Existe la tentación de asumir que todas las supersticiones tienen un origen que las justifica, siquiera literariamente. Sin embargo, si analizamos la mayoría de los relatos que influyen en los comportamientos de los más crédulos, observamos que la veracidad no resulta lo primordial. Que Molière no fuese en realidad vestido de amarillo cuando supuestamente falleció en mitad de una función no ha impedido que ese color haya quedado marcado como peligroso símbolo de la desdicha para actores y faranduleros. De manera que, en el terreno de las creencias, se cumple la máxima de si non é vero, é ben trovato.

En el mundo del deporte, nadie sabe cuándo comenzó exactamente la reticencia a tocar el metal del trofeo de una competición antes de la conclusión de la misma. Es posible que alguien observador se percatase de la audacia de algún atrevido que fracasó a posteriori, y tras la derrota se afanase en resaltar los hipotéticos riesgos de un exceso de ambición a destiempo, no en vano a los humanos nos encanta la idea de una predestinación trascendente y justiciera. Con el paso de los años, la crítica hacia la falta de templanza ha alcanzado prácticamente la unanimidad, y casi todos los aficionados se echan a temblar si la temeridad embarga a alguno de los suyos y lo lleva a hacer la gracia. Desde el punto de vista racional se trata de una prevención ridícula, como ocurre con todos los miedos de esta índole. Eso mismo pensaría en la víspera de la final de liga Pesic , al que el buen humor que siempre provoca el saberse favorito animó a bromear con su colega Ivanovic, y palpó sin complejos como si fuera un adolescente. En el momento en el que escribo estas líneas, ha dejado de ser entrenador del Barcelona y su sustituto, Sarunas Jasikevicius, ya ha sido confirmado.

Aunque haya lectores que solo con esto ya repriman un escalofrío, resultaría demasiado simple reducir la inesperada derrota del poderoso Barcelona, puntilla final a una temporada colmada de fracasos, a las inevitables consecuencias de desafiar lo esotérico. El FCB mostró en la final contra el Baskonia las mismas virtudes y defectos que arrastró a lo largo de todos estos meses: una intensidad defensiva encomiable para un grupo de tanto talento, acompañada de una incapacidad notoria para organizarse de manera compleja en ataque más allá de los arrebatos individualistas del que se sabe superior en calidad. Este constituye un debe de Pesic mucho mayor que el de tocar la copa, al que se suma una desastrosa gestión del rol de los bases azulgranas. En el espacio que quedaba entre la abnegación en defensa del reconvertido Hanga y la capacidad ofensiva del genio Heurtel supo crecer el Baskonia, atacando los déficits de ambos: la falta de fluidez del húngaro y la abulia atrás del francés. Esa adaptación en función de quién dirigiese las posesiones culés permitió a los vascos mantenerse haciendo la goma durante todo el encuentro hasta el zarpazo final.

El espectáculo de pirotecnia montado entre todas las fastuosas incorporaciones veraniegas de la plantilla aumenta el dolor del año en blanco pero, parafraseando un poco a Gil de Biedma, de todas las  historias tristes del Barcelona sin duda la más triste es la de Mirotic. Recibido casi como Jesús de Nazaret en Jerusalén el Domingo de Ramos, las desmedidas expectativas han contribuido a que su final de temporada tenga su particular calvario. El naufragio de la Copa del Rey contra el Valencia quedó en nada en comparación con sus decepcionantes guarismos en el día decisivo: 8 puntos, ninguna asistencia, 0 de 5 en triples, eliminado por cinco personales cuando aún quedaba la mitad del último cuarto y un vergonzante –1 en la valoración global. El equipo catalán se sostuvo en ataque sin él gracias al mencionado Heurtel —25 puntos infructuosos— y a la inteligencia de Higgins, relegado a segundo espada. Que Nikola se trata del mejor jugador de Europa tiene poca discusión; su fragilidad mental en los momentos cruciales tampoco. Su frustrante rendimiento ahondará en su vieja herida: el Madrid solo conquistó la Euroliga cuando cambió la frialdad montenegrina por el carácter de Nocioni. Puede que el carismático Jasikevicius consiga invertir la tendencia desde el banquillo, mas de momento Mirotic permanece bajo la sospechosa sombra de ese pecado original. 

Respecto al Baskonia, su impredecible consecución del título se ha producido por la principal causa de cualquier triunfo, no ya deportivo sino vital: encontrarse en el lugar adecuado en el momento adecuado. Un club a la deriva a lo largo del invierno, del que llegó a dudarse que fuese capaz de meterse en los play-off, que se encontró tras el confinamiento con un nuevo formato y una condición física superior a la de sus pares. No resta un ápice de mérito, desde luego. Al contrario, aumenta la leyenda de Dusko Ivanovic, cuya histriónica coleta le confiere un aire de viejo filósofo cuyo reino ya no es de este mundo. La capacidad de doblegar el azar a su favor se resume en la última jugada. Planeada inicialmente con Janning en la pista, los árbitros indicaron al tirador estadounidense que tenía que marchar al banquillo por un rasguño que debía de sangrar, mandando al traste la pizarra. El improvisado sustituto, Achille Polonara, presionado por un alud de contrarios, fue capaz de ver la puerta atrás a la que lo invitó Vildoza y dio la asistencia decisiva. Lugar adecuado en el momento adecuado. A ese instante crucial el Baskonia había sido arrastrado por los puntos del base argentino, el arrojo de un desacertado aunque voluntarioso Shengelia, la entereza desde el tiro libre de Diop y algún destello puntual de Shields. O puede que simplemente por el inoportuno reto a la providencia de Pesic. Que cada cual elija lo que prefiera. En cualquier caso, felicidades al campeón.

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