Está anocheciendo y estoy ya casi listo mientras la espero, tumbado en el sofá, pacientemente, con la música de una trompeta mezclada con el canto de los primeros grillos envolviéndome, sabiendo que ella va a tardar más que yo, porque siempre tarda más. Es un ritual que no ha cambiado con el paso de los años. Cuando ella se esté poniendo los zapatos, me dará tiempo a ponerme la camisa, el perfume que a ella le gusta y que hace que me abrace y apriete su nariz contra mi pecho y al final, mis zapatos, porque sé que cuando esté en la puerta, indefectiblemente, ella se dará la vuelta, corriendo sobre las puntas de sus zapatos, acordándose de algo importante que ha olvidado y tendré que ser yo el que la espere.

Hasta que llegue ese momento, yo estoy aquí, en el sofá, escuchando a Chet Baker, sintiendo cómo el verano intenta abrirse paso como puede y recordando que fue a finales de una tarde como esta cuando vine por primera vez, porque no hay noche de verano que no lo recuerde, porque no hay nada que consiga que yo pueda olvidarlo. Ella llevaba un vestido azul, unos zapatos bajos y una enorme sonrisa que la embellecía mucho más que el vestido y el maquillaje, mientras con las dos manos agarradas en el lateral de la puerta entreabierta, asomaba sus hermosos ojos negros para recibirnos a mí y a mi bolso verde con asas, donde casi cabía mi vida entera.

Mientras la esperamos en el sofá, los grillos y yo, ella continúa su invariable rito; lo primero que hace es cepillarse su pelo castaño oscuro mirándose en el espejo para luego maquillarse, pero mientras lo hace no deja de pensar en lo que se va a poner esta noche y entonces va sacando cosas del armario y, saliendo al salón, me pregunta cuál me gusta más. Yo, sintiendo que esa fantástica mujer se está poniendo guapa para mí, voy eligiendo cosas que ella va a desechar mientras yo me río, sabiendo que lo va a hacer, sin que me importe, porque en eso consiste el juego.

Porque mientras balancea una percha en cada mano, yo estoy pensando en aquella noche, cuando llegué y me senté en ese sofá, cuando esperándola empecé a hacer un cálculo de todos los besos y los abrazos que le debía la vida, todos los que no le habían dado, para apuntarlos, para que cuando yo se los diera, porque se los iba a dar, no se me olvidara ninguno, besos cortos y amorosos, abrazos intensos y dulces, besos largos y abrazos apasionados, intentando al mismo tiempo contar y ordenar todos los trozos que habían quedado de mi alma hecha pedazos ,y mientras me hallaba perdido en todos esos cálculos, ella salió espléndida, preciosa, radiante, y me preguntó si estaba bien, girándose, y yo le dije que sí, que estaba maravillosa y al salir, en la puerta y por primera vez, ella se volvió porque había olvidado algo.

Cuando llegamos a aquella cena no me podía creer que esa fantástica mujer fuese conmigo y viendo cómo todo el mundo se giraba para verla me preguntó sin soltarse de mi mano si me sentía bien y yo, mirándola, le dije que sí, que me sentía maravillosamente bien porque veía la luz del amor reflejada en los ojos de una mujer como ella y ya no se podía pedir más, sentados al borde del mar con la brisa dejándonos su aroma sobre aquella mesa sobre la que entrecruzábamos nuestros dedos.      

Al terminar, yo conducía mientras volvíamos a la casa, con las ventanillas bajadas y el viento alborotando nuestros cabellos. Ella llevaba su cabeza apoyada en mi hombro; íbamos cansados, felices y pensando cada uno sin querer decírselo al otro en si esta segunda oportunidad que nos estaba dando la vida sería cierta y no una broma del destino, y pensando cuánto la íbamos a cuidar para que nunca dejase de haber besos y sonrisas y abrazos y cenas al borde del mar, para que nada de eso se rompiera. Al llegar, nos sacamos los zapatos y entramos de la mano en la habitación y, antes de apagar la luz, mirándola, le volví a decir, para que nunca se le olvidara, que esa noche estaba maravillosa, y entonces la besé.

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