En invierno de 2018 un grupo de distinguidos ejecutivos vestidos informalmente, como se lleva ahora, especialistas en marketing y el diseñador jefe de fútbol de la marca deportiva que equipa a un club puntero a nivel mundial acudieron a media mañana a las oficinas centrales de dicho club deportivo, en la calle Arístides Maillol s/n, 08028, Barcelona. Sorprendidos del buen tiempo, veinte grados centígrados en pleno invierno, un sol mediterráneo radiante, ni una nube en el cielo, demoraron su acceso al edificio tomando el segundo café del día en una terraza cercana. Se animaron, la energía crecía, el optimismo también, compartían confidencias y anécdotas graciosas, su talante se tornó osado y, justo antes de comenzar la reunión, en el ascensor que los elevaba a la sala de reuniones del segundo piso de las oficinas del club, el jefe de marketing sorprendió:

—Vamos a intentar que sea la de los cuadros.

Tomando un agua mineral ridículamente cara mientras esperaban a los representantes blaugranas en las soleadas oficinas, con vistas a una zona arbolada, tuvieron este esclarecedor diálogo:

—No van a aceptar ni en broma.

—Claro que lo harán.

—Es una decisión suicida.

—Precisamente por ello. Solo los miedosos toman este tipo de decisiones.

—Pero va en contra de la esencia del club. Si son barras, son barras…

—Eso a ellos no les importa. ¿No les colamos una zamarra degradada?

—El año del Tata Martino, sí… así les fue.

—Y otra de barras horizontales. Ganaron la liga. Además, ¿recuerdas que en el primer año de la era Guardiola vistieron una camiseta partida en dos mitades? Ganaron… ganamos todo. Todo.

Intercambiaron impresiones, unos afirmaban que era una locura, el diseñador argumentaba que en momentos de éxito hay que apostar por diseños continuistas, y en los de incertidumbre o sequía deportiva hay que animar a la masa social con diseños atrevidos, rupturistas, que rompan la dinámica. Parecía prever la debacle de Liverpool del mayo siguiente. No se ponían de acuerdo. En ese momento accedió el grupo de ejecutivos blaugranas, acompañados sorpresivamente del presidente, al que no se esperaba en esa reunión.

—El señor Bartomeu tiene solo quince minutos, hagamos que esto sea rápido, ¿de acuerdo, caballeros? —comentó un vicepresidente del Barça— ¿Qué nos traen?

En junio de 2019 se presentaba la camiseta más contracultural, inapropiada y fea de la historia del Barça, que iba a vestirse durante la temporada 2019-2020: un mantel de cuadros azules y rojos que iba a tener que portar Messi y que era poco menos que la pesadilla de un daltónico. Que el primer jugador al que se la viéramos puesta fuera Griezmann, que rechazó de manera infantil y televisada al Barça el año anterior, solo abonaba la confusión y el surrealismo. Alguien en las oficinas de Nike estuvo descojonándose durante días. Ha sido de las más vendidas de los últimos años. El FC Barcelona vive instalado en la autocomplacencia, el engaño y el recuerdo de glorias recién pasadas que no puede mantener. La camiseta a cuadros representa perfectamente ese espíritu. Parece el Barça, pero ya no lo es.

Ya comentamos el año pasado por estas fechas la degradación del club blaugrana, reflejada en el desempeño del primer equipo, con culpas alícuotas (de menor a mayor) de jugadores, entrenador y directiva. Los acontecimientos de este año han confirmado el retrato, pero han cambiado el orden del segundo culpable. Los jugadores han adelantado al entrenador en tan triste competencia. Los males descritos se han agravado en todos los estamentos.

