Cuesta reconocer al futbolista debajo del casco. Pero no se extrañen si algún día se cruzan con el capitán del doblete del Atlético pedaleando por los Alpes, retorciéndose en algún puerto de Andorra o sudando la gota gorda en medio del desierto. A Roberto Solozábal (Madrid, 1969) «el fútbol le valió para comprarse tiempo», frase de cabecera de un futbolista de esos que hoy llamaríamos diferentes y en su época eran simplemente raros. Ya entonces cultivaba su pensamiento crítico, ese afán por cuestionarse todo quizá consecuencia de las largas concentraciones de su época: «Yo las odiaba, pero las entendía. Era consciente de que en el futuro ese tipo de concentraciones desaparecerían«. El actual presidente de las leyendas del Atlético de Madrid encontró en el fútbol un medio para conseguir un fin, quizá por ello ahora en su trastero hay más bicis que balones.

—Imagino que ha echado de menos la bici durante el confinamiento

—Lo he llevado relativamente bien. Es verdad que hago mucho deporte al aire libre, pero afortunadamente tengo un rodillo de bicicleta y es lo que he hecho, una hora todos los días, hasta que nos han dejado salir hace unos días. Ahora salgo todos los días a las 7 de la mañana. Así que bien. No vivo en una chalet, sino en una casa relativamente grande . He aprovechado para hacer otras cosas que no suelo hacer. Me he adaptado bien a esta nueva situación.

—Lo peor de la desescalada, en su caso, habrán sido las agujetas…

—La verdad es que me he visto perfecto. Con una hora de ejercicio que he ido haciendo al día me ha venido muy bien. Es verdad que la bicicleta es muy agradecida al no tener impacto y se lleva mejor. Salí un día a correr y lo llevé peor, noté más cansancio acumulado.

—¿Hay algo de castigo de la naturaleza en el coronavirus?

—No creo que la naturaleza sea tan inteligente pero creo que todos tenemos claro cómo es la situación aunque lo difícil sea ponerle freno. Es evidente que el planeta no da de sí todo lo que nosotros le demandamos con el uso que hacemos de él. Ahora, ya digo, es muy difícil ponerle freno. A ver quién lo hace. Y está claro que esto ha sido un frenazo de golpe. Me ha hecho mucha gracia una frase que le escuché a Ricardo Darín que no sé si será suya o no: “Ahora que el mundo consume solo lo que hace falta para vivir está en crisis”. Puede resultar una paradoja pero es un algo cierto. Al final todos tenemos muchas más cosas de las que nos hacen falta, pero es que tal y como está montado el sistema si no consumes el mundo entra en crisis. Estoy convencido de que tiene que haber otras fórmulas, yo no sé cuáles son, para vivir más acordes al planeta en el que estamos. Habrá poca gente que no esté de acuerdo en que el ritmo de consumo es insostenible a todos los niveles, sobre todo en las sociedades más ricas. Es como la felicidad. Al final hace falta un punto de confort en la vida, pero llega un momento en que por mucho que hagas no vas a tener más. A veces, incluso, disminuye tu confort. Yo conozco a gente que tiene más que suficiente para ser feliz, que podría llevar una vida bastante cómoda y por querer tener más lo único que hace es meterse en líos. Al final eso le causa estrés y le hace no tener una vida más plena.

«Esta pandemia nos ha recordado también que el ritmo de consumo es insostenible a todos los niveles, sobre todo, en las sociedades más ricas»

—¿Una de las enseñanzas obligadas de esta pandemia es que el ser humano puede vivir con menos?

—Yo lo tengo clarísimo, pero como digo vivimos en una sociedad consumista y la misma manera de funcionar es la que nos hace ver que necesitamos cosas que en realidad no nos hacen falta. Desde el cambiar de coche a cambiar de bicicleta. En cualquier ámbito en el que estés te van creando necesidades que en realidad no son reales. Lo difícil es luchar contra ello, encontrar ese equilibrio es muy difícil.

Ciclismo

—¿Hay algún ciclista con el que cambiaría su carrera profesional?

