Marcaba el cronómetro el minuto 58 de partido (ganaba ya el Cádiz al Oviedo por dos tantos a cero) y Sergio González se dirigía a la banda con paso vivo. Por su mejilla derecha se deslizaba, insolente, un reguero de sangre. El canterano se reintegró al césped con un gorro azul que le otorgaba un impropio aire de nadador o waterpolista. Sea como fuere, siguió corriendo y sangrando hasta cerrar su mejor partido como profesional en el que fue algo más que un buen centrocampista: fue un símbolo —o un trasunto— de la lucha indesmayable de este equipo contra sus limitaciones en pos de la consecución de un sueño.

El partido había comenzado con un ritmo frenético. Para empezar, el rostro de Sergio chocó contra la cabeza de Tejera, origen de lo narrado en el párrafo anterior. La herida abierta necesitó cuidados intensivos en la banda, cambio de camiseta y vendaje (de los conocidos como aparatosos). Se descartó la transfusión. Casi sin tiempo para recuperarnos del susto, el mismo Tejera hizo una mano tan absurda como diáfana y le dio a Álex la oportunidad de fallar su primer penalti del curso. Ignorantes del futuro (como cualquier mortal) temimos entonces que lamentaríamos aquel error. No fue así. Siguiendo con la catarata de incidencias, el trencilla decidió expulsar a Ibra, suplente esta noche en el equipo visitante. Si aún existiera el Marcador Simultáneo “Dardo” su encargado hubiera pedido hoy un plus.

Tras estos borbotones, las aguas se calmaron. El partido comenzó a apaciguarse y adquirió un pulso lento, carente de fluidez y ayuno de ocasiones. Los envíos de Salvi o Espino eran repelidos con facilidad por la defensa asturiana. Los visitantes, por su parte, no encontraban tampoco la manera de inquietar a Cifuentes, bien tutelado por Cala y Marcos Mauro.

Las apuestas apuntaban a un descanso en tablas, pero los hados del fútbol tenían otros planes. En el minuto 43 Sergio decidió hacer un magnífico cambio de juego, de banda a banda. El Pacha y Perea combinaron con inteligencia para que el lateral ganara la línea de fondo y centrara raso. Ante la desatención de Arribas, Choco Lozano le ganó la partida a su par y embocó el primer tanto.

En el descanso, muchos cadistas se dedicaron a una afición recién descubierta: calcular los puntos que faltan para asegurar el ascenso. Dado que la cultura popular está llena de advertencias contra estas prácticas, me abstendré de comentario alguno.

Volvieron al campo los de Cervera con el firme propósito de asegurar la victoria. Tras el dubitativo reencuentro con la competición, el partido de hoy empezaba a adquirir el carácter de punto de inflexión y no era cuestión de desperdiciarlo. Nadar y guardar la ropa, prudencia, etc…

Pero hete aquí que un centro de Salvi sin aparente peligro era despejado por Lucas de una manera tan espantosa que el balón terminó en la bota derecha de Lozano. El hondureño remató con tanta potencia como fe y el segundo gol se hizo carne.

Quedaba por delante un universo de minutos de presunto sufrimiento. Debo reconocer que durante un tramo del segundo tiempo temí por el resultado tras algunas acciones peligrosas de Rodri o alguna internada de Viti por la banda izquierda. Tal vez sea el momento de calcular una fórmula matemática que relacione la angustia subjetiva, la identificación emocional y las ocasiones reales. Así sabríamos el papel que juegan las filias del cronista a la hora de contaminar sus análisis.

El caso es que el encuentro fue muriendo sin que el marcador se alterase, con la noticia destacable del debut de Augusto Fernández con los amarillos (no estuvo en el campo muchos minutos, pero lo que hizo lo hizo bien).

Consiguió el Cádiz los tres puntos en juego, abriendo brecha con el Almería y quedando a la espera de que algún rival aragonés pinche mañana. Y lo consiguió con sangre, sudor y goles.

A seguir así y, puestos a pedir, con algo menos de sangre.

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