Entrenador: el cambio a mitad de temporada de Valverde por Setién ha demostrado que tanto monta, monta tanto. En el medio año que Valverde sobrevivió gracias a la intervención salvadora de los jugadores a final de temporada pasada continuaron apreciándose las mismas carencias tácticas, la falta de ritmo e incluso empeoró el desempeño defensivo. El equipo se mostró largo, destensado, con poco ofrecimiento para el pase y ningún desmarque al espacio. El impulso que trajo el credo pseudo cruyffista de Setién duró pocos partidos. Se apreciaron nuevos matices tácticos, se probó una defensa de 3 o 5, según quisiera verse, no funcionó, se volvió al 1-4-3-3 con un escalonamiento diferente de los interiores, parecía haber algo más de movimiento delante del balón, pero tras unas semanas se volvió a la inercia: se jugaba andando, sin tensión, de forma reiterativa, retórica y aburrida. Parecía que con el cambio de entrenador no era suficiente. Estaban acomodados con Valverde y tras dos semanas de disimulo se acomodaron con el nuevo preparador. El inicial optimismo de Setién devino en seriedad y tristeza. Todo era tedioso. He iniciado conversaciones de whatsapp largas mientras jugaba el Barça, del aburrimiento que tenía. ¡He llegado a comprarme ropa online mientras Messi buscaba a quién pasarle la bola! Un pecado imperdonable, pues son sus últimos años en el fútbol y debería querer aprovechar cada momento juntos, pero su equipo no nos deja…

Da, además, la impresión de que el entrenador no ha caído en gracia en el grupo, y menos aún su segundo. A jugadores que han ganado tanto les debe hacer gracia que les dirijan o aconsejen personas que no son mitos vivientes. O que les manden correr y esforzarse en el entrenamiento, en el partido. Cuánta soberbia. Me viene a la mente la anécdota de Benítez enseñando a Cristiano a golpear el balón, lo que le valió no pocas bromas en el Real Madrid  y un despido diferido un par de meses, o lo que dijo el Tata Martino a Messi a mediados de su única temporada en el Barça: “Ya sé que usted manda y que mi puesto de trabajo depende de su aprobación, pero no me lo haga notar tanto todos los días”. Hilarante y terrible a la vez. La falta de autoridad o guía es mortal para cualquier grupo. Y eso le corresponde, o debería, al entrenador. Miren a Simeone.

Por primera vez en años, y esto es ABSOLUTAMENTE ATERRADOR para los culés, Messi ha mostrado un rendimiento declinante

En lo futbolístico, cualquier adversario con intensidad física, presión a todo campo y vigor le ha complicado la vida al Barça. Si no tenía esas cualidades, bastaba con cerrarse en bloque bajo, con formación en caja, laterales e interiores colocados a la anchura del área, dejando las bandas libres, y el equipo blaugrana se atascaba ahí. No existen los desbordadores en la plantilla salvo Dembelé, cuya novela escribiré en unos años, cuando la realidad supere la ficción. Ese chico podría ser el mejor del mundo cuando Messi se retire, pero seguramente acabará siendo el cruce despistado entre Anelka y Prosinecki. Sigo, que me pierdo. No habiendo desborde por banda (Semedo no puede, Alba no quiere), no existiendo desmarques en profundidad, todo se deja a la inventiva de Messi, que por primera vez en años, y esto es ABSOLUTAMENTE ATERRADOR para los culés, ha mostrado un rendimiento declinante: menos regate, más fallos, peores elecciones, intención de recibir en zonas más cómodas para luego intentar el milagro… Si es producto inevitable de la edad o reconducible hartazgo, lo sabremos en cuanto esté bien rodeado. Si es que eso sucede en los próximos dos años. No queda mucho tiempo.