—No, no. No me cambiaría por ninguno, eso lo tengo clarísimo. Cuando haces algo como hobby no tiene nada que ver a hacerlo como profesional. Está claro que el éxito deportivo está muy bien, igual que en el fútbol. Pero vamos, a mí no me hace falta haber sido ciclista profesional para saber lo duro que es. A mí por ejemplo una de las cosas que me gusta muchísimo de la bicicleta es disfrutar de los lugares por donde paso y he escuchado a varios ciclistas decir que ellos cuando se retiran es cuando pueden disfrutar de algunos puertos, porque vuelven a subirlos, ya que en carrera es imposible, no te fijas ni por dónde vas entre la agonía y el estrés de la competición.

—Bueno pero usted también compite en bici...

—Es que a mí lo que me encanta del ciclismo es poder combinar la bici con el entorno por el que te mueves. Pero es cierto, a mí también me pasa cuando compito en carreras amateur y lo pienso muchas veces. Lo bonito sería venir aquí un día que no tenga que correr. Yo también voy concentrado en lo mío. De repente te das cuenta de que estás en un sitio maravilloso, pero no te paras a disfrutarlo. Muchas carreras me sirven para volver a ese lugar, para volver de vacaciones o ir con más tranquilidad a disfrutar de ese paraje.

—Qué tipo de ciclista hubiera sido Roberto Solozábal: ¿un llaneador, un escalador, un clasicómano?

—Por mi fisonomía no puedo ser escalador, aunque me encanta subir puertos. Con 82 kilos es imposible. A mí me encantan las clásicas y eso que cuando yo empecé a seguir el ciclismo casi que no las retransmitían en televisión. Las clásicas de Centroeuropa, las de Primavera. Entiendo que ahí me iría bien. Me podría defender en las clásicas de un día.

«El dopaje es un reflejo de la sociedad, mientras haya dinero, gloria y demás se harán trampas. Y es algo que no solo ocurre en el ciclismo, está extendido a la mayoría de los deportes»

—Cuándo se sufre sobre la bicicleta, ¿se entiende mejor que el dopaje esté tan vinculado al ciclismo?

—El tema del dopaje se da en muchos deportes, no solo en el ciclismo. Pero no tiene tanto que ver con el sufrimiento. Tiene que ver con las ventajas que se consiguen y esa inercia es la que mueve a los demás. Mi visión es que el ciclismo sería igual de espectacular si nadie se hubiera dopado, lo que pasa es que las carreras en vez de ir a 40km/h irían a 38, 36 o 34 km/h, a otro ritmo, vamos. El espectáculo sería el mismo, los corredores lo aguantarían, pero irían a otro ritmo. El doping es una huida hacia adelante cuando otros toman atajos y se crea entonces la sensación de que si tú no lo haces no tienes opciones de competir. Pero eso es como la sociedad misma, mientras haya dinero, gloria y demás habrá trampas. En el ciclismo, en el fútbol y en todo.

—¿Qué piensa de Lance Armstrong, que fue un tramposo o que fue uno de tantos?

—Lo más escandaloso de lo de Armstrong es que las instituciones lo taparon. No es que solo fuera el corredor el que lo hiciera, supongo que había un interés económico gigante detrás de él. Es la típica hipocresía de la sociedad: te utilizan mientras funcionas y luego se escandalizan y te echan. Yo con el dopaje lo tengo clarísimo, al tipo que lo pillen ni dos años ni nada, sanción de por vida y ya está.

—Quizá sea injusto responsabilizar solo al deportista cuando en ocasiones es el último eslabón de una larga cadena.

—Exactamente, es que es una presión que llega desde muchos sitios. El público tampoco es inocente, porque siempre quiere más y más y más. También está la presión de los medios de comunicación y por supuesto de los patrocinadores. Por eso no es un tema tan fácil y habría que reflexionar sobre qué es lo que queremos con el deporte.

—¿En los ironman o en las diferentes pruebas ciclistas en las que participa hay dopaje?

—Está claro que en el ciclismo amateur hay mucho dopaje, porque en la mayoría de las pruebas no hay controles y siempre vas a encontrar quien esté dispuesto a todo. Pero, por ejemplo, en la Iron Bike no te dan nada por ganar, te dan un abrazo al llegar a meta. Eso quizá limite el que alguien se dope. Pero es algo inherente a la especie humana, hay gente que por ser el primero de su pueblo hace cualquier cosa. La ambición de cada uno para quebrantar las reglas es muy particular. Siempre habrá gente que intente saltarse las reglas. Ocurre en ciclismo, en tenis, en fútbol, en baloncesto…

Usted ha corrido en el desierto (Titan Desert), ha participado en el Ironman de Lanzarote que es uno de los más duros del mundo, ha ido de Madrid a Lisboa en bici ¿Qué es lo que atrapa de esas carreras? ¿Es la necesidad por competir? ¿Por ponerse a prueba?

