Se consumían los últimos minutos del partido y el Extremadura cantaba como un cisne triste y moribundo. Sus disparos lejanos y sus ocasiones marradas fueron el adiós de los de Mosquera (apellido con resonancias cadistas) a la categoría de plata. Tras el pitido final, Nano Mesa lloraba de felicidad sobre el césped. No está conseguido, pero casi. Todos lo sabemos, pero nos resistimos a decirlo en voz alta porque los sueños tienen el sueño ligero y se despiertan con un susurro.

Y es que dice el lugar común que el fútbol es un estado de ánimo, pero la realidad es que suelen presentarse por parejas. En el Francisco de la Hera la melancolía extremeña y la alegría contenida de los andaluces bailaron un vals sudoroso y lento, aplastadas bajo el calor unánime. En estas condiciones no era sensato esperar demasiado y no lo hubo (aunque sí lo suficiente).

Desde los primeros compases el partido desplegó su cartografía sin dobleces: seré un choque aburrido y plano, sin accidentes geográficos dignos de mención. Y en efecto, el balón rodaba con la modorra propia de los torneos de verano, entre piernas carentes de tensión competitiva, en este caso no por la desgana, sino por la fatiga acumulada (demasiados partidos, demasiado esfuerzo) y la ominosa canícula.

El Cádiz se acomodó en el césped con un dibujo que parece gustar a Cervera para desgastar al rival en ciertos encuentros. Ante la ausencia obligada de Álex, colocó a Bodiger en la media punta y a Álvaro Giménez en banda derecha. Lo que les falta de mordiente ofensiva lo compensan con su incansable brega, salvoconducto para entrar en el once de nuestro míster.

Por su parte el Extremadura salió a quemar sus naves, pero en su astillero solo encontró algún esquife que había conocido tiempos mejores. El orden cadista y la atonía local se confabularon para componer una sinfonía de balones trompicados, un pimpampún de golpes arrítimicos e intentonas sin fe. El gol, de llegar, llegaría a balón parado.

Y en efecto, así fue.

En el minuto 23, Bodiger transformó una jugada sin futuro en una falta lateral. La botó José Mari y Lozano, tras un movimiento sencillo y efectivo, se hizo con el hueco necesario para rematar a placer. El Cádiz había realizado un trabajo profesional y aséptico. No es nada personal, solo negocios, parecía decir el Choco en su tranquila celebración.

Como hasta el descanso el partido no ofrecía grandes atractivos, me fijé con más atención de la recomendable en las gradas digitalizadas. Este público, tan uniforme y modosito, habría hecho las delicias de cualquier gobernante búlgaro de los años setenta. Se echan de menos los exabruptos, las pancartas, los planos cortos de los niños comiendo pipas. Volverán.

En la reanudación se lesionaron los dos arietes en el lapso de diez minutos. Primero Álex Alegría tuvo que ser retirado en camilla. A continuación, Choco Lozano se marchó al vestuario con un problema muscular (demasiados partidos, demasiado esfuerzo, creo que ya lo dije).

El juego seguía sin generar demasiadas noticias. El Extremadura no tenía paciencia y el Cádiz no tenía necesidad, así que el balón parecía querer vivir sus propias aventuras intentando eludir a pretendientes tan poco airosos.

A medida que se aproximaba el final, los locales acentuaban levemente la presión. Algún intento de Nono puso en apuros a la zaga amarilla, pero fueron más fuegos de artificio que hogueras de San Juan. Los gaditanos, por su parte, seguían con su trabajo profesional, basculando, multiplicando piernas que obturaban pases, haciendo faltas tácticas. El botín estaba demasiado cerca y era demasiado bueno para perderlo. Faltaba un segundo gol para respirar hondo, pero finalmente no fue necesario. Ortiz Arias señaló el camino de los vestuarios, el sendero del sueño cadista y la pesadilla extremeña.

No está conseguido, pero casi. No lo digan muy fuerte, por favor.

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