Sin darnos cuenta, hemos mezclado culpabilidades y hemos pasado del entrenador a los jugadores. Están juntos en el vestuario pero los que salen al campo son los segundos, y el cambio escaso entre el equipo de Valverde y el de Setién refuerza la acusación sobre ellos. Es un grupo gastado, viejo, mandón, hastiado de jugar, de ganar y de verse las caras. Seguro que Piqué espera encontrar quince compañeros nuevos cuando llega en ala delta al campo de entrenamiento, sin saber que él es parte sustancial del problema. Y no por actitud, que también, lo es por mera presencia. Hay un grupo central de jugadores ya treintañeros, exitosos y con mucha personalidad que manda en el vestuario, no importa quién dirija, y en el campo. Y ello es un drama desde cualquier punto de vista. Carreras de menos, comodidad táctica, paso cansino, falta de respeto a la autoridad del entrenador. La mayoría piensa que puede jugar al ritmo de Messi, que es efectivamente andando, pero nadie lo puede hacer salvo el genio argentino, que calcula millones de jugadas por segundo mientras pasea y espera que el balón le llegue. El resto se atribuye unas prerrogativas que no les corresponden. Muchos han renovado hasta los treinta y tantos por agradecimiento por los servicios prestados y se han dedicado a holgazanear desde entonces. Jordi Alba ha dimitido, presenta una malísima actitud, pendenciero y tácticamente cobarde, no tira un desmarque a la espalda de la defensa desde hace meses; Piqué ha penado, cubierto de tarjetas, llegando tarde a todo, pendiente de la Davis y las excusas arbitrales; Umtiti es un ex jugador al que no pondrían más de media hora en un partido de veteranos, hielo en las rodillas y agua con azúcar con una sonrisa en el banquillo al ser sustituido; Busquets, el más responsable, el líder táctico silencioso del equipo, ha faenado sin sentido en aguas abiertas, mejoró algo cuando el equipo se compactó al llegar Setién, pero se le aprecia triste y cansado, lo imagino intentando convencer a sus compañeros de hacer mejor las cosas, mientras el resto se mira al espejo o mira la vitrina del Museu; Rakitic, Vidal, excelentes jugadores, han pasado a ser complementos irrelevantes e intercambiables; Arthur fue un espejismo, esa nueva novia que te recordaba al amor de tu vida, pero nada más, ha sido irrelevante y comodón; hay unos cuantos que cumplen: Sergi Roberto, Lenglet, clase media que aporta lo suyo, al menos, en estos tiempos ya es suficiente, pero que no cambia inercias ni decide partidos; otros son fichajes decepcionantes (Junior) o desaprovechados (Griezmann: se han dado cuenta de que no era extremo en julio, un año después), lo que demuestra que no hay nadie al volante en la secretaría técnica. No hay plan.

Hay dos casos especiales: Suárez, seguramente el mejor delantero de la historia del Barça, extraordinario goleador y feroz competidor, al que solo su voluntad y esfuerzo salvan de un evidente declive. Pesa mil quinientos kilos. Solo pensar en las carreras profundas y la presión de Eto’o me hace llorar. Suárez es una retroexcavadora Caterpillar, todavía puede tirar algún árbol, pero no construir una casa. Necesita un relevo urgente, él lo sabe, pero el club no.

El otro es De Jong, del que hacemos suspensión de juicio puesto que la suya ha parecido una temporada de adaptación. Ha jugado correctamente, es un superdotado técnica y físicamente, pero no ha mandado, no ha transformado, no ha creado. Ha acompañado bien, muy bien a veces, pero eso es poco para un jugador que puede ser histórico. Lo están acomodando y quizá estropeando.

Solo presentan luces, brillantes, pero escasas: Ter Stegen, que empezó dubitativo pero ha estado colosal; Ansu Fati, un diamante al que esperemos no conviertan en Bojan o Munir, el chico transforma en oro todo lo que toca, promete una carrera estelar y cuenta con la bendición de Messi; Riqui Puig, La Masía encarnada, emoción en mi corazón, ¡un centrocampista técnico y liviano que sabe colocarse, tocar y moverse! Y Messi, que pese a lo mencionado, es Dios, su hijo y el Espíritu Santo en este club. Cosa que, sin ser culpa suya, lo convierte en un problema cuando es la única solución.

En el debe de los jugadores hay que apuntar un problema que puede achacarse también a la directiva: los sustitutos de las glorias históricas retiradas los últimos años no han rendido siquiera remotamente como aquellas, ni siquiera han rendido como lo hacían antes de llegar al Barça. Jugadores con pinta estupenda como el mencionado Dembelé, el propio Umtiti, el triste André Gomes, el inefable Coutinho. Hay muchos más, ya se me han olvidado, tal fue su trascendencia. Lo que los une, más allá de su pobre desempeño, es la ausencia de rebeldía para revertir su situación. La debilidad de carácter conlleva un destino poco glorioso en el competitivo mundo del fútbol. Y en el otro.

