Sin tener que ser alguien siempre contestatario y notorio en la protesta, cansino en el llamar la atención, existe una forma de vivir mucho más interesante que la de la mayoría sumisa.

Consiste en no conformarse con seguir la corriente, recientemente denominada mainstream y a la que llamamos «borregada» los que tratamos de transitar fuera, de tener inquietudes, preguntas, pretensiones, reivindicaciones; los que no aceptamos lo que nos dan empaquetado para consumir y queremos encontrar lo que merece la pena, aunque no lleve abrefácil.

Esta manera de manejarse tiene más dobleces sin duda, más dificultad, exige más esfuerzo y tiempo, pero cuando nos damos cuenta que las satisfacciones son mucho mayores, es difícil volver al redil.

Hace unos días me impresionaron unas declaraciones de Ricardo Darín sobre las consecuencias de la pandemia. Decía que la economía mundial se está tambaleando porque llevamos tres meses comprando sólo lo que necesitamos. Pese al componente demagógico de la afirmación, da qué pensar. Y lo dice alguien que se prodiga poco en entrevistas y que le ha dado con la puerta en las narices a los todopoderosos de Hollywood, por lo que tiene una credibilidad de la que carecen otros colegas que pontifican a diario.

Desde los medios de comunicación, sustentados por magnates mangantes empresariales, desde las redes sociales, las editoriales y las plataformas musicales nos dicen lo que tenemos que leer, ver, escuchar, comprar, opinar…

Esta página, y no es proselitismo, —yo soy sólo un seguidor orgulloso de que de vez en cuando me dejen un espacio para divagar—, es un ejemplo perfecto. Pocas cosas hay más dirigidas, tramposas y falsas que las publicaciones deportivas mayoritarias.

A mí me importa un miércoles si a un jugador de uno de los dos equipos grandes le ha sentado mal la cena o se ha cambiado el peinado. Me interesa mucho más leer un reportaje sobre las protestas contra el racismo a través de la historia del deporte. No hay color, o mejor para este caso, no hay debate.

En Madrid y Barcelona, las diecisiete primeras páginas de los diarios deportivos están dedicadas al mismo equipo. Cuando ya la cosa no da más de sí, y espero que sea porque aún queda algún profesional con una gota de integridad y vocación periodística, empieza la información del resto. Y luego, compartiendo página con el horóscopo, la sección “Polideportivo”:  victoria de Nadal, el Estudiantes permanece en la ACB, Sagitario esta semana puede cambiar tu vida, o no.

Los seguidores de estos equipos campeones no alcanzan a entender por qué hay personas que prefieren seguir a otros, que ganan poco o nada.

Pues porque les aportan todo lo que a ellos les falta, ni más ni menos.

Por eso, cuando hay momentos malos, cuando se pierde, cuando se baja de categoría, cuando te atracan los de siempre, los seguidores de esos otros clubes apoyan más y se reafirman en sus sentimientos, se fortalece el sentido de pertenencia y de empatía (de la de verdad, no de la de Sergio Ramos). No apagan la tele, no se van del estadio y no insultan a sus propios jugadores. E increíblemente, actuar así es ir a la contra. Los adalides del contrariado somos los atléticos y dementes del Estu.

Desde hace ya bastantes años no veo la televisión. Por lo menos de la manera tradicional. Elijo lo que quiero ver, cuando lo quiero ver y cómo lo quiero ver. Cada vez somos más los que hemos llegado a esta elección, pero los índices de audiencia siguen determinando los precios en el mundo publicitario. Todavía existe una mayoría silenciosa que pone la televisión “a ver qué hay”. Y lo que hay en las cadenas nacionales es para echarse a llorar. Yo pensaba que Prime Time significaba Vulgaridad infumable, y resulta que no…

Cuanto menos es lo que nos puede aportar un personaje televisivo, mayor es la audiencia. Es una regla inversamente proporcional que se cumple a rajatabla, de extremo a extremo. De Belén Esteban a Mary Beard.

La música es una de las expresiones más subjetivas que existen, tanto a la hora de crearla y/o interpretarla, como de recibirla y disfrutarla. Esa subjetividad hace que los gerifaltes del negocio tiendan a machacar con lo que les interesa que se venda y a ignorar y ocultar todo lo demás.

Sólo de este modo se puede entender que el 90% de la población escuche menos del 10% de la música que se hace. Y no es porque no les guste todo lo demás, es porque ni siquiera saben que existe. Salirse del vulgo obliga a investigar, indagar, buscar material de calidad al margen de los medios convencionales. Incluso dentro de las plataformas de música, esta práctica está minada por las recomendaciones y los algoritmos que te dicen lo que te tiene que gustar. “¿Quieres saber qué música es la más escuchada esta semana en España?”.

