La deriva venía intuyéndose hace tiempo pero el referéndum nunca se celebraba. A última hora siempre se evitaba la votación final por mucho que una mayoría ruidosa se manifestara al grito de «¡A Segunda oé, oé!» Los resultados, a veces por la mínima daban la razón, que no la victoria, a los periquitos. La maravillosa minoría sacaba a duras penas su enmienda a la totalidad y el derbi de la Ciudad Condal permanecía un año más entre nosotros. Así durante 27 años hasta que anoche en un frío y desvirtualizado Camp Nou se consumó la tragedia. El Espanyol ya vuela hacia el infierno y Barcelona es hoy un poco menos diversa y un poco más coja sin su centenario derbi.

En ese descenso hacia los infiernos esperado por una gran parte de aficionados culés (quizá los más radicales) durante las últimas décadas, no hubo gritos ni cánticos. Tampoco pancartas. Pero la justicia poética se quebró entre petardos y fuegos artificiales. En un Camp Nou vacío de burlas ante el drama del vecino, el ingenio se alió con la pólvora para recordarle a los pericos que su desdicha era una fiesta para una parte de la ciudad. El contraste fue el sufrimiento deportivo del Barça para sacar los tres puntos ante el colista y dar la puntilla a sus vecinos. El contraste fue Leo Messi dándole ánimos a Rufete tras consumarse el descenso. Algunos entendieron hace tiempo que es el rival el que te hace grande.

El Espanyol se presentó prácticamente desahuciado en el Camp Nou. Quizá por ello avivó el espíritu de Tamudo, presente en las gradas anoche, para buscar el imposible. Esa quimera consistía más en descarrilar definitivamente al Barça de la Liga, que en mantenerse conectado a la primera división. ¿Cuántos pericos hubieran aliviado su dolor con un empate que no les salvaba pero sí despeñaba al Barça? Recuerden que los extremos se tocan.

Y por ahí, por esa motivación cainita del mal ajeno, pueden explicarse algunos de los motivos que han llevado al Espanyol a esta situación. Los blanquiazules llevan una década viviendo de un gol que evitó una Liga del Barça. El Tamudazo ha sido el único recuerdo al que aferrarse para seguir alimentando una pasión que tenía dos días marcados en el calendario: Los del derbi catalán. Ganar esos partidos ha salvado más de una temporada. Atrás quedaron cotas mayores como esa final de la Copa de la UEFA perdida ante el Sevilla o las finales coperas de principios de siglo.

Ese viaje hacia la mediocridad deportiva también ha ido acompañado de una pérdida de identidad y pertenencia lacerante. Al Espanyol se le ha exiliado de Barcelona, llevándole a un estadio situado más allá del extrarradio de la ciudad, por más que el RCDE Stadium sea un campo moderno y acoplado a los nuevos tiempos. Solo hay que ver el cisma que se creo en el Atleti al cambiar su estadio de barrio, que no de ciudad. Los directivos del Espanyol, tan pendientes como tantos otros de las cuentas de resultados, no repararon en el daño que eso le haría al club. El nuevo estadio, ni siquiera en los momentos más boyantes del club, se ha llenado habitualmente.

Tampoco ayuda la propiedad extranjera. Síntoma inequívoco del nuevo fútbol que corta de raíz con los lazos de proximidad y de pertenencia de cualquier comunidad hacia su equipo de fútbol. Cualquiera que haya tenido un proyecto, sea el que sea en su vida, sabe que no estar encima de él las 24 horas te aboca al fracaso. Tenemos ejemplos varios en nuestro fútbol y ninguno de ellos han demostrado ser buenos jugadores del PC Fútbol. Solo esta temporada el Espanyol ha tenido cuatro entrenadores. Entre todos ellos han conseguido cinco victorias.

Quizá el rumbo empezara a torcerse definitivamente con la abrupta salida de Rubi, cuando los pericos habían encontrado una cierta estabilidad. Ninguno de los dos encontraron la felicidad al separar sus caminos y quién sabe si podrían reencontrarse ahora en segunda. Ahí la papeleta será reajustar sueldos y presupuestos, encontrar jugadores comprometidos y acertar con las decisiones estructurales de la entidad, desde la presidencia al banquillo. En las malas siempre aflora el carácter y es ahora cuando la maravillosa minoría debe apoyar con más fuerza a los suyos.

Mientras tanto en la otra acera sonríen condescendientes los culés. Emponzoñados en su propio barro han encontrado en las penurias del vecino una alegría con sordina. Una forma de aliviar su particular tránsito hacia el cadalso. Algo que también habla del estado real de las cosas en Can Barça. Porque no le conviene a los culés este descenso del Espanyol, por más que piensen que los rivales son otros y que el monopolio incontestable que mantienen en la ciudad ampliará ahora sus fronteras. Nada más lejos de la realidad: un vecino competitivo estimula y engrandece, te mantiene alerta, te obliga siempre a mejorar. Acuérdense de su compañero de pupitre, o mejor miren a Simeone y su Atleti. Ese quizá deba ser el espejo de los pericos para volver a volar alto. Entonces sí, habrá que tirar cohetes.

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