La dirigencia ha seguido abundando en los errores mencionados al acabar la temporada pasada, en resumen: no creer en el modelo que hizo grande al Barça, eliminando todo rastro de Cruyffismo; no fomentar una cultura de confianza en la cantera, de ascenso de jugadores al primer equipo, vendiendo  jóvenes promesas o dejándolas escapar; convertir al club en un mercadillo de compraventa, malgastando recursos económicos y sentimentales, a lo que se añade como novedad los casos de espionaje, las luchas internas para suceder a Bartomeu y, como guinda, la planificación de una pretemporada estilo Harlem Globertrotters para recaudar el dinero derrochado, condicionando el estado físico ya precario de una plantilla que no brilla en ese aspecto, y que no se ha remontado en toda la temporada, ni con la ayuda del descanso del confinamiento.

Queda esperar pacientemente a que cambie la directiva, Xavi termine de cocerse y se alineen los astros

Al Barça le ha honrado disputar la Liga hasta el final, no se ha dejado llevar como hace el Real Madrid cuando dimite en enero para centrarse en la Champions, pero eso abunda en la idea de que con lo que tiene no le da. Tampoco parece que vaya a emular a su némesis en la máxima competición continental, triunfando en el trance más difícil cuando se ha fracasado en los medianos, aunque en cuatro partidos, contando con Messi, cualquier cosa puede pasar. En realidad, da igual. Ni consiguiéndolo sería aconsejable aplazar la renovación del club, que debería pasar obligatoriamente por la convocatoria de elecciones y la entrada de aire fresco al club, de arriba abajo, que cambie la dinámica declinante, que reavive el aspecto ajado que ha adquirido la entidad blaugrana en su totalidad. No tiene pinta de suceder, menos aún cuando la competición ha sido sin público y el soci no ha podido expresarse ni presionar. Salvo catástrofe en Champions, falta un año para las elecciones, así que el futuro no pinta halagüeño para el Barça. A falta de un relevo generacional, con un mercado en contracción, sin dinero en caja, con jugadores sin mercado por su empequeñecimiento, no parece que pueda cambiar mucho de cara al año que viene. Solo lo podría conseguir un entrenador con máxima autoridad para hacer limpieza en el vestuario, sentar o vender a las vacas sagradas, implantar una cultura de esfuerzo y mérito, y que trabaje tácticamente a fondo al equipo. Pero de esos hay tres o cuatro, nada más, ninguno irá al Barça. Queda esperar pacientemente a que cambie la directiva, Xavi termine de cocerse y se alineen los astros. Peor estaba el equipo cuando terminaba la era de Rijkaard, y al año siguiente comenzó la época más dorada del club. No hace falta aspirar a tanta excelencia, pero sí acercarse a ella y alejarse de la mediocridad actual.

Hay una solución a corto plazo, pero a ello dedicaremos el siguiente artículo. Una pista: su nombre empieza por N. 

Messi explicó perfectamente al final del partido que certificó la pérdida de la Liga lo que había sucedido con el equipo. No parece que se mienta a sí mismo y no nos mintió a los culés que lo adoramos. En el vestuario lo llaman presidente, ojalá lo fuera, porque no puso paños calientes, habló clara, valientemente y su mirada era tan acerada como lo es su zurda. Transpiraba voluntad de cambiar las cosas y rabia por lo difícil de la tarea. Le da igual su Pichichi, sus goles de falta, incluso los Balones de Oro. Tiene ganas de seguir ganando y sabe que por este camino no sucederá.

Volviendo a la camiseta de este año, esta ha reflejado a la perfección la energía del momento del club, la pérdida de esencia y los compartimentos estancos, como cubículos cuadrados, todos culpables, sin comunicación entre ellos ni plan común que haga exitoso al Barça. El Barça ha pasado de ser admirado a enarbolar una ridícula bandera a cuadros (como al final de una carrera de Formula 1) que representa la confusión, la pérdida de identidad y algo peor: la rendición.

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