—Yo monto en bici mucho con Samuel Trives, que es un exjugador de balonmano. Tenemos una gran amistad y salimos mucho a correr, de hecho hicimos una prueba en parejas (Madrid-Lisboa) juntos. A los dos nos fascina una prueba muy pequeñita que se llama Iron Bike en Italia y la corrimos una vez. Tiene una dureza añadida que es el summun. Después de esa carrera el resto te parecen una cosa menor. Son etapas de 100 kilómetros con 4.000 metros de desnivel de media. Se desarrolla durante siete días por la zona de Sestriere, al norte Italia en los Alpes Mediterráneos, de hecho hay tramos en los que cruzas la frontera y pasas a Francia. Es increíble, además la corre poca gente porque no pueden inscribirse más de 100 personas. Duermes en tiendas de campaña. Es una absoluta experiencia. Es una carrera muy técnica, hay muchos días que tienes que portear la bici y los parajes son maravillosos: un día por ejemplo, desciendes desde lo alto de una fortaleza militar que tiene 4.500 escalones, otro día tuvimos que subir un puerto de 2.000 metros con la bici al hombro, porque la pista estaba impracticable; eran 10kilómetros y tardamos 3 horas y cuarto. Y sabes qué es lo más curioso: que en esta prueba te encuentras a muchísimos españoles. El 60 o 70% de los participantes son españoles y el resto cuatro o cinco frikis de la bicicleta italianos y franceses. Para mí esta prueba es el Mundial del Mountain-Bike, es espectacular. Ese tipo de experiencias son las que busco cuando monto en bicicleta.

—¿Cuál es su próximo reto?

—Más que mi próximo reto es una prueba que tengo clavada. Es un trail en Andorra que es cierto que nunca la he entrenado específicamente, es la Andorra Ultra Trail. Son 112 kilómetros con 10.000 metros de desnivel y me he tenido que retirar dos veces porque no iba preparado. El problema es que ahora estoy enganchado a la bici y no sé si lo voy a volver a intentar, porque ya sé que tengo que prepararla bien. Al final necesitas una dedicación o una preparación de casi seis meses para afrontarla en condiciones. Y eso me supondría dejar la bici todo ese tiempo y ponerme a entrenar la carrera a pie y me rompe la dinámica ahora mismo. Pero en algún momento lo haré.

—Usted ha dicho en más de una ocasión que el fútbol le sirvió para comprar tiempo. ¿De dónde le viene esa mentalidad tan austera? ¿De la educación que ha recibido, de sus maestros, de sus lecturas?

—Bueno al final uno se va haciendo poco a poco. En realidad yo desde muy pequeño, en mi época de adolescente y en mis primeros años en el mundo del fútbol, ya tenía muy claro el tipo de vida que quería llevar. He tenido la suerte de dedicarme a algo que estaba muy bien pagado y desde ahí he optado por hacer cosas que me llenaran. Siempre he pensado que lo ideal es poder elegir. Si puedo no trabajar en algo que no me apasione pues no lo hago. No quiero dar la impresión de que no hago nada, porque hago bastantes cosas pero pocas por dinero, como digo yo. Tengo esa suerte, haber podido elegir este tipo de vida.

—Ese desapego por las cosas materiales es un tipo de pensamiento que se suele asociar a la izquierda, pero que yo sepa usted no se ha significado políticamente…

—No sé si es de derechas o de izquierdas, pero no creo que tenga mucho que ver la ideología con mi forma de actuar o de pensar en la vida.

—Para la mayoría de los chavales que juegan al fútbol su sueño desde pequeños es ser futbolistas profesionales. En su caso, da la sensación de que ser futbolista fue un medio para conseguir un fin, su vida actual.