Sabe Dios que no, contesto yo, pero como es un algoritmo no me entiende y sigue con la matraca. “Las candidatas a canción del verano”. Pincha tu elección: Georgie Dann con La mascarilla, María Isabel con El gorila y sus nietos, OT 43…

Pínchame tú a mí y verás que no sangro…

Has escuchado a Mozart por lo que seguro que te gustará Luis Cobos. Algoritmo inteligente lo llaman.

Se hace música buenísima en todas partes y merece la pena esforzarse un poco en llegar a cosas que nos van a hacer vibrar, emocionar, sentir. Y el filtro debe ser nuestro gusto, nuestro corazón, sin ponernos las orejeras que nos llevan derechitos a llenar el bolsillo de cuatro.

A una persona menor de treinta años le sonaría a ciencia ficción lo que teníamos que hacer antes de Internet y de Shazam para descubrir y acceder a los discos que nos gustaban. La radio era nuestro aliado más preciado. Cuando reuníamos cuatro “duros” y podíamos ir a comprar algún vinilo a Metralleta, MF o Discoplay era nuestro día de fiesta.

Cómo disfrutábamos con las letras y las fotos interiores. Le sacábamos partido de verdad por el esfuerzo que nos había supuesto conseguir nuestro tesoro. Hoy en día aguantamos diez segundos de una canción antes de saltar a otra.

Ahora que la oferta es infinita, mucho más económica e inmediata, ahora que en teoría debería imponerse la meritocracia de la calidad y el buen gusto, el que triunfa es Juan Magán y The Happy Losers no viven en una mansión. Como decía mi madre, algunos son más tontos «que decir allá voy».

En Redes Sociales, mi admirado Juan Gómez-Jurado ha popularizado la expresión Aporta o aparta. Y no puedo estar más de acuerdo. La vida es demasiado corta para malgastarla con algo que no merece la pena. Y por el contrario hay tantos “quiénes y qués” de los que sacar provecho que es absurdo perder un solo segundo con los primeros.

Twitter es la sublimación de las dos Españas. O se es rojo o se es azul. O se es blanco o se es listo. Para las cuentas influyentes de cada bando TODO lo que hacen los suyos está bien y TODO lo que hacen los otros está mal. Me admira, ¡el cien por cien de las veces tienen razón y el cien por cien los otros se equivocan!  Unanimidad absoluta y ¿desinteresada?

Aunque sólo sea por estadística, se debería contemplar la posibilidad, aunque sea mínima, insignificante, residual, de que los míos se puedan equivocar quizá, un poco, casi nada, pero algo alguna vez y, los otros, aunque sea de casualidad hagan algo bien ¿no?

Pues no.

Todo el que no piensa como yo es facha y antisocial. ¿Hay algún razonamiento que pueda ser más fascista que ese? 

Todo el que no piensa como yo es un progre perroflauta. ¿No hay gente que de verdad necesita ayudas sociales y que no puede trabajar queriendo hacerlo?

Antes el progresismo, por pura semántica, estaba más cerca de tolerar que de prohibir, de debatir qué de imponer, de permitir que de censurar. Ahora no, por eso me cuesta tanto distinguir a los unos de los otros. Les une la falta de vocación y de preparación por un lado y el exceso de ambición para medrar y trepar por el otro.

En este mundo de blanco y negro, me van a perdonar, pero yo prefiero buscar en el gris lo más aproximado a la verdad, opinar sin que me influyan, buscando mis fuentes de información entre las que me demuestran rigor e independencia, que son pocas ya.

Si la manera de gobernar es imponer todo lo que me gusta a mí y eliminar todo lo que me molesta, yo me bajo de ese tren progresista. El problema es que ahora no pasa ningún otro que merezca la pena tomar.

Parece que la autocrítica está en peligro de extinción y todo vale para defender lo indefendible. La hemeroteca desnuda miserias cada día y da exactamente igual. Algunos politicuchos de nuevo cuño son especialmente agresivos y beligerantes y eso redunda en su propio beneficio en vez de hacerles perder credibilidad. No se puede perder lo que no se tiene.

Han conseguido un cargo y no lo van a soltar fácilmente. La otra alternativa es el mundo laboral real. Uf, calla, calla.

Yo trato de influir en mis amigos para que también vivan a la contra, para que abran la mente y se salgan del montón. No he debido explicarme bien, porque uno se ha descalabrado y otros dos  se han dedicado a salir todos los días.

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