Querido P.:

Hubo una época en la que el Real Madrid ganaba Ligas como ficha un funcionario: con un punto de desgana, entre el hastío y el bostezo, con la cabeza en el vermut del día siguiente. Tu generación creció en esas décadas, y semejante periodo de bonanza, intuida eterna, terminó por atribuir al torneo de la regularidad una condición de ligero aperitivo, cuya consecución servía como mero trampolín para acceder al reto auténtico, la Copa de Europa. A los madridistas millennials, en cambio, condenados a madurar en medio de la crisis que se inició en 2008 —me refiero, evidentemente, a la eclosión de Messi, mucho más dañina que aquello de Lehman Brothers—, jamás nos pareció que el título liguero nos perteneciese por derecho. Al contrario, ya te expliqué una vez que nuestro Madrid, hedonista, irregular, cortoplacista y ciclotímico, llegó a convertir en seña de identidad el alternar las gestas europeas con intolerables incomparecencias en el día a día, como si pretendiese homenajear con esa actitud al tópico de la irresponsabilidad adolescente.

En este contexto, el valor de la Liga conseguida aumenta muchísimo. Pero aún habría que subrayar algunas consideraciones más. Frente a la primera etapa de nuestro entrenador en el banquillo blanco, en la que el equipo parecía instalado en un final feliz perpetuo que invitaba siempre al optimismo, estuviese justificado o no, este segundo periplo ha presentado un cariz completamente distinto. Los partidos han constituido poco menos que un parto y, en lugar de la exuberancia despreocupada del primer Madrid de Zidane —capaz de sepultar los borrones con un alud de goles, la mayoría en el descuento—, la solución del segundo ha pasado por un blindaje defensivo, más hijo de la voluntad que del orden, a pesar del cual se ha necesitado la intervención de un extraordinario Courtois en numerosas ocasiones. El Madrid ha bajado al barro cuanto ha sido preciso, como en una canción de Sabina, aunque sustituyendo el poético malditismo —más bien colchonero— por la seriedad. Nada de derrochar la bolsa y la vida.

A falta de fuegos artificiales, han abundado los héroes de lo cotidiano, especialmente presentes en el encuentro de anoche, un pequeño resumen en sí mismo de toda la temporada. En el primer gol se juntó la mayoría de sospechosos habituales: Casemiro en la anticipación, Modric en la dirección de la jugada y Benzema en la redención divina —perdónalos Karim, porque no sabían lo que decían—. En la segunda mitad, con el Villarreal controlando el balón y el Madrid de nuevo en su papel de superviviente, volvió a agigantarse Ramos, cuya jerarquía dominó las dos áreas hasta el punto de obtener una propina en forma de penalti inexistente. Sobre la cuestión arbitral también hemos departido este año, y sabemos que los antis empaquetarán esa jugada junto a otras cuatro o cinco dudosas —excluyendo las que no interesen— hasta conformar un vídeo de YouTube que inundará las redes sociales, más o menos entre los que niegan el Covid y los que lo atribuyen a una conspiración de los sabios de Sión. Ante esta perspectiva ineludible, quizá la mejor manera de actuar sea la de Ramos y Karim, que montaron un circo de tres pistas a la hora del lanzamiento de la pena máxima, como si se la estuviesen tomando a broma. Todo menos entrar a discutir con la cofradía del santo reproche. 

Con el pitido final, la euforia se manifestó de modos variopintos e insospechados. Mientras Florentino pregonaba templanza en su acostumbrada tournée du grand duc por las emisoras televisivas, el hierático Zizou, cuyo abanico gestual apenas había incluido en casi cuatro años la media sonrisa irónica y el encogimiento de hombros, rompió a llorar, demostrando así la cantidad de tensión acumulada tras su vuelta. Llegados a este punto, no resulta descartable ni otro portazo que suene como un punto de interrogación ni una remontada imposible ante el Manchester City. En cualquier caso, en una institución en la que los triunfos duran lo que los manidos peces de hielo en el whisky on the rocks, recuperar la tradición de acumular ligas se antoja necesario para los tiempos duros y de vacas flacas que han de venir tras la pandemia. Una forma de enlazar el Madrid en el que se reflejan los millennials con lo que el Madrid siempre fue. La frente muy alta, la lengua muy larga y la gloria muy corta.

P.

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