—A ver, cada uno tiene su motivación en la vida, pero, a no ser que seas un iluso, cualquier jugador es consciente de que la carrera de futbolista es muy corta. Igual no te tienes que retirar tan joven como me retiré yo, porque tenía ganas de retirarme, pero aun así es una profesión corta. Los jugadores saben que se les va a acabar pronto esa vida. Quizá por eso a los futbolistas que les apasiona tanto el juego y esa forma de vida se dedican luego a ser entrenadores o a mantenerse relacionados de alguna manera con el fútbol. Yo tenía muy claro que la vida del entrenador no me apasionaba. La vida del entrenador es durísima para la familia y también para uno mismo. Y eso si te van bien las cosas ,porque si no es así estás cambiando de ciudad cada dos por tres. Me hace gracia que la gente sólo suele reparar en los casos de éxitos, en los entrenadores a los que les va bien. Ahí el ejemplo perfecto es el de Guardiola. Múnich, Manchester, antes Barcelona. Ya, pero es que esa no es la realidad. La realidad es que como entrenador empiezas en Almendralejo, luego entrenas en Taiwan, te sale una oferta en China, vuelves a un Segunda y si lo haces bien te llega la oportunidad en un Primera en apuros. Y si lo haces muy bien te dan un proyecto al principio de temporada.

—Y a los entrenadores el fútbol les absorbe más que a los futbolistas, ¿no cree?

—El fútbol absorbe siempre, es muy absorbente. Pero no es la única profesión en la que pasa eso. En realidad todas las profesiones te absorben si quieres hacer bien tu trabajo. Si eres un gran ejecutivo de una gran empresa no te va a bastar con dedicarle tres horas por la mañana, te exigirán que viajes, que tengas reuniones a todas horas, que no tengas fines de semana. Por eso la pasión en todo lo que haces debe ser tan importante. Por eso yo lo tenía clarísimo y sabía que ese mundo ya no me compensaba. Tuve la suerte de poder elegir ese camino.

Atlético de Madrid

—Usted iba a entrenar en un Seat Ibiza. No sé si sabía que Butragueño conducía en su época de esplendor un Fiat Punto. Han cambiado mucho los tiempos…

—(Risas) Pues no sé que decirte, porque yo en su día era el rarito por llevar ese coche, por ejemplo. Y cuando ahora se habla de que los jugadores actuales son diferentes eso es una cantinela de viejo porque los jugadores son muy parecidos a como eran en mi época. Si es que ya lo decían los griegos, es lo que ocurre en el teatro, desde los griegos las pasiones humanas siempre han sido las mismas, va cambiando el entorno. Por eso cuando se critica a los futbolistas por la vida que llevan y lo comparo con experiencias o recuerdos de compañeros, no veo tantas diferencias. Yo me quedo flipado con el dinero que se gastaban en coches. Es cierto que no había tantos modelos como ahora pero los mejores coches los tenían ellos. En los años 70 por ejemplo debía ser la bomba tener mayordomo y muchos jugadores tenían mayordomo y chófer. Pues eso es el Ferrari de ahora. O salían con actrices o vedettes, y eso sigue pasando. Así que no ha cambiado tanto. Pero me hace gracia que ahora salga algún futbolista de aquella época y diga que ahora tienen muchas más comodidades. Yo tenía compañeros que en mi época también tenían muy buenos coches, lo que no tenían es cinco o seis coches como ahora. Esa es la diferencia.

—No es usted de aquellos que piensan que cualquier tiempo pasado es mejor.

—No, para nada. Es que hace poco un aficionado rojiblanco me comentaba en una charla que cuál había sido el mejor lateral izquierdo del Atlético de Madrid. Él mencionaba a tres, Capón, Toni y Filipe Luis, y aseguraba que el mejor de los tres era Capón. Yo le intenté explicar por qué Capón era el que más le gustaba; porque cuando jugaba él era más joven. Al final lo que añoramos es la juventud y eso también condiciona nuestros pensamientos. Yo no necesito ver partidos de mi época para saber que ahora mismo se juega mucho mejor al fútbol y hace treinta años se jugaba mejor que hace 50. Es la evolución natural de la sociedad.

—Lo que no había hace treinta años eran las redes sociales.

—Sí, pero existían otras cosas. Yo creo que el futbolista como ser humano no cambia tanto como para asegurar siempre que lo pasado fue lo mejor.

