¡Silencio, se rueda! pareció gritar alguien al inicio de la función. Y entonces descubrimos los versos de Sabina «porque una casa sin ti es una oficina». En eso estábamos mientras Sevilla asistía a la primera procesión en tres meses, una comitiva reducida de 22 costaleros saltando al terreno de juego. El himno de El Arrebato, una saeta que se entona con la garganta pero que remueve los intestinos, atronaba por megafonía. Pero aquello sonaba más frío que nunca. Quizá no fuera tan buena idea alzar el telón con un derbi sevillano, sin sevillanos.

Luego el balón echó a rodar y ahí pronto dejó claro el Sevilla que se sabía mejor el protocolo, que estos 90 días no han mermado su puesta a punto y que Lopetegui empieza a recordar en Nervión al Seleccionador que nos llevó al último Mundial. Todo resulta más sencillo, claro está, cuando tienes dos aviones por banda: Navas y Reguilón. El bombardero se llama Lucas Ocampos y sus zapatazos, capaces de reventar la escuadra, empezaron a romper el silencio en la noche sevillana. Más desnortado parecía el equipo de Rubi, una pléyade de hombres talentosos pero con horchata en las venas en lugar sangre. Ni siquiera Fekir, escapó esta vez de la quema. El vigor, la raza y el sentimiento se lo había dejado el técnico verdiblanco en el banquillo. Allí hombres como Guardado o Joaquín no estaban esta vez para chistes.

El Betis no hubiera ganado anoche ni en una partida virtual. Esas que se imaginó Tebas cuando ideó lo del público virtual en los estadios y el sonido enlatado. El audio está algo más conseguido pero la figuración no pasaría el casting del PC Fútbol: «Quieren dar gato por liebre, Carlos», hubiera dicho el mismísimo Michael Robinson. Con eso fantaseó también el Betis durante muchos minutos. Eran mejores los locales pero no acertaban con la diana. En su ayuda llegó Mateu Lahoz, penitente siempre del protagonismo, para cobrar un penalti que nunca pareció para tanto. Salvo que el protocolo aplicado sea el de la distancia de seguridad, eso sí que no lo respetó Bartra.

La polémica estaba servida y quizá ese fuera otro condimento indispensable en esta nueva normalidad. En Sevilla además, sabrán aliñarla con guasa para que el vecino no tenga una semana fácil. Son 17 puntos de diferencia de una orilla a otra del Guadalquivir. Pocas veces Nervión y Triana han estado tan lejos. Reflejo en cualquier caso de la distancia que separa a ambos proyectos deportivos y de la exigencia que rodea a uno y otro. La última imagen del derbi es para esa felicidad con sordina que representaron los jugadores del Sevilla. Corrieron hacia una grada desnuda, señalando al cielo, abrazándose más de lo permitido, sonriendo con la satisfacción del trabajo bien hecho. Y entonces el plano solo adquirió sentido en ese mundo virtual, de espectadores impostados. Matrix era esto. Tebas nos ofrece la pastilla roja y la azul, en un mundo con fútbol pero sin palmas. Elijan ustedes.

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