El Real Madrid gana una Liga cada 2’6 años y la Champions cada cinco. No hace falta añadir mucho más. En semejante recorrido la suerte es una anécdota, igual que los vientos en contra o los soplidos a favor. Si algo ha demostrado el Madrid postconfinamiento es que nada le altera, ni la ausencia del público, ni la falta de abrigo en su estadio, ni siquiera la ventaja con la que partía el Barça cuando se reabrió el mundo. Existe un tipo de determinación que sólo tiene el Real Madrid y esa es, en última instancia, la gran diferencia. Creer.

Se dice que en el Real Madrid los entrenadores no marcan épocas, que son los jugadores. Se ha cumplido casi siempre, pero esta vez no. Esta ha sido la Liga de Zidane por encima de la brillante campaña de Courtois, Ramos, Casemiro o Benzema. Quien apostó por los veteranos fue Zidane, quien aplazó la revolución que reclamaba el pueblo, quien degolló a Bale sin que saliera sangre, quien ha sabido alternar minutos con rotaciones que no entiende nadie. Zidane ha sido la clave. La motivación del equipo es suya, la tensión y las sonrisas. Ese grupo, salvo mínimas excepciones, es feliz.

Entre los enormes méritos de Zidane está haber tapado el socavón que dejó Cristiano Ronaldo. La esperanza parecía muy lejana entonces. Se habló de travesía del desierto, de la amputación del gol y de equipo avejentado; nada era inventado. Sin embargo, Zidane creyó. Y a su alrededor fueron creyendo todos. Y según la esperanza se hizo contagiosa, el Barcelona empezó a perderla. Debe ser insoportable tener un enemigo así y lo será todavía más como se le ocurra eliminar al City.

Dicho lo anterior, no ha sido una temporada brillante. Las principales virtudes del campeón han sido la constancia y la inquebrantable fe en sí mismo. La solidez. La seriedad. La concentración. Y esas luces no son brillantes, aunque sean intensas. En las últimas diez victorias no ha sobrado nada y nunca sabremos si el equipo dio lo justo o todo lo que tenía. Supongo que no importa mucho, aunque volvió a suceder contra el Villarreal. El Real Madrid hizo lo que necesitaba para ganar. Marcó primero Benzema, como resumen de su gran temporada, y el segundo gol llegó en un penalti inexistente a Sergio Ramos que quiso tirar luego con una acción improcedente, indirecto para Benzema. No hacía falta esa extravagancia. Por fortuna, los abrazos traspapelan la niñería. La celebración lo invade todo, aunque sea con sordina. El éxito es tan inapelable como el fracaso del Barcelona. La verdad es machacona: el Real Madrid no falla o no suele. Tenga mucho o tenga menos. Y no es que siempre esté bien, es que siempre está convencido.

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