—No sé si como canterano rojiblanco y colchonero de toda la vida la Copa del Rey que más disfrutó fue la que ganó en el Bernabéu frente al Madrid en 1992.

—Sabes lo que ocurre, que en el momento no valoras las cosas. Las disfrutas y las saboreas pero no eres consciente del impacto que puede dejar ese momento. Mientras me preguntabas pensaba que el mejor recuerdo siempre es el primero, tu primer título es difícil de olvidar. Fue una final de Copa del Rey frente al Mallorca. Sobre todo porque cuando ganas el primero no sabes si va a haber segundo trofeo o tercero. Cuando ganas mucho imagino que es más fácil elegir. Pero si lo pones en perspectiva, piensas ¡uff! Ojalá pudiera repetir ganar al Madrid en el Bernabéu. Es una sensación única, como puede ser ganarle una final al Barça en el Camp Nou. Como vivencia es algo inigualable, mola mucho más tener esa experiencia, casi más que el propio título en sí, y más teniendo en cuenta la rivalidad ciudadana que hay con el Madrid. Al final me quedo con la del Bernabéu, sí.

—¿Cómo tiene que ser un buen capitán?

—Al igual que ocurre en la vida lo ideal es que el peso en un vestuario lo lleven varios jugadores. Yo he sido muy anti-líderes en un equipo de fútbol, lo odio por ejemplo en política, donde muchas veces vemos a uno que manda mucho y otros que le dicen que sí a todo. Al menos desde fuera es la impresión que da. En un equipo lo ideal es que haya un grupo de tres o cuatro jugadores que den ejemplo con su comportamiento y tengan claro lo que es un vestuario y tengan personalidad para defender al grupo y ser una voz autorizada ante todos. Un buen capitán es eso, el que se sabe rodear bien de gente. Eso no quita que haya jugadores que puedan tener esa virtud de mando, ese carisma que guíe al resto. Pero siempre he pensado que esas virtudes es más fácil que las sumen entre tres o cuatro.

—¿De quién se rodeó usted?

—Bueno, quizá yo no tenía la suficiente empatía que podía tener otro compañero y eso lo aportaba él. Yo tenía personalidad para unas cosas y quizá en otras tenía más dificultades. Al final intentas que lo que tú no tienes lo supla otro. Te aseguro que es muy difícil de encontrar un compañero que te complemente. Al buen capitán se le ve en los malos momentos, cuando tiene que defender al grupo. Cuando acompañan los resultados todo es muy fácil, estás como en stand-by.

Roberto Solozabal despeja un balón en un partido de la Liga 96-97. CordonPress.

—No sé si ha visto The Last Dance, el documental de Michael Jordan pero se ha desatado un debate sobre el liderazgo y la forma de ejercerlo en la élite. ¿Es necesario ser un tirano para ejercer el liderazgo? ¿Es la mejor forma de ganarse el respeto en un vestuario?

—Pues no le he visto pero me han hablado mucho de él estos días. Hay dos maneras de mandar: por convencimiento o por imposición. Yo prefiero la primera, pero para ello hay que tener mucha personalidad y es más difícil. Pero estoy convencido de que se puede. La excusa fácil es que si no eres un cabrito no te respetan. Lo otro es más difícil, claro está, y pasa no solo en entrenadores o capitanes. Mira, un ejemplo muy fácil es el de los profesores. Todos hemos tenido profesores en nuestra vida que nos han llegado y habitualmente el que cala en nosotros es el profesor que te gana por sus formas, por sus ideas, por su forma de transmitir las cosas y no por imposición por el miedo al suspenso. Ese liderazgo existe, aunque ponerse el traje de malo es muy fácil. El otro lo tienes que traer de serie.

—Le he oído decir en alguna ocasión que el año del doblete fue algo así como una alineación de planetas. ¿Cuál fue la clave aquel año?

—Para ganar se tienen que conjuntar muchas cosas. Una de las claves es que teníamos un grupo bueno y tuvimos bastante suerte con las lesiones. Es verdad que eso no te asegura el éxito porque al final todo es una línea muy fina. Llegó un entrenador nuevo y nos adaptamos muy rápido a él. A mí me gusta repartir el éxito entre todos, desconfío un poco de los que se atribuyen toda la responsabilidad en el éxito y también en la derrota. En un deporte de equipo todo es una suma de esfuerzos. Es que yo creo que la inestabilidad deportiva de la que veníamos también nos ayudó en ese momento, porque cuando el aire empezó a soplar a favor y acompañaron los resultados, nadie se atrevía a criticar las decisiones de Antic, ni la afición, ni la prensa, ni nadie y eso también dio tranquilidad al grupo. Es que ya en pretemporada ganamos todos los partidos.

