efectivo me permitió compartir mi elogio, admiración y bienvenida a España.

Cuando me acerqué se detuvieron con simpatía, naturalidad y educación, me atendieron sin atisbos de incomodidad por su parte. Todo lo contrario, cortesía y nada de divismo. Me sentía un enano, pues apenas les llegaba a la altura del pecho. Un sencillo abrazo de despedida y un saludo inicial con un estrechón de manos. La mano de Bird era enorme, la mía parecía de niño; la de Lohaus era aún mayor. Vestían sencillo, informal, sin chándal, ni extravagancias propias de tantos jugadores norteamericanos. Una discreta camisa y unos pantalones de lona era su atuendo. Fueron unos minutos, pero su recuerdo será eterno. Lo lamentable es que, por aquel entonces, no había móviles para inmortalizar el momento. Hubiera enmarcado en plata el encuentro.  No olvidaré su rostro, de hombre sencillo, nariz particular y boca pequeña, ojos amables, transmitía bondad. Muchos decían de él que tenía facciones de hombre rural. Tengo que confesar que a su acompañante le presté bastante menos atención y eso que, durante once temporadas, fue un profesional de reconocido talento en la mejor liga del mundo.

          Cuando ya me alejaba después de mi sorprendente encuentro, y según cruzaba la gran avenida madrileña, levantaron su mano y me dirigieron un adiós. Todo un bonito recuerdo, un sueño hecho realidad.

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