Los de mi generación somos muy afortunados. Con 5 años, vimos al Real Madrid ganar una Copa de Europa y pensamos que eso era lo normal. Con 16, disfrutamos de una Eurocopa y con 18 del primer Mundial de la Selección española. Nacimos en la era del ‘no es para tanto, no parece tan difícil’. Pero vaya si lo era.

Que hayan pasado 10 años desde que España ganó la Copa del Mundo me abruma. Me lo recordó Juanma Trueba y me sentó como un puño en el estómago. No puedo creer que hayan pasado diez años de aquella noche en que los enanos nos hicieron tan felices. Fue una época interesante en mi vida, 18 años, el adolescente seguía muriendo poco a poco dando paso a otra persona más adulta y menos trágica.

Los cuartos de final y la semifinal me habían pillado en un viaje de fin de curso que hicimos unos cuantos amigos a Salou. Un viaje plenamente cultural, repleto de visitas a museos y a conferencias interesantes. La final, en cambio, la recuerdo con más nitidez. No hay muchos partidos que recuerde dónde los he visto, pero la final de la Copa del Mundo del año 2010 es, sin duda, uno de ellos.

Estaba en Comillas, Cantabria, con mis padres. Vimos la final en una tele de tubo de rayos catódicos del salón. Mis padres estaban en el sofá y yo en una colchoneta en el suelo. El partido fue una agonía. Robben nos dio un susto de muerte, pero menos mal que estaba el Santo. Nos pegaban tantas hostias los holandeses que yo a veces dudaba de si estaba viendo la final de la Copa del Mundo o una película de La Sexta. Esa patada de Bruce Lee que De Jong propinó a Xabi Alonso es un golpe prohibido hasta en artes marciales.

Cuando marcó Iniesta y todo fue gozo y alegría, me di cuenta de que estaba solo en ese pueblo. No conocía a nadie, no tenía amigos por allí. ¿Con quién iba a celebrar el final de la Copa del Mundo? Miré a mi alrededor y vi que allí estaban mis padres. Entonces supe que no estaba solo, que aquellas personas no eran los trastos molestos en los que se convierten durante la adolescencia. El adolescente moría.

Que hoy se cumplan diez años del gol de Iniesta, de la primera Copa del Mundo de España, significa que han pasado diez años desde aquella noche en la que salí con mi padre a celebrar el triunfo en un pueblo que aquella noche parecía casi deshabitado. Yo con 18 años y mi padre con 48 deambulamos por frías calles en busca del abrigo de algún bar.

Entramos en uno con las luces dadas y vimos que aparte de nosotros solo había cuatro personas más. Mi padre se cachondeaba de la situación. Pedimos una copa y nos la tomamos juntos. Probablemente, la primera copa que tomé en presencia de mi padre. Vimos que en el bar tenían un billar y, tal y como estaba el ambiente, nos pareció que la mejor idea era echar una partida.

Y allí estaba yo con mi padre, cuando España alcanzó la máxima gloria futbolística, celebrando la victoria jugando al billar. A mi padre, por supuesto, se le daba mucho mejor que a mí. Aunque en el fondo ninguno de los dos éramos demasiado habilidosos. La noche se alargó, porque la partida se tornó en interminable.

Nos terminamos un par de copas y nos fuimos a casa. Contentos por la victoria, arropados por la tranquila noche de un pueblo cántabro y con la certeza de que las cosas cambiaban en mi vida y de que tenía que practicar más al billar.

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