—Después de 10 años en el Atleti sales del club justo la temporada siguiente al doblete, ¿cuáles fueron lo motivos?

—Lo que ocurrió es que Antic no me quería por diversos motivos. Ya el año anterior había fichado a Prodan en mi puesto. Yo no me hubiera ido nunca del Atlético de Madrid, en principio yo no quería irme. En ese momento ficha Luis Aragonés por el Betis, hablamos y él me pide que me vaya. La mala suerte para mí fue que cuatro meses después echaron a Luis del Betis. Pero vamos que eso fue lo que pasó, Antic no contaba conmigo.

—¿Cómo viviste el descenso del Atleti a Segunda desde la distancia?

—Lo viví con mucha pena y también, y que se me entienda esto por favor, con un punto de alivio por no haber estado allí. Hubiera sido aún más duro vivir aquello como capitán y como colchonero desde dentro. A mí me hubiera encantado hacer toda mi carrera en el Atlético de Madrid pero no soy tan iluso de pensar que si yo hubiera permanecido en el Atlético de Madrid no hubiera descendido. Tengo clarísimo que aquel descenso fue una asunto estructural, debido a la deriva que había tomado el club. Solo hay que ver el equipo, la alineación del Atleti ese año. Cualquiera que lo haga flipa porque era una plantilla confeccionada para luchar por el título. En esos momentos el club estaba intervenido judicialmente y todo eso afecta a los jugadores.

—Con Luis coincidió en diferentes etapas de su carrera. ¿Es el entrenador que más le ha marcado o que más enseñanzas le dejó?

—Bueno, con Luis he coincidido tres veces. Le conocía muy bien y eso tiene su parte buena y su parte mala. Yo le conocí muy joven, me impresionó mucho esa primera etapa con él. Luego le vas conociendo más y te das cuenta de que tiene diferentes trucos, le vas calando, como nos pasaba con los profesores. De repente Luis podía montar un pollo y el que era nuevo de repente se callaba y tú que ya lo habías vivido sabías que al día siguiente aquello no era para tanto. Pero vamos, que a mí siempre me gustó Luis Aragonés, porque me pareció que era muy bueno con sus jugadores, era de los que ejercía el liderazgo por convencimiento, como hablábamos antes. Luis no iba a atemorizarte, Luis te explicaba las cosas a su manera, pero te las explicaba. Luis Aragonés es de lo mejor que ha habido en el fútbol español, pero es cierto que tendemos, y no solo aquí en España, a focalizar siempre en el que ha tenido éxito y minusvaloramos a los demás. Yo también he aprendido cosas de técnicos menos conocido que han estado conmigo poco tiempo o con los que no he ganado ningún título. También me ha pasado lo contrario, estar con entrenadores súperconocidos y pensar que no son para tanto.

—A la hora de valorar a un entrenador, supongo que influye cuánto juegues habitualmente

—Está claro que eso influye. Al final todos tenemos una mirada subjetiva, en ocasiones tampoco tienes criterio para saber el porqué de todas las decisiones de un entrenador. Una de las cosas que aprendí muy rápido como jugador era no preguntar a otros compañeros qué tal era un entrenador. Los que habían jugado con él decían que era bueno y los que no habían jugado tanto le querían moler a palos.

—Subamos un escalón y hablemos de presidentes. Estuvo 13 años en la élite, entre el Atleti y el Betis, el primero dirigido por Jesús Gil y el segundo por Ruiz de Lopera, ¿esos años le parecieron el doble?

—Lo he comentado más veces y estoy convencido de que uno de los motivos para que yo me retirara tan joven del fútbol fue ese, tener que fajarme con ellos como presidentes. Contarlo ahora es difícil, hay que ponerse en esa situación, es que no se vive lo mismo desde dentro que desde fuera. Era algo que sobrepasaba el fútbol y encima yo llegué muy joven, me hice capitán muy joven en el Atleti y encima coincidió con unos años muy inestables para el club. Es que yo he tenido seis entrenadores en un año. Se puede decir que mis años de futbolista, al igual que ocurre en los perros, se deben contabilizar por alguno más.

—¿Cómo era negociar primas, por ejemplo, con Gil o con Lopera?

—Pues precisamente negociar las primas era de lo más fácil, no dejaba de ser una negociación. Había otras cosas peores, otras situaciones en las que había más tensión, sobre todo cuando se vivía una mala racha deportiva, cuando había cierta inestabilidad en el club, cuando se querían cargar a un entrenador por un mal resultado. Ahí era cuando tenías que sacar el carácter y defender a los tuyos. Ahí un capitán es cuando podía tener más problemas.

Los Juegos Olímpicos de Barcelona

Usted también fue capitán de la Selección Española en Barcelona 92 ¿Qué recuerdos guarda de aquella experiencia?

—Fue una experiencia curiosa, cuanto menos. Nosotros los partidos los jugábamos en Valencia y nuestra idea inicial era hacer la concentración en el Parador del Saler. Lo estuvimos negociando con la Federación, yo estaba presente, y no lo conseguimos. Y mira que era un lugar poco menos que idílico con un campo de fútbol espectacular, ideal para entrenar, junto a la playa. Íbamos a estar 20 días allí y entonces no había internet, ni plataformas tipo Netflix ni nada. A cambio estuvimos concentrados quince días antes de que comenzaran los Juegos Olímpicos de Barcelona en un hotel de tres estrellas del centro del Valencia. Cada día nos comíamos 45 minutos de atasco. La razón que nos daban es que todos los equipos iban a estar concentrados en ese hotel.

«Los Juegos Olímpicos fueron una gran experiencia porque la historia terminó muy bien, pero si nos eliminan en cuartos pensaríamos que fue una mierda»

—Ni hablar de ver al Dream Team, Michael Jordan y compañía…

—Qué va, qué va. Nosotros solo fuimos a Barcelona para jugar la final. Teníamos partido el 24 de julio, el debut frente a Colombia, y al día siguiente era la ceremonia de inauguración. Eso nos lo concedieron y pudimos ir. El siguiente partido era el día 27 y estuvimos poco más de 17 horas en Barcelona, una aberración para el descanso que debíamos tener. Éramos jóvenes y creo que psicológicamente nos ayudó, nos sentimos partícipes de aquello a pesar de jugar todo en Valencia. Y terminamos ganando la medalla. De no ser así, se podía haber dado la vuelta a la tortilla y nos hubieran matado por aquello. Si hubiéramos perdido lo hubieran achacado a ese día. A mí me gusta mucho el aspecto psicológico del deporte. Ahora se mide todo, pero en esa faceta hay mucho por avanzar.

—Oyéndole parecería una experiencia descafeinada…

—Creo que todos los que fuimos podemos decir que fue una de las grandes experiencias de nuestra vida pero porque tuvo un final muy feliz. Si nos hubieran eliminado en cuartos pensaríamos que fue una mierda. Estar ahí metidos un mes en un hotel, recluidos en la ciudad, humedad, sin pisar la Villa Olímpica…

—Usted se proclamó campeón olímpico en un Camp Nou lleno de banderas españolas. Algo así ahora parecería ciencia ficción…

—Bueno, pues ahí queda para la historia, sí.

—Al menos la medalla estará en un lugar presidencial de su casa.

—La medalla de oro la voy a ceder al museo del Atlético de Madrid. Es que yo tengo muy poco apego a las cosas, antes estaba en el museo de la Federación Española, se la había dejado a ellos, pero ahora que va a abrir el Museo del Atlético de Madrid en el Metropolitano quiero cedérsela al club. Es que yo en mi casa la tendría metida en un cajón.

«El Calderón ya no le podía dar al Atlético de Madrid las necesidades que el club le demandaba»

El Vicente Calderón

—Estos días han terminado de derribar el Calderón, no sé si ese estadio merecía otro final, el estilo de Highbury por ejemplo en el que se conserva la fachada Art-Deco y en el espacio que ocupaba el terreno de juego hay pequeñas parcelas ajardinadas.

—Al final es un tema económico. Yo empecé a jugar allí y terminé como jugador allí, así que te puedes imaginar el valor sentimental que tenía ese campo para mí. Pero es que tal y como avanza la sociedad igual hay muchos aficionados que si ahora volvieran al Calderón dirían “¡Ostras!” Porque las comodidades que tienen ahora ya son otras. Es cierto que el Calderón ya no le podía dar al Atlético de Madrid las necesidades que el club le demandaba. No me meto en que si hubiera sido mejor una reestructuración enorme antes que irse a otro sitio. Luego influyen muchos factores. Dices que hubiera sido precioso mantener la tribuna principal, pasaríamos por ahí y todos diríamos «¡qué bonito!». Pero entonces llega el club y te dice que nos van a dar equis millones de euros por esto y ese dinero ayuda a la viabilidad del club. Es muy difícil compatibilizar todo. El equilibrio que hablábamos antes en el mundo entero, pues eso trasladado a un equipo de fútbol.

—Una pareja que se rompe es la formada por Simeone y Mono Burgos, se puede resentir el equipo de que ese tándem se separe…

—Esto del Mono Burgos nos debería servir a todos los atléticos para darnos cuenta de que todo se acaba y lo que venga no tiene por qué ser peor que lo anterior. Ahora todos vemos muy lejos el día a que se vaya Simeone y ese día llegará, esperemos que dentro de mucho tiempo. Luego quizá venga alguien que lo iguale o lo supere, aunque ahora eso nos parece imposible. Al final, el fútbol, como la vida, son etapas. Desconozco los motivos de Germán, pero supongo que querrá ser primer entrenador y espero que le vaya muy bien. Es que yo en general no miro mucho para atrás y creo que siempre se puede mejorar.

El que no se acoge a un ERTE en el fútbol lo hace más por imagen que por verdadera solvencia económica.

—¿Cómo le ha sonado a usted esa frase del “Equipo del pueblo”, no es un tanto populista?

—Soy poco partidario de ese tipo de calificativos. El pueblo somos todos. El Atleti es un equipo de fútbol, con su propia idiosincrasia, pero bueno a mí no me gustan mucho las exageraciones. Es una frase más. Es como cuando te venden en un restaurante la mejor paella del mundo. Pues igual para ti sí, pero para mí no. Ese tipo de cosas siempre las pongo en duda, las frases grandilocuentes no van conmigo.

—¿Tiene sentido que un club como el Atlético se acoja a un ERTE?

—En el momento en que el fútbol se ha tenido que paralizar con todo el dineral que mueve, estaba claro que iba a tener consecuencias. Se ha bajado el sueldo a los futbolistas, a los empleados… hay clubes que igual aguantan más que otros parados, pero les afecta a todos. El que no se acoge a un ERTE en el fútbol creo que es más por imagen que por verdadera solvencia económica. Al final es una herramienta que tienen a su disposición y no lo veo mal. Es algo que también les afecta como al resto de empresas, cada una en su nivel.

Asociación de veteranos

—Se apartó muy pronto del fútbol pero actualmente es el presidente de la Asociación de Leyendas del Atlético de Madrid, ¿qué le hizo aceptar ese cargo?

—Me gusta explicar, para evitar posibles errores, que somos un ente autónomo del Atlético de Madrid, yo no recibo ningún sueldo del club, aunque sí tenemos un convenio firmado con el club por el que percibimos una cantidad de dinero. Pero no tenemos que responder ante ellos para nada. Hacemos actividades, somos de alguna manera un nexo de unión entre el club y los exjugadores. De hecho, este tipo de asociaciones se crean fundamentalmente para ayudar a jugadores que puedan tener problemas.

—Entiendo que se refiere a problemas económicas, pero como hemos mencionado a lo largo de la charla la importancia de lo psicológico en el mundo del deporte también es fundamental. ¿Eso también lo cuidáis?

—Todas surgen un poco con esa intención, con la idea de ayudar a compañeros que puedan tener problemas económicos una vez se retiran. Así empezaron todas. Nuestro ideal es que esos problemas no sucedan y para eso se les da información, se les prepara para el momento de la retirada y también se incluye la ayuda psicológica en caso de ser necesario, es una ayuda de todo tipo. El objetivo de nuestra asociación es conseguir que el exjugador sea feliz, y eso no siempre es fácil. Y evidentemente eso no se consigue únicamente